Pedro Belmonte Tortosa

23
Dic

El mejor payaso era un payaso triste

Podía fotografiar y acomodar como nadie cualquier atisbo de realidad o de imaginación en su entorno. Era alguien que tenía ojo clínico, que captaba las cosas a simple vista. Más era incapaz de ser feliz.

Le reconcomían ciertas decisiones que había tomado, necesarias en parte, pero dolorosas. De esas en las que nunca había ganador alguno ni toda la bondad habida por haber. Aun así, era el mejor porque la gente le amaba, llegaron a decir del mismo.

Apenas trataba con su familia. Su madre seguía siendo su madre, y esa persona con la que no había llegado a conectar jamás. Sus hermanos más de los mismo. Los sobrinos crecían y apenas le veían y trataban. Con el resto de familiares tampoco es que tuviera trato. Unos y otros se acordaban, eso sí.

Y todos eran mayores e independientes a su manera, luego esa absurda brújula moral que les impedía mentir no era obstáculo alguno. Si bien, de puertas afuera, como quien dice, solo ellos sabían que apenas tenían trato en esa familia, o familias.

Nadie dijo “la idiotez no se cura y los mentirosos mienten”, sí otras cosas, duras. Sí. Perlas de sabiduría que nadie olvidaría jamás. En familia, razonar resultaba ofensivo, no obstante, había quien daba por suficientes y justificadas ciertas situaciones, a su conveniencia. Y ese fue el detonante (dar cosas por hecho, la habitualidad y el acomodo), salvo urgencias médicas.

Algo que todos debían soportar estoicamente, incluida la madre. Una señora mayor que en todas las métricas seguía siendo la madre, pero que no unía todos esos límites de la verdad y a sus hijos. Hijos, que no siempre accedían al funambulismo de dejar pasar las cosas por alto y mirar hacia otro lado. Uno de ellos, ese payaso, llegó a decirles claramente que no se podía tener todo, que quien quisiera algo y se lo trabajase adelante, echándose a un lado.

Tenía mucho por lo que pagar (todavía pensaba alguien, tuviera o no razón) y estaba cansado de ser fuerte. Una cosa era lo que pasaba y otra lo que parecía que pasaba.

No le gustaba dar paseítos a solas por el parque, ni ir de tiendas o de bares. Aun así, se decidió a no seguir dando su brazo a torcer y volverse firme, truculento y tosco, por sensible y decidido. Su atisbo de esperanza le llevó a tomar la peor de las decisiones, y la mejor. En parte se liberó: mirando sin mirar.

Aunque no dejó de ser un villano o un mal comandante de artillería. Cada día que pasaba se iba apartando más y más de la familia, si alguna vez lo estuvo, y haciéndose un poco más inútil en todo salvo en su oficio: lo único que le ocupaba. Con ello tapaba el olor del invierno y las estaciones que iban sucediéndose, también las fotografías que les dibujaba la vida, quisieran o no. Sus sobrinos y toda esa suerte de armonías construían sus árboles de las risas, él no.

La emoción más grande del mundo la ocultaba. Y ni disfrutaba del sexo con nadie, o salía a tomar café y desconectar y relajarse. Todo era normal, todo era lo mismo: verdad y apariencias. Trabajar, alimentarse, deporte, asearse y a la cama. Más su madre crecía, y los demás con ella. Un caminar que en absoluto conllevaba una mirada fresca. Había resquemores, muchos. Tantos como que apenas había interacción alguna, en lengua de madera, eso sí, de discursos vacíos, o de encuentro en el ascensor con alguien. El silencio era un vicio, y un hielo antiguo. Ya se habían dicho todo, y nada.

El payaso hubiera sido un buen militar, o médico. Es más, si se hiciera rico, seguiría viendo lo que tenía delante, y no le gustaría ni se gustaría.

En Navidad y esos otros tantos días tan señalados se ocultaba más si cabe. La canción de los nombres olvidados le podía. Todo le era un horizonte muy lejano. No quería estar con nadie, y eso que sabía amar, y lo necesitaba como todos. El oficio de su padre ya no unía como antaño toda vez que se fue; ni estaba ni se le esperaba, por imponderables del destino y los cielos purgados. Y por mucho que trabajase y se ocupase, las empresas y los centros cerraban a cal y canto en según qué días festivos y todas las vidas se sucedían en el seno de los hogares y las piscinas vacías.

Por suerte jamás le dio por darse al vino u otros pormenores de esos, de todos los futuros perdidos. Eran años de desesperanza, de queja, de duelo y de remisión con esa que fue la primera persona que le sostuvo la suya, y sus hermanos. De ese roce de la piel de cuando se eran iguales. Madre, hijo y hermanos. Pura y dura adaptación al medio.

Si hubiera una oficina para alistarse e ir a la guerra el payaso se apuntaría, aunque no fuera la suya. Necesitaba todo aquello que le permitiese evadirse. Hasta había casi que, renunciado a compartir su vida con alguien, y eso que a veces pensaba en adoptar un autobús repleto de niños -riéndose él solo- o en ir a besar a una mujer que una vez le dijo que le gustaba y estuvo dispuesta a probarse en esas lides con el mismo, tras leerle el pensamiento y los días de la vida. Pero quizás cada uno tenía su camino. El payaso, por no tener ni querer, ni tenía animales, con los que siempre se entendió mejor que con las personas, o así lo sintió él mismo. Vidas, que se fueron; otras, quedaron.

Para todos ellos la distancia se medía en años. Y la gente rara vez veía lo que tenía delante. Apenas un payaso, si acaso. Alguien que había dejado de ir a nadar, primero por la falta de tiempo de tan ocupado que estaba con su oficio, después, por una especie de aprensión absurda, que ni era frío, ni soledad o pereza. Lo mismo que le sucedía con la vida, que o le empujaban o le costaba si se paraba a pensarlo, tras algunos resbalones. Y era un tipo majo, decían.

Siempre empezaba sus cuentos diciendo que vivía en un avión. A los niños y a los mayores les encantaba. Un avión que de vez en cuando aterrizaba y tocaba suelo. Era lo más parecido a no tener casa, aunque la tuviera. Y ni casi que país o ciudad, lugar en el mundo. Un payaso que era bueno siguiendo normas. Y de esas personas que al acostarse se acurrucaba sobre sí, porque la naturaleza siempre encontraba la manera de sobrevivir, aunque no se fuera feliz y se mereciera otra mirada.

De los pocos payasos que no escribía carta a los Reyes Magos ni a Santa Claus en toda esa realidad diversa, transversal, y distinta por igual, pero que sabía lo que le gustaría tener y no tenía.

Y no era pertenencia a un grupo ni a una clase, sino la certeza de que un sencillo fuego, una caricia, o un deseo compartido hecho realidad sería el mejor benefactor posible. Algo que no sustituía la verdad por las apariencias.

Un payaso que sabía que había muchas cosas que los padres no entendían de los niños, y viceversa. También de cómo habría de cuidarse un amor para toda la vida. O de las personas mayores que se iban quedando solas y veían cómo antes o después les llegaría su hora del adiós y no querían ni lo uno ni lo otro, pero que debían afrontarlo, tanto eso como lo que les quedaba por vivir, fuera mucho o poco. Y de las políticas y los políticos.

Un payaso que no era libre ni de sí mismo, sobre todo en ciertas fechas. Y un payaso que podía ser el molino de las aspas de papel mojado.

16
Dic

La mariposa y su ave de pico

La mariposa y esa ave, de gran pico, eran quietud y cambio. Junto a otras faunas conformaban toda una ciudad de Babel, si bien, ellas dos tenían una relación especial. Se bañaban, se miraban, volaban juntas.

Gigante y pequeña, la una era la gatita con botas de la otra. Costaba creer que la colorida mariposa pudiera dominar con un simple gesto a la enorme ave. Y lo hacía. Es más, se sentía un poco responsable de la misma. La hacía pasar de una sonrisa al nudo en su garganta con su facultad luminosa, a la ingenua y optimista de largas y grandes patas.

De tener pestañas, se les rasgarían los ojos con tanto jugueteo. El poderío visual era hipnótico. Ya fuera en una charca como en el tejado de una casa de pizarra destacaban sin dar más cuenta que de sus sutilezas.

Podrían llevar más veinte años juntas porque no se necesitaban decir nada, y no, apenas dos semanas. Tiempo más que suficiente como para emocionarse y admirar su educación sentimental. El lobo y el león tenían envidia; sin embargo, el caminar de las mujeres y los hombres conllevaban una mirada perdida. El silencio era un vicio, y un hielo antiguo para esa mariposa y su ave, no así para las personas, que gritaban. Tantas horas y ni una sola voz más fuerte que otra.

Las liebres, el caracol, la mariposa azul, el águila y tantas otras en la medida que podían intentaban imitarlas. No obstante, las abejas y sus bellas flores eran las que más se les parecían, revoloteando. Los patos y la tortuga no, eran pardos y caminaban lentamente. Pero no era cuestión de ser hermosa ni de tener alas, o de remontar el vuelo más allá de las flores.

9
Dic

La monja enana

Desde que cumplió los quince años se dedicó a cuidar a niños. Empezó siendo un manojo de nervios, escuálida y casi que deforme hasta que atravesó el umbral de la madurez, dependiendo únicamente de la fuerza de sus brazos. 

Pasadas unas décadas de aquello seguía regalando los mismos muñecos de peluche y la cesta de mimbre blanco donde meterlos en ciertas fechas. Sus trabajadores aún no habían heredado esa sutilidad para con el negocio, pero no estaban precarizados. La habían llamado de muchas maneras, pero ninguna como su hábito y estatura. Tampoco es que osasen a pavonearse de la misma.

La única gente con la que hablaba era un tipo desgarbado. De cabello negro, piel blanca y ojos oscuros. Ese le hacía de enlace. Otro miserable que sabía rodearse de ese grupo de chicas que llevaban faldas más cortas, y que tomaban las perchas situadas encima de los radiadores de cada clase, impertinentes y empalagosas, además de guapas, oliendo el deseo calenturiento y sudoroso de los adolescentes, emponzoñados en su hedor e intentando manosear pechos que no acababan de madurar.  

Setecientos billetes en ciertas zonas era mucho. Sus servicios no solo daban para cuidar a niños, sino que también servían para regir discotecas o adquirir tierras en zonas rurales, montar centros cívicos de pago e improvisar ardientes señoritas para lo más vulgar. Manejaba todas las destrezas esa retorcida mujercita, hasta la digitalización.

Muy a pesar de ello, cada noche que se acostaba se hacía un ovillo sobre el frío hormigón del suelo que le hacía de cama y reflexionaba, y eso que residía en un adosado de tres habitaciones con jardín delantero y trasero.

Por todas las abruptas esquinas se rumoreaba de ella. También que el viejo se balanceaba en una mecedora de madera que chirriaba lentamente adelante y atrás sobre los tablones de pino desgastados y hundidos del porche delantero de esa casa, justo enfrente. Posiblemente al que culparían de las grabaciones, y quien podría dar pistas sobre aquel niño y el óxido naranja y brillante que cubría el guardabarros de la bicicleta, volcada y desolada.

No todo era una cuestión racial, ni hacer números o quedar a tomar el té con la reina.

2
Dic

Ir, más allá del antiguo y nuevo testamento

Nadie que no hubiera creído escapar a la maldición de su familia, se habría puesto de tan mal humor aquella mañana. Lo habían conseguido: una réplica casi que exacta.

Hasta tenían temperatura corporal, tics nerviosos y sabían llegar tarde, que no solo ser puntuales como los robots.

El mundo estaba cambiado. Había clones al detalle. No solo los típicos lunares, sino que también habían logrado auscultar en los desvencijados rincones de la memoria de cada uno y reproducirlos. Más todas las capacidades, y todas las fuerzas.

Algunas, con el maletín de oficinista y traje de chaqueta azul cobalto, aún ni se lo creían. Sí, gentes que fueron de guantes de piel y pendientes largos, más el tacón alto, no mucho maquillaje y el rastro delicioso de ese único perfume que sabía a carmín rojo intenso tenían competencia.

Ella misma había probado sus mejillas, besando a su clon; abrazándola incluso, por un momento, en busca de ese sentimiento recíproco y complejo.

Centenares de prisioneras serían las siguientes, las que llevaban un escapulario colgado del cuello con un cordón carmesí. Leales, valientes y solidarias en la batalla por la cuenta que les tenía.

Ella, disimulaba bienhumorada y optimista. El odio salvaje y la pasión feroz de ese compás tan perfecto de principio a fin debía guardárselo muy por dentro de sus iris. Tampoco es que pudiera parecer fea o desgreñada. Solo quedaban las guapas. Mamíferas, bípedas. El resto habían sido fusiladas. Un mundo de mujeres, y no todas.

No obstante, tarde o temprano debería inspirar a todo un pueblo y dar al traste con tanto jodido avance; cuando menos intentarlo. Los clones entraban en sus vidas, robaban sus corazones, pero ninguno tenía valor, coraje… eso que hacía falta para cambiar una vida por otra y acabar con los sufrimientos, por más que les hubieran enseñado a llorar, sentir en cada momento, madurar, evolucionar y ser impredecibles, o comer tarta de manzana y canela.

25
Nov

El sexo de las embarazadas

No hacía tanto que se había marchado Don Lázaro, notario por las mañanas y aprendiz de sacristán por las tardes noches cuando no le faltaba el aliento o había otros menesteres tal que ver a su sobrina, quien dormía regularmente con él, por decirlo de algún modo, en el arcoíris de sus deseos insaciables. Llevaba carteras de trabajo y asuntos sociales. Era de los pocos de la zona que sostenía que no se podía gobernar un país como una empresa, menos aún, la base militar en la que estaban. Manuela era así, de las de probar a vivir en su baja nobleza. Vivir era un detalle que a menudo olvidaban otras personas, no ella y su silla de ruedas. Los años que estuvo viviendo fuera de esa villa de los corrales, tal y como ella misma la conocía desde bien chica, no fueron mejores que los que le quedaban por vivir. Y ni el uno ni la otra tenían un discurso revanchista, simplemente, vivían.

Comienzo de la novela El sexo de las embarazadas (en curso)

Una historia radicada en la base naval estadounidense de Rota

PEBELTOR (Unión de dos mundos)

18
Nov

Nuevos pecados, de la edad moderna

La fotógrafa se había puesto un apellido estadounidense, y no sabía si el registro civil lo aceptaría para cuando fueran a inscribir a su hija. Aunque ya no tenía que ir a ningún registro para eso, haciéndolo directamente desde el mismo hospital donde daría a luz.

Ella misma se hacía sesiones de fotos relatando esa suerte del crecer, fruto de la crudeza romántica y su naturalismo profundamente observador.

También se había hecho fotos en el patio de abajo, o en un almacén de neumáticos, con y sin vestimentas eclécticas.

Hacer el esfuerzo de vestirse para ir a un restaurante era algo positivo, que ya le iba costando más. Frecuentaba alguna que otra coctelería, donde quedaba para preparar las sesiones, unas más explosivas que otras. Tomaba vermú rojo o bourbon con unas gotas de angostura, dependiendo de si debía ser más conservadora o pejiguera.

El treinta por ciento de sus ingresos provenían de las sesiones privadas; lo otro entre bodas y paisajismo. Toda esa feminidad tenía también una semblanza a base de nombres y palabras, historias que recopilaba para esa su nueva vida.

Lo de ser heredera del restaurante de su padre nunca lo quiso, la timidez y el reparo le fueron quitando lugar hasta que un primo suyo lo ocupó del todo. Jamás le gustó lo de poner la copa o servir un plato ni la psicología de la sala y la conversación con el cliente en toda esa desnudez de los demás. Se hizo mayor sin apenas conocer el local, ni a su padre. No hacía tanto se había enterado que la base de la cocina que practicaban era francesa, cuando ella creía que era alemana.

Pero la foto del mismo en la que le dio por leer sí que se la quedó. Un día de esos, raros, con una revolica que hacía volar todo por los aires y, a la par, con la cotidianeidad hecha magia, como su comida y esa parquedad expresiva encomiable.

Una singularidad que lo convirtió en uno de los mejores cuentistas, muy propio de ese rico mundo interior, reflejo de sus ilusiones o sus miedos, sencillo y mordaz. Lo seguía viendo allá donde mirase, fuera o dentro del restaurante… en el patio, en su casa. Como fuera varón no se lo perdonaría jamás. 

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