Pedro Belmonte Tortosa

3
Feb

La familia feliz

Aquella mañana hacía fresco y el sol no calentaba, si bien, se afanaron a su viaje desde que abrieron los ojos tal que respirar el aire puro les fuese una necesidad. Trabajadores, cumplidores, limpios y discretos.

La sensación de calma se hizo esperar, pues al poco de ponerse en marcha creyeron que ya nunca podrían sentir nada parecido a la felicidad.

Regresar de inmediato no estaba en los planes, pero resultó obligado. La voz cristalina emanaba tal seguridad que impresionaba. Abuelo y nieto eran insuperables, y ni el uno ni el otro estaban bien.

El padre los trasladó a la enfermería más próxima al tiempo que la madre intentó adivinar qué había sucedido. Una madre embarazadísima y con angustia que bastante había hecho ya. Sobrevivir se había convertido en su principal empeño.

Todos tenían razones para hacer lo que hacían. Los unos viajar, los otros no querer hacerlo. La madre no dejaba de hacer carantoñas a la hijita cada vez que entraba y salía de la estancia, la cual estaba en su derecho de reclamar a su propio padre, gritando cada vez con más ahínco, nerviosa perdida. Varios cuadros se habían descolgado de la pared (teniéndole a uno mucho aprecio, retrato de su tía abuela) entre carreras, condenas y desganas.

El perro también aguardaba y tenía una notable irritación. Prefería no ladrar y quedarse con la dueña como si pudiera hablar a golpe de estómago y sorpresa. La gata y su feroz mirada feminista hacía lo imposible para seguir siendo ella. El canario había volado.

-Sí, no ha habido otro hombre como nuestro padre -atendió por teléfono a su hermana, que en parte se enteró de lo sucedido, amable y sin pavonearse o ponerse trágica, esperándose lo peor.

Eran más de las nueve y muchos ya iban tarde a trabajar. ¡Cuánto dolor en los cuerpos y en las almas de los que habían trasnochado de más! Atenazados en la garganta hasta hacer llorar de desesperación a sus queridas.

Los periódicos habían tomado buena nota. Demasiados sucesos y muy concentrados, sabían ya los editores con reservas y satisfacción. Pero era ley, dado que la realidad y los ideales no perdonaban, estando algunas en bata de seda mirando por la ventana fumándose un cigarrillo, esperando que el timbre les sobresaltase con las cartas para volver a subirse a la habitación.

No obstante, la inquietud se antojaba como vida en ese paraíso. Confundir un lunes con un sábado fue el pecado, y que el crío se diera cuenta y nadie más, hasta que abrió la boca, casi que les quita la vida. Y casualidad que el abuelo no se tomase las pastillas, refugiado en volver al pueblo para quedarse para siempre, cosa que barajó con sufrimiento, piedad y compasión, de riguroso negro.

-¡Tú no matarás hijo! ¡Tú no matarás! Yo sí -pensaba para sí la madre sobresaltada, esperando su vuelta yendo del lavabo al excusado sin apoyarse en ninguno.

Y el padre, un hombre dedicado al comercio textil, que vivía con discreción, no sabiendo dónde meterse. Solo el mero hecho de volver a casa le producía nauseas. Quizás optaría por la gentileza de una de esas de nombres prestados al notar una punzada en el pecho y tener ganas de llorar y lo que no era llorar, necesitando un gesto deferente que no miedo ni asco, o imponer disciplina.

-Ninguna chica decente habría bebido como ella, y mucho menos coquetear con todos -se calló la hermanísima (la niña de pueblo que decidió ir contra corriente), solo que ese padre la oyó como si la estuviera viendo, sin saber qué más podía decir y mucho menos hacer. Criticona, además de dominar el francés.

Pero era el padre de su otra hija, y también merecía una explicación.

En los planes de la educación infantil se decía que se priorizaba el fomento de la autoestima, la igualdad y la diversidad. 

Suerte que el abuelo se murió, aunque tardó en hacerse oficial. El turno de su amigo el médico terminó hacia las ocho de la mañana y a esa hora regresaba a su casa caminando, luego se pudieron cruzar, uno y otro, a pesar de que no hacía calor. Unos meses atrás no sabían el uno de la existencia del otro. Gentes capaces de resistir esas corrientes de resistencias agazapadas, y ello tenía un efecto benéfico en sus ánimos deprimidos.

La gata Catalina en ningún caso podía ni quería asumir responsabilidad alguna.

 

27
Ene

El secreto del pescador

La sabía preocupada, pendiente de que un día el cartero le entregara una carta suya. Era un hombre que no aparentaba enfrascarse en la lectura de ningún periódico, y de aspecto sombrío que no quería preocupar a ninguna de sus dos mujeres.

El tipo hacía pocos ademanes para que lo reconocieran, pero lo hacían.

Una vez llegó a viajar en barco hasta Marsella, y desde allí, primero en tren y luego en coche se dirigió a París. Ese fue todo su mundo, y la piedad se su equipaje de mano.

En tiempos llegó a ser socio de una fábrica de confección. Y jamás se dejó ver por algún que otro cabaret.

Su barca, solo su barca, y su barca, era lo que le mantenía ocupado. El médico debió de acercársele una vez y al levantarle la mano lo ruborizó. La caña, incluso esa vez, siguió echada y él mirando el trasfondo, como si nada, como si todo, como si nadie.

Parecía un hombre simple, sencillo, de pocos recovecos, de esos de irse a pescar hasta las sombras de la noche, represaliado y en nada absorbente, de los que sentían paz por haber conocido a su abuela.

Otra que en los cielos estaría recolocando las piezas de su identidad, porque no terminaba de cuadrarle a nadie la última noticia, no cabiendo más palabras entre los lugareños, que intentaban no perder la calma y averiguarlo en menos de cuatro días.  

20
Ene

El descanso divino

El chaval no entendía qué era eso del descanso divino. Los mayores se lo explicaban mal o no se lo explicaban. Y su abuelo, que era el que de veras le interesaba al crío, ya no podía hacerlo.

Enfurruñado y medio triste, porque le prometió que no se pondría triste, aunque le echaría un poco de menos, solito pensaba en eso del descanso divino.

Morirse y que le enterrasen a dos cientos metros de donde tenía su rebaño de cabras y su casa no terminaba de cuadrarle, porque no sabía si le oiría, si se enfadaría con él por pisarle los pastos o las siembras, o si descansaría del todo después de toda una vida dedicado precisamente a eso, a cuidar del campo y de sus animales. Lo mismo se lo tendrían que llevar a la ciudad, y que conociese otras cosas y desconectase, pensaba el jovencito.

Las cosas se precipitaron tan de repente que en esos pocos días no pudieron concretar, porque meriendas solo había una cada día, así que sobre sus hombros siempre llovían las mismas palabras: siempre seré un niño, un niño indefenso en un mundo hostil.

El abuelo, a pesar de haber recibido tanto sol en vida, leía a Pessoa porque su mundo no le bastaba, siéndole la literatura un refugio en nada triste y pesaroso, sino un descanso en tantísimas idas y venidas, o desalentadoras vicisitudes, pues los animales eran vida, y la vida conocimiento.

Cuando por la mañana los sábados se levantaba y terminaba de arreglarse, habiendo hecho cuidadosamente la limpieza de su habitación, desayunaba y corría a ayudar al abuelo en los corrales, una servidumbre que echaba en falta, tanto, como que se lió centímetro a centímetro a revolver el mobiliario urbano y algunos de esos libros. Ciento setenta y siete, que los contó.

Gisele, una joven estudiante suiza que por decidida había tenido días antes su primera experiencia sexual, tampoco es que supiera mucho qué decirle al niño. Para los dos habían perdido nombre los objetos, su significado, y en aquel silencio tan absoluto, aun con esas, era delicioso el sonido abstracto de los pensamientos, tal que animales moviéndose con lentitud, y casi que con miedo a pisar el campo sin que su amo les dijese con la mirada dónde, cómo y hasta cuándo.

Alegre y serio, él no se atrevía a guiarlos, autor de tantísimas melodías inolvidables pero complejas, silbándolo todo, porque así le enseñó su abuelo, que todo tenía sonido, y vida.

Estimularlo en el intercambio de información y conocimientos los demás tampoco es que pudieran hacer mucho. Solo hubo uno que le alimentó la imaginación, la astucia, la percepción, la concentración y la empatía, y eso que solo se dedicaba al campo, como decían del mismo, y sin apenas estudios. Junto al mismo aprendió a ver una película, una serie, leer un libro, un periódico o una revista; y el tiempo, que no a saber del mismo. Una cosa era conocer el tiempo y otra reconocerlo, que de imponderables también estudiaron. No solo ellos, sino que también los perros, esos perros trufados, que mordían con desesperación la agridulce sensación cuidando del rebaño, mirándolo de reojo, pisando, eso también, sin demasiada frecuencia la raya de esos destinos insospechados, esperándolo que dejara de transitar por sus historias, como bien les dijo.

13
Ene

Demasiado no es suficiente

El juego de la vida forja alianzas cuando puede. Son milagros prohibidos, tortuosos caminos hacia la redención. Historias duras y descreídas que rescatan del olvido malhadados destinos individuales.

Y nada es mejor que caminar para comprender tu propio destino, el valor del cariño y la alegría de vivir. Caminar como poner el agua a la altura de los ojos y salir del valor de la quietud y las inesperadas recompensas de la pausa.

Amantes y reinas lo hicieron, dándose a ese pequeño tratado de la vida auténtica, por encima de los manuales de cualesquiera de los dictadores y nombres prestados.

El agua a la altura de los ojos, y caminar: una singular ventana abierta a la vida cotidiana, y la guerra como la peor debilidad de los instrumentos de dominio. Una atracción ciega e inexplicable, y sentimientos nacidos de hechos reales, que no propagandas.

Perdurabilidad, reflejos fugaces, la piel hecha herida, libertad, soberbia, racismo, soledad, experiencia, política, marginalidad, tecnología… Todos los legados, todos los tiempos.

Demasiado no es suficiente.

 

6
Ene

Una ausencia presente

La primera vez le costó lo suyo, ahora bien, con los años se iba haciendo a esa distancia tan miserable. No obstante, osaba a mirar por la ventana, alejándose de esas repetidas sombras grises de tantísimas metrópolis y ninguna con la melodía de las campañillas de sus brujos renos como único sonido.

Su corazón llagado le había hecho agenciarse un habitáculo para no sufrir la intemperie en ese vacío en llamas del tener que estar en todos los sitios a tiempo y en ninguno, incluso donde los sentimientos crueles ni le esperaban.

No perdía tiempo alguno, acabado un año volvía a su habitación vacía para empezar a llenarla. Para su vuelta recorría cinco caminos, y así nadie sabría de su paradero. De ese modo se ahorraba pisotones, que había muchos abusones. Y no quería resultar grosero e insultante, como repartidor que era.

De pequeño aprendió que había tantas formas de agradecer como ninguna, y halló su oficio. A eso se aferraba, al un dolor que no se olvidaba nunca. Un niño con un regalo inesperado venía a ser como pisar la nieve virgen por primera vez. Él sabía de esas oraciones durante el invierno, y de las frases derramadas sobre los tejados, a los árboles y en las calles; o de los silencios y sus resquicios.

Algo tan complejo como sencillo hacía posible que miles de personas pasasen un rato mejor, para luego regresar a la realidad de la realidad y dejar a un lado los sentidos más inéditos.

Cada vez que se veía frente a una puerta, chimenea, patio o garaje le brotaba una sencillez que le engrandecía, y se podía imaginar el mejor futuro. La irrelevancia era el sentimiento de los que no importaban en todo ese caleidoscopio de acontecimientos y ritmos frenéticos.

Por suerte, lo primero tras el trabajo bien hecho era parar en la mansión de los chocolates, y eso que ya se había tomado los suyos. Allí, todas las cosas que hacía, decía y pensaba estaban controladas. Nadie lo podía descubrir. Aparentemente no había nada sobrenatural o misterioso. Es más, lo veían de mil formas, por aquello de las constricciones de la decisión humana y los libres albedríos. Jamás opinaba de ello, fuera o fueran bruja, leñador o rey mago.

Sin embargo, había procesos conscientes mucho más amplios: se estaba cansando de ser uno, tres y ninguno. O de llevar y no llevar séquito, pajes, camellos, renos o lo que fuera. El capitalismo era una máquina perfecta de estetización. En absoluto quería darse al fracaso de lo bello, descubriéndose, pero se estaba pensando muy mucho los espacios en blanco del gusto común. Lo de los juguetes sexuales le sorprendieron lo suyo el primer año; y que le siguieran escondiendo los balones después de tantísimos años no le hacía ni pizca de gracia; tener que escribir cartas de amor de puño y letra, bueno que bueno; incluso lo de aguantar a los directores de orquesta con mal carácter, podía entenderlo; pero lo de meterle el sonido del mar a las caracolas, nada de nada, ¡ni una más! Le dejaban con la sensación de no haber comido nada, como si tuviera adicción a los laxantes.

También le jodía bastante que la gente le preguntase por su edad, como si fuera una necesidad. Cuando se era joven, se era joven para toda la vida. ¿Acaso le hacían eso al Mago de Oz?, ¿o lo ataviaban de mil modos -y eso que era de hojalata-, muchos inoportunos, insistiéndole tal que estuvieran en una absurda fiesta de disfraces? ¡Anda que lo de los camellos!… Al menos un león, ¡coño! ¡O unos putos enanos acosadores! Un lujo que no se podía permitir, claro. ¿O cuando le pedían estar en la otra parte del mundo como si fuera tan fácil? ¡No te jode!, la armonía oculta es mejor que la obvia… cuando te lo dan hecho cabrón… como si fuera pintado lo que escribía. El Mago de Oz era el puto amo, y eso le jodía.

30
Dic

El molino de las aspas de papel mojado

Allí iba la gente a mentir. Decían que se ponía en marcha cuando nadie lo veía, y que molía dinero. Hasta que llegaba a curar los pecados de infidelidad. Ese molino era todo un azar fortuito. Y un lugar donde las tradiciones continuaban vivas. Mentiras que podían ser verdades y engaños; miedos y necesidades.

Desde mucho antes del siglo XI paraba gente en sus inmediaciones. Las gentes se apeaban de los trenes, unos riendo y otros llorando, grandes y pequeños. Y cuando un tren partía, rápidamente su lugar lo ocupaba otro. Así sucesivamente.

Decían, que los poderosos lo colmaban de regalos, y no solo a cambio de una de sus sonrisas, que sabía hacerlas el gigantón. Era un molino diferente a otros. Por años que tuviera pareciera joven, fuerte e inocente. Además, se decía que leía el deseo en la mirada de las personas.

Hacia la noche se le iluminaban las aspas con el pálido reflejo de quiénes nunca dormían y sus trasuntos. A sus pies había quien rezaba supersticiones, manías o lo que fuera, solo hasta el romper del alba, que para entonces la población se multiplicaba.

A esa hora siempre llovía. Una llovizna pertinaz, de apenas un ratito en ese intervalo del cambiar la noche al día, ahora bien, el dinero que caía no era baladí. En una de cada diez gotas los peregrinos podían hacerse ricos, ya fuera para el colegio, las vestimentas, comer o el médico y tener para la casa.

Llegaban a atracar barcos de madera junto al mismo, también con sus velas, hacia una especie de archipiélago, que no solo trenes repletos de gentes y mercancías. Muchas entregadas como ofrenda. Más lo difícil no era llegar justo para cuando lloviera esas preciadas gotas. Si te excedías en la fuerza, el dinero se evaporaba al mero tacto de la piel; y si por el contrario, la levedad destacaba, no solo no había premio sino que además quemaba el propio agua. Y mucho.

El molino también era un lugar de reunión, que no solo una burbuja de candor y libertad para jóvenes de todas las edades. Tanto como que algunos quisieron pintar sus paredes, y un aspa se molestó. Porque las aspas podían moverse juntas o por separado, conformando un boceto dificilísimo de imitar, máxime, con todo ese mar de gentes en sus alrededores.

Habían construido hoteles, algunos lujosísimos, en los vericuetos de esa raña donde se ubicaba. Construcciones que tan pronto sentían el frío como el calor, el viento como la cálida paz del mayor de los sosiegos.

Había hombres y mujeres que hasta intentaban concebir allí mismo a sus hijos, algo en nada poético para los provincianos más conservadores. No por vulgares o libres, sino porque en ese contexto y metrópolis había tantas verdades y mentiras, con etnias muy diversas y de todos los lugares del mundo, que las educaciones y las costumbres se pisaban unas a otras. Y había normas que no se podían ignorar, que no se podían pasar por alto.

En suma, eran una población, la que allí se congregaba, que aunaban modernidad y nostalgia, sobre todo, cuando el molino pareciera mirarte a los ojos, y cuando nunca, por más que se intentase, se le conseguía dar la vuelta del todo, por mucha curiosidad, fuerza y voluntad que se le pusiera. Tampoco tenía puerta como tal, apenas un ventanuco. El cual tenía algo de dragón, o de brujo, según belicosas tribus y personajes de renombre.

Egiptólogos, ingenieros y físicos habían estudiado innumerables veces la construcción, así como quiénes vendían su cuerpo en las inmediaciones de tanto misterio y cámara, hacia la orilla derecha, justo donde algunos quisieron poner una muralla para su fama y canon. El molino, no obstante, no dejaba de ganar terreno a cada movimiento de sus aspas, reinando libremente, piano a piano.

Era todo un enigma saber quién lo construyó, ni los abuelos más mentirosos acertaban. Incluso los griegos llegaron a dejar por escrito que fue el segundo hijo de alguien hasta que se acodó y quedó para las místicas venideras. Por haber, había infinidad de leyendas sobre esa mole de piedra, maderos y vientos.

Un monstruo sin cabeza que llegó a sobrevivir a varios alzamientos, guerras y desamortizaciones. También tenía sus condecoraciones. En una placa se decía que le habían hecho ciudadano indio y, por ende, miembro del imperio británico. La ecuanimidad de los halagos, así como de las generosidades y ambiciones, inteligencias e ilusiones ponía a muchos a sus pies, creyéndolo un apóstol en ciertas confesiones.

Se le podía obsequiar con cualquier cosa de bien, si bien, lo que más le gustaba era el carbón del día de Reyes. Se lo comía todo. Ese ventanuco no tenía fin, ya fueran mayores o centenares de estudiantes quiénes se lo dejaban caer. Mirar no se podía, cegaba ese agujero negro inacabado cuando se pretendía mirar. Un lugar por donde antiguamente llegaron a verter orines y lo enfurecieron, venteando sus malos humos y arrasando hasta bien lejos, para que los historiadores y otros posibles sucesores tomaran buena nota de esa paz relativa en tantísima velocidad angular.  

Para muchos, era la última persona con la que hablaban cada noche. Y así seguiría siendo mientras tuviera sus aspas mojadas, como decía la tradición. Aspas de papel. Según Roma, el más versátil de los emperadores (Adriano, el tercero de los cinco buenos emperadores que gobernaron con justicia) llegó a hincarse de rodillas y preguntarle; tanto como el emperador y corso francés Napoléon Bonaparte, quien ordenó que le dejasen pasar una noche completamente solo junto al mismo, al igual que hizo en la gran pirámide y última morada del faraón Keops (imitando a Julio César), legando a su séquito y un religioso musulmán a una colina cercana. Jamás se supo a ciencia cierta si acabó divinizado, o si pudo ver la punta de oro gravitando al alba. Fascinación que todo lo podía. Ni ratas, ni escorpiones ni murciélagos allí paraban. La propia respiración lograba ese influjo.

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