Pedro Belmonte Tortosa

15
Nov

Castigo de Dios y de los hombres en la tierra

Por muy diferentes o parecidas que sean, y cosas hirientes que se digan, las religiones unen a las personas. No obstante, ¿es eso suficiente para poder permanecer juntos? A fin de cuentas, el destino lo crean las personas, con sus orgullos y cabezonerías e idiosincrasias. Tal vez, con que se pudiera llegar a perdonarse el daño y reducir el dolor a cenizas, habría más posibilidades.

A través de mi ventana, como autor, Castigo de Dios y de los hombres en la tierra es una obra de acción, amor e historia. Las personas parecen ser marionetas del clero y los poderes en los que se sustenta, todo en un futuro donde se vuelve a tiempos pasados, con la opresión del no poder leer, escribir, del dictamen del hombre blanco, de los ideales del dinero… y lo de siempre: amor, sexo, relaciones paternofiliales, amistad, deseos y necesidades varias.

Todos los protagonistas bajo la misma estrella, en una ciudad llamada Villaciruela, con su propia réplica de la que fue La Estatua de la Libertad, incluso más monumental. Una ratonera, y la sopa de esos países que iban quedando, ya fuera en Europa o por otros lares, porque las crisis medioambientales habían hecho de las suyas, así como los días y los trabajos.

Para mejorar la convivencia y, aparte de sentirse mejor, en tal ciudad había un proyecto mayor. El cual lo dirigía en primer término un obispo, el cual lactaba de su inmigrante desde hacía años, y eso que estaba bien crecido el párroco. Tenía las penas del joven y las ideas del adulto. Si bien, todo cuanto sucedía en Villaciruela venía a ser el diario de un campo de barro, amén del poder de las decisiones y de las defensas, porque las gentes habían de vivir, sin redención posible para algunas personas.

Los curas, tan pronto eran adolescentes como que estaban en la edad de la ira, no parando de confesar obligadamente a unos y a otros. Sacerdotes que se daban a bodas de sangre, con inmigrantes u otras, y que también escribían sus diarios íntimos, jugaban al póker, y que podían ser tan reales y transparentes como las demás personas, hasta ateos, mostrándose como tal en según qué ocasiones. Lo de que fueran feministas ya era otra cosa. Tal vez esa brusquedad hacía que les faltasen palabras; santos inocentes como agua para chocolate.

PEBELTOR

 

14
Nov

Si naciste para martillo…

…del cielo te caen los clavos.

1
Nov

En tiempos fue…

…como llamar a una cabina de teléfono.

31
Oct

Por un hijo suyo

Mientras las gentes del lugar afrontaban sus problemas, otras tomaban conciencia del dolor con una honestidad entrañable. Uno de cada cinco comercios había desparecido para siempre. Los vecinos se iban, los más humildes; los comercios se iban, los más humildes; pero la fidelidad conyugal seguía siendo una maldita bendición para muchos.

Ella era una maestra retirada que vivía bien, aunque a veces pensaba en abandonar ese pequeño lugar, repitiendo el patrón. En otras, era abnegadamente ciega. Valía por lo que era capaz de hacer con lo que sabía. Ni deseaba ser alguien conocida, ni aspiraba a ser alguien que mereciera la pena conocer.

La iglesia le había dado una llave, y Susan podía seguir yendo a tocar el piano siempre que quería. Al cura lo que más le asustaba era el momento de aquellas primeras notas.

Un abrazo podía calmar muchas tempestades. Apretaba fuerte y no lo dejaba pasar. Su marido no tenía que irse a ningún sitio para pensar eso. La mayoría de las madres no disparaba a los novios de sus hijas en la entrada de su casa. Él sí, con su mujer.

Su hijo sufriendo distante esas noches en las que el vodka no hacía lo que llevaba tantos años haciendo, mirando a través del humo del cigarro, gritando a su padre que se diera prisa cuando pagaban por abrazarse a su mismísima madre al pie de la barra que regentaba, en donde muchas personas tenían canciones favoritas y Susan las tocaba a veces, pero no siempre.

La vieja Europa, la nueva América. Daba igual. Una madre era una madre, habiendo deudas que pagar. 

26
Oct

Cosas de esas…

…para la gente que oye, y la gente que escucha.

24
Oct

Sin código de conducta

Sin código de conducta no se iba a ninguna parte. La aterradora vida salvaje y aquellas pequeñas cosas de lo que alejarse se sucedían una y otra vez.

El camarero, la dependienta, el taxista, la del banco, el del taller, etc. Todos miraban a esa mujer, de más. Y de menos. Creían que era de esas que vendían su cuerpo y que te despedían con frases del tipo “has tardado más de lo que imaginaba”.

Últimamente lo pasaban bien juntos. Pero detrás de ellos alguien tocó el claxon con irritación. Era de suponer que uno viviría sin el otro durante cierto tiempo.

Extraño, tener entradas para ir a una iglesia.  

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