Pedro Belmonte Tortosa

26
Jun

Los viejos amores

La vida a ras de suelo pasaba de ser imperfecta a implacable. Ella fue el único testigo de todos sus crímenes. Demasiado ángel para el cielo.

Los muertos seguían siendo los únicos que veían el final de la guerra. El sistema se reorganizaba y creaba nuevos líderes sí o sí.

Para algunas personas, si la presión aumentaba en casa se calmaba en la calle. Como ese hombre acaudalado y su suntuosa mansión, quien cada vez que discutía fingía tener respeto, el mismo al que le encantaba divisar la trayectoria de los cuerpos desde el torreón, exponente y referencia permanente de valores que inspiraban a la sociedad, según decía el marquesado que le concedieron. Demasiado hijo de puta como para arder.  

21
Jun

Si se piensa demasiado…

…nunca se hace nada.

19
Jun

Un pequeño cambio podría venir bien

Le dio cuatro razones, muy profunda: que sepas que algunas personas quieren que suceda, algunas desean que suceda, otras hacen que suceda. Las cosas no cambian; cambiamos nosotros. Cambia antes de que debas cambiar. Deja que el que mueve el mundo se mueva primero. Él se las devolvió, en dos palabras: cásate conmigo.

 

14
Jun

De nada sirve el conocimiento si…

…no nos cambia el comportamiento.

 

12
Jun

Las dos doncellas

La mujer con atuendo varonil simulaba ser un hombre. La otra se aventuraba perdiéndose, contando sus penas al primero que pasaba. Que una mujer tuviera sexo fuera del matrimonio era una vergüenza para la familia.

En aquellos tiempos a la mujer se le educaba para ser buena madre y esposa. Y sobre lo que no se podía cambiar, se recurría a la brujería, a la trampa o al engaño que eran malas y buenas artes.

Pero a diferencia de los hombres tenían que ser discretas, tal que ellos fueran guardianes de la virtud. Y había velas, que no el atisbo de las linternas. Velas con el beneplácito de una autoridad superior.

No importaba ponerse en peligro si con ello el matrimonio se enderezaba, que también.

Ana jamás tuvo una habitación propia, ni cocina. Una buena cena era importante para una buena charla, y para pensar, amar y dormir bien. Otra cualidad imponderable era no tener prisa.

El problema es que cuando llegaban a casa, la una y la otra, no tenían ninguna certeza que exponer. Todo les era sobrevivir, en particular entre las clases altas de caballeros. Seguían siendo excepción las mujeres de clase alta o media que elegían a sus maridos.

Si bien, ellas sacaban un rato para verse y, a las interrupciones y ruidos habituales, se sumaban los problemas de salud y la necesidad de ganarse la vida, pero se querían, pavimentando el camino y domando el salvajismo natural de la época, culpables de todo. Igualito que en el siglo XVI.

 

5
Jun

Mis ratitas presumidas

Las paredes llenas de recuerdos. Recuerdos cruzados tanto como los rayos de sol ausentes y presentes. El maldito tiovivo por ahí. O el sucio pañuelo, sucio y ajado, triste y loco pañuelo, tu pañuelo preferido. Más las sillas del salón, en mesa de cuatro, junto al viejo reloj de arena que tanto nos gustaba mirar.

Otra noche para descontar cuentas y cuentos. Solo nos queda el de La ratita presumida. Ya hemos leído todos mil y una veces… tal y como os prometí Princesas.  

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