Hay golpes en la vida, tan fuertes… que emponzoñan el alma. Caídas hondas, de volverse los ojos y esperar sobre el hombro una palmada.

En Prosperidad sucedía, sucede, eso, no en vano era un espacio de soledades compartidas. En tal lugar no hacía falta pedir cita ni alegar legitimidad alguna, todos eran bienvenidos. De primeras, con tensión nerviosa y con dolor… hasta con un charco de culpa. Momentos complicados.  

Allí, las venas pasaban a ser fermentos, las sombras se deshojaban, igualándose… y a fuerza de estar se aprendía a pasar los días. Cierto es que había labios que lloraban arias olvidadas, nombres. Otros reían la luz de la vuelta. Más nadie sobraba ni faltaba: heroínas, víctimas, culpables, los visiblemente preocupados.

El último de un accidente de tren a lo largo de un cuello que se ahogaba, cuyo ajuar fue constelado por una aurora. Pronta partida, inesperada en el lirismo del invierno. Ese y otros muchos se hicieron de noche por cuando las miradas intentaban ayudarles con una jauría de remordimientos. Azul, azules, urdidos en el hierro, hierros, amortajando las pupilas que trenzaban aullidos.

Si bien, Prosperidad era descanso, soledades compartidas en un mismo espacio donde todos los nombres propios cabían, los momentos, cada paso, cada impulso, cada… saliendo en sus lutos rigurosos ondulándose entre nosotros.

DEP

Nunca me verás prohibiéndote nada, pero desde tu libertad me mostrarás lo que significo para ti.

Ese era el deseo más común en Prosperidad,

y en los días y en los trabajos (paso previo, obligado).

 

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