Él seguía retumbando a través de la oscuridad. Pero también los edificios parecían absurdos, como si tuvieran las puertas en el tejado, escaleras a sitios adonde no se podía llegar y que acababan en el vacío. Hasta puentes cuyo arco se interrumpía de pronto.

Las mujeres no, solo que algunas sí que hacían tonterías, como lo de intentar pinchar guisantes con agujas de zurcir, sofocarse por nada o estar todo el tiempo con la carne de gallina por no abrigarse bien.

Y un hombre gordo intentando pegar sellos de correos en pompas de jabón, estallándole las mismas, claro.

De pararse a pensarlo, habría que admitir todas las historias y todas las vidas; difícil de comprender tantas contradicciones. Eso, o mudarse con frecuencia.

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