La vida brindaba esos momentos de felicidad a pesar de todo. Lo recordaba como un sonido que salía por la ventanilla de un coche al pasar.

Pero no fue así. En el altar, Lorraine tenía la cara encendida como una bombilla. A pesar de ello asintió. Sintió un alivio tan enorme y repentino que se pareció al pánico, con el ruido blanco de los invitados esperando que le pusiera el anillo. Su madre estuvo furiosa, hubo portazos horas antes. Otra que tuvo mucho sudor brotándole debajo del cuello por abanico que usase, más los zapatos chasqueando un sonido monótono contra el suelo, o hablando con la abuela, quien sonreía con aire distraído.

A ella no le habían contado que tenía manchas de humedad y de algo que parecía sangre en su otra casa. El sitio daba asco. Un lugar bastante sórdido. De la que actuaba como si nunca le hubiera dado un beso a nadie. No obstante, él se casó con ella; y a su término le soltó una risa apenada, ya en la habitación pasadas las horas, rezumando alegría, al tiempo con una expresión compasiva, no convirtiéndola en una criminal sanguinaria. Ella, ruborizada, modestamente pretenciosa oliendo a un perfume suave pero muy agradable. El niño, con una sonrisa que era más que una mueca.

La cometa le gustó, quien cambió de marcha con un dominante gesto de la mano.     

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