Aquel silencio la desconcertaba, enjugándose el sudor ya en el nuevo año, faltándole las palabras, vacilante. Si bien, atisbaba una sonrisilla delgada, presumía en ella una tácita complicidad bajo los ojos avergonzados, rehuyendo un ademán típico por la infame propuesta.
No le quedaba otra. Se había hecho mayor. La edad ya no le era aquella letanía pueril con la que forcejear. Capaz era de sentirse invulnerable e invencible, desierta aquella vasta extensión de ruinas, de hombres. Era ella: su cuerpo, su manera de caminar, de mirar… maniobras con munición real.

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