Mucha tensión se ha vivido momentos después, nos intentaron separar. La quietud, el tiento del murmullo, no más gritos y ese poco consumo de luz… Y el resto de horas quedándose sospechosamente sin aire. De eso depende, de no querer ni pensarlo.
Ufff, se necesita cualquier cosa. Reivindicar la condición y ese mural de fondo, sin olores, con la abundancia de objetivos… Le diría –corre, eres padre- y no habría más concesiones. Si yo fuera él ya andaría por los tejados. Nuestro nombre propio no tiene ya ni principios.
Hasta lo celebro, se ha puesto en mi camino, éste es el último himno. Ser feliz, sentirse querida; seguir queriéndolo por ochenta años no lo llevo tan adentro como las melodías. ¡Ni voluntaria! Después, a lo concreto del sacerdocio: a ser un número primo. Lo tengo más vocacional que el querer a la gente. Y que otra sea su amiga del alma, pícara… querida… extraña.
Vale la pena ser tu propio enemigo cuando en esos días tan señalados, como el día del Padre, la Madre u otros, la vulnerabilidad social no puede contigo, y esos discursos, palabras, poses y demás te son alergias por más que lo intentes. Dentro de la inacción hay un sentido vital que te disuade y que te lleva a esa otra responsabilidad, la de justificar lo inaudito, incluso lo que no se siente o no desea si fuera el caso. A veces toca empujar un poco ese sentir, a veces toca ser un extraño en tu propio sentir con tal de no ser el extranjero que observa. Esas veces ya van siendo muchas, pues hay gente que no tiene esas referencias, por unos motivos u otros… pero digamos que siempre se puede, que algo queda de estos días donde la proximidad y las distancias lo son todo para unos y prácticamente nada para otros.
¡Tanta cultura general y tantos cuentos sin agua!
Vale la pena robarse una lágrima, un suspiro, una sonrisa desgastada o un aliento. Si tus intenciones son realmente serias se aprende mucho siendo carroñero. No se trata de ser adicto a tus propias mentiras o a las de otros: existe cierto tipo de soledad que ayuda a encontrarse y buscarse. Los seres evolucionados hacen eso: encuentran las diferencias y las solventan como alimañas. Ni es patrocinio de nada, ni es obligación, es ser alguien. Todo, menos ser una flor de plástico de tantas que las hay. Sea lo que sea, ¿para qué engañarnos nos vayan o no los sueños de otros con el eterno tira y afloja? Que no te obliguen a comer barro, uno siente todo cuando las expectativas son distintas por parecidos que haya; sé tú mismo, ¿qué puede salir mal?, sé tu propio enemigo y que el teatrillo que está detrás no te impida decírselo: sé extraño.
Esa sala de techos bajos y una barra que guarda más vicios que en lo real, ¡cuánto cariño!, ¡y qué cuadro! Al principio, claro, empecé y no era accesible, luego ya con media vida y con lo que me ha pasado, como para nunca imaginar… ¿Me hace falta?, no sé muy bien… sería una sola palabra.
Yo calculo que tocar le toqué seguro. Ahora sí que parece un mandatario. Pase lo que pase, seré fiel escudera. No reclamaré, todos tenemos nuestro escaparate y nuestra trastienda. La sorpresa fue ese momento, cuando la silla de ruedas; salí de allí casi estupendamente, y por detrás venía la gerente, diciendo –oye, palabra de mujer ¡eh!, si te acuerdas es que no estabas allí-. Tanto tiempo luchando, que no me lo termino de creer… si quisiera… Qué extraño.
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