Es el lugar que siempre recordarás. Redención, crudeza y jardines de la victoria. Ya era hora de acabar con los prejuicios. Todo estaba preparado, como ahora.
La pena es que nunca sabrá como ese milagro del amor del comer… y en la soledad y el justificarlo todo aún siento su perfume embriagador… y casi que la palpo. Ya no habrá más esa compañía de la verdad… En fin, hipersensibilidad actual… Quizás era muy alta para mí; y su jardín prohibido estaba muy poblado.
-Yo sin ti moriré- le dije soportándola.
Me regaló un reloj precioso, de pulsera… y esa música de siempre: -¡Ahhh!
¡Cómo miraba esa teórica de los desastres!
Pero yo la quería sobre el terreno, indecorosa. Más que un beso fue un escaloncito. La subí a la silla y la encadené. Interrumpimos todo. La comí entera, ella tomándome los hombros, y yo haciendo oídos sordos de ese oficio… Al principio creyó que todo iba a ser un simulacro, luego se quedó en eso, infartada en la igualdad como bandera: siempre mirándome extraña.
Sin necesidad la gente tiende a portarse mal, y en medio está esa mayoría silenciosa que te saquea con el cumplimiento de normas, con indiferencia… con la justicia. Siempre hay una razón para esos extremos.
En general nadie es dañino ni tóxico, pero mejor no presumir de quién te aplaude hasta saber lo esencial de ese/a predador/a social. Ello es la cura del bienestar, el darse solidez; y hay dos cosas que asisten esa individualidad: primero, saber ser ausente; segundo, marginarse al corazón de la locura.
Esas negligencias sociales son el mejor consuelo, es biología y es supervivencia, es existir; se minoran las distancias entre las nubes y la tierra. Esas irritaciones, torturas y reinados son ventajas del cielo, corruptelas y cultos; es naturaleza humana, deseos de carne y hueso, fuerza, control, límites y fallos de la memoria de las personas normales, y sueños que cumplir: un reglamento completamente nuevo por cuanto todo lo que surge es necesario, extraño.
Todo a un precio mínimo, hasta pagar por tus pecados. El mundo no se detiene, ¡total no hubo muchos heridos!… y pronto serán efemérides, ficciones breves, no habrá más preguntas, apaños ni señorías… se perderán. La gente seguirá por sus circuitos urbanos cómo, cuándo y donde quieran. Además, mientras yo sepa quién soy los límites los pongo yo… ¿o no?
Fue la resaca, el peso de la sociedad, la voluntad propia. No dudé un segundo. Fue un hurto al uso, como otras tantas veces. Todo cuanto me llegó a interesar lo cogí, sin forzar mucho. Tampoco sé para qué, pero a ella le gusta. Le pone.
A mí no me van las nuevas tecnologías, soy más de oficinas, como la mayoría. Ellos estaban consumiendo, se estaban poniendo hasta arriba. Les iba bien el día. Sólo tuve que tener un poco de cuidado, ella miraba; parecíamos una familia, sujetaba la linterna y se me caían las babas. Apenas podía hacerme el extraño.
Hace unos días, un compañero, de los que son buena gente, me comentaba su enhorabuena -Vamos a tener el segundo- decía. Y se sucedieron momentos de trabajo y esos disfrutes personales por su parte.
Al poco, en otro hacer me quiso poner en conocimiento de algo, pero no pudo concretarme el hombre. Los dos estábamos liados y entendimos que ya habría tiempo para confesarse en el buen sentido. Sencillamente trabajamos y vivimos la vida que nos toca vivir.
Ayer, el mismo me informó en petit comité -¿Te acuerdas que te dije que te tenía noticias?- al coinicidir en otra reunión de las nuestras.
-Sí, dime- le pregunté. Figurándome algo malo, con la boca chica le dejé caer -¿le pasa algo a tu padre?
Y con lo grande que es, hasta supo disimular en cierto grado: -Pues que a los siete días de comunicar el embarazo mi mujer a la empresa la despidieron.
Conocedor, en parte, de la empresa en la que lleva ejerciendo su mujer, le apoyé compartiendo la incredulidad e indignación: -A esa empresa lo que había que hacer es cortarle de inmediato las ayudas públicas que recibe- y me paré por no ofuscarnos. De todos modos, ¿habréis reclamado?- añadí.
-Sí, estamos con una abogada laboralista, ya lleva otras tantas reclamaciones de la misma. Y sí, había que hacer algo ejemplar– subrayó.
En eso quedó la cosa, volviéndonos a ocupar de nuestras respectivas tareas; lo que sucede es que a uno se le queda un poso que duele…
Uno intenta desconectar y no puede. Están los diversos eventos festivos que gozan siempre de un panorama aceptable por la sociedad, y esas normas (como las de la igualdad) que congenian los/as gobernantas con las conmemoraciones oficiales y los paradójicos presupuestos, dando cuenta al paso de las horas de la ingente estupidez y desvarío de esto que llamamos sociedad del conocimiento a la que nos vemos sometidos… En lo que vendría a ser la indecencia, la inmoralidad, la tradición y el atraso podríamos definir esas prácticas, que por otra parte son admisibles, y conjugan con la incuestionable rentabilidad. Y no es sórdido admitirlo, es hasta respetable que cada cual ambicione su cuota de mercado, su beneficio empresarial y hasta su afán de protagonismo, otra cuestión sería, el por qué tengo que ser yo un hombre malo si denuncio esos hechos ante mis superiores, y además de jugarme el puesto de trabajo tener que ser tachado de ir contra el sistema y no ser corporativista. Incluso te dan a entender los tejemanejes de los juzgados que queda mal pensar el darse a contratar a alguien para que actúe en plan sicario y haga lo que las buenas políticas no hacen y deberían estar haciendo. No es menos cierto, que encima uno debe luchar contra la desidia y el pesimismo manteniendo equipos de trabajo que no están sustentados en una buena base normativa, con las funcionalidades que requieren los tiempos actuales y los medios precisos, pero también quejarse de eso es ser mal trabajador, conciudadano, vecino o como se quiera entender, porque si lo pones de manifiesto es que no sabes gestionar y no eres un buen adjunto… ¡Cuánta determinación falta en tanta cultura de lo asequible!, nos sobran milongas…
Lo que no sé, es dónde están los sindicatos, los buenos empresarios, así como los colegios profesionales que velan por la deontología, pareciera que tampoco se dedican a gobernar más que lo suyo, y ya llevamos con esto, y otras innumrables cuestiones, desde antes de la antigua Grecia y las muchas Romas en las que pervivimos día sí día también… !Abogados laboralistas dicen!… al final van a tener razón los que se postulan bajo la premisa de que con un billete de quinientos euros se arreglan muchas cosas: crecimiento inclusivo llamaría yo a ese parto de pobreza y productividades varias. ¡Y luego a ver quién se queja! «Usted tiene una empresa, de las que solicitan y reciben ayudas públicas -o sea, de las del dinero de todos y para todos-, y se da a gestionar insolidariamente (por lo que sea); pues cuando menos a no pedir, y los diferentes Estados a no dar», pero… uno se queda peor que una escultura de animal tapizado cuando sabe lo que sabe…
¿Hay o no motivos para creer en el poder del dinero y los desvaríos?… «Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia» (Un Quijote en nada extraño).
Orgullosos y felices de vivir que éramos, despreocupados… después es verdad que no se hizo todo lo que había que hacer. ¡Qué rabia! ¡Ves como no es tan difícil! Estalla, estalla.
En apenas quince minutos… Hoy es un día para quedarse con lo positivo, obliguémonos a hacer un esfuerzo, aunque no fluyan las ideas… Toda la vida planeando y ahora sin maletas ni apenas corazón; además el diccionario no me sirve, no quieren hablar, está todo dicho.
¡Tan duro!, ¡tan cerca! Habría tantas maneras… y sin embargo. Además, ¡qué cacho carne! Si ayer se pudiera volver a ser, y con este buen tiempo… Pufff. Cómo me apetece con ese sol; y la ciudad repleta, con gente por todas las tiendas. Volvería, sí. Tengo que hacer primero un curso de ordenación interna.
¡Y qué cosa que eso haya causado tanto impacto! Parecía casi imposible, otra vez no ahondaré tanto, un beso y no más, debo controlarme… Ufff, cómo me atraen los jóvenes… en bares, comercios, ¡qué revulsivo y cuántas carreras en las medias!, no hay cosa más bonita que me las arranquen con esas alegrías, deseos llenos de vida. ¡Ay! Éste podía haber sido uno de esos favoritos: decía tener derecho y ciencias sociales, qué gracia, hasta me puso dinero. –Una cifra, dime- me pidió como si me conociera desde hace un año. Y no es lo que se hubiese tenido que gastar, sino cuánto hubiera podido seguir mi ritmo… no era tan bueno… Vicio o virtud, ¡pero te jodes cabrón!, yo aquí con mi corona de laurel y tú con tus conflictos; ya no seré tu cortesana veneciana. Llora, llora, tanque.
¡Qué cacho carne el chiquitín! -La típica risueña y divertida- decía el joven. ¡Deja el pabellón bien alto ahora!, ¡álzale la mano a tu puta madre, extraño¡
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