Pero la nobleza se oponía por su propia esencia a esas igualdades. Si no había podido moralizarla, no la tendría. La viuda del tapicero sentía mucho no tener un hijo. “Amar no es para todas las edades” se forzaba en decirle él. Cualquiera diría que en los ataques tenía pesadillas.
Su sitio dulce como la miel, él cada noche añoraba. Ella no tenía más intimidades que las de dentro de su cabeza. La dama, cada poco se metía un terrón de azúcar en su cuerpecito, provocando. Fuera miel, fuera fruta o fueran las pupilas cargadas de lascivia y amor propio irritado.
“El que no sea rico que no coma”, pensaba él de ella, de esa rubia de poco más de veinticinco años impalpable, tal vez frecuente de los amores fáciles. Ella no deseando otra cosa: “Pecado mío, alma mía”. Quizás su primer amor serio, ajando las demasías eróticas.
En misa, más de una hora de confesión. Y la cara iluminada, como bañándose en la luz tamizada, por aquella frescura de su cuerpo. Y un sol único sesgando el ambiente y los cánones de la belleza clásica, detrás del cual aparecía la calvicie de él, centrada, como en algunos otros retoños, de monaguillo.
El trecho fue corto y se hizo largo. La juventud. Daba miedo volver a los recuerdos. Equidad y normalidad vistas con distancia. Y al igual que un preso, la gente pensaba que querían salir de ahí, de la juventud, de la cárcel, cuando los tiros estaban fuera, más adelante.
De adulto, un helado cualquier tarde, los domingos por la noche una lata de mejillones si acaso… Nada de celos entre hermanos, amigos, amigas, el mar, la mar, ni esa tensión acumulada en los hombros, como de haber estado preso, entusiasmado. Ahora bien, faltaba algo, lo que se iba dejando, la evasión o la victoria del crecer.
Antes se era muchas cosas, ya no. Los muertos estaban muertos. Ni siquiera se podía hablar de lo que fuera, o se podía abrazar sin que pensasen de más o de menos. Era algo más que el lenguaje, o las lecturas del colegio/instituto, o el ser hijo de alguien… Cuando se era mayor la gente tenía que verlos tal como eran, sí o sí. Había que dar explicaciones, y no como las de antes.
Si bien, cada uno recordaba la historia a su manera. Mauricio estaba colado por ella. Y Margaret hacía todo lo posible porque él se fijase en ella. Así pasaron la juventud, los veinte, la treintena, y casi que los cuarenta. Fue entonces cuando se percataron que no habían hecho las suficientes travesuras de niños. Ni se habían llegado a enviar las postales o cartas que se dedicaron…
A sus años, y con las propias necesidades que veían, sentían, no se trataba de inventar una posibilidad. Es más, las celebridades no cometían asesinatos.
No conocían esa foto. El pequeño no comprendía si eso fue un desliz y trató de salir del paso. Ella apenas le dio importancia, nunca les contó nada de esa boda anterior. Quizás le resultaba incómodo hablar de ese asunto.
Ella apenas hablaba de su pasado en Cuba.
Aquella noche el jovenzuelo tuvo una pesadilla. A través de una pequeña ranura por entre las cortinas presenció tres hombres, no uno, tres; y luego como que forcejearon con su madre, envuelta en sudor. Hombres de hechura negra, no como su padre, que ni a café con leche llegaba. Un sueño que se le repitió muchas noches desde entonces.
Quizás ella tuvo más romances a lo largo de su vida y no te lo contó todo, se pronunció el mayor al padre, mientras los llevaba al colegio. Ya tenía una edad como para insinuar con picardía. Sin embargo, nunca hallaron la ocasión apropiada. ¡Cuán diferente hubiera sido todo si no se hubieran salido de la carretera!
La doctora salía de una guardia en el hospital, harta de historias de nuestro tiempo, cuyo último caso había consistido en atender a un joven con un bulto en el cuello en el quirófano. Una perla que apenas podría volver algún día a casa, con apenas dieciocho años. La abuela de setenta años lo había entendido, desempolvando recuerdos para hacerle más llevadero a la hija el trance, recuerdos que nadie quería que viesen la luz, pero necesarios.
Elisa no tenía esas lealtades inquebrantables, sí otras, como los amores imposibles y las traiciones imperdonables.
Se duchó, repasó la depilación, miró con extrañeza alguna de sus partes, comió algo y procedió a quedar con un hombre más mayor, delgado, de cabello escaso y blanco, elegantemente vestido. Así los pedía la mamá de origen español, que una vez fue soldado.
Haciendo tiempo, ella posó con mezquina satisfacción echando mano de lo que había en ese edificio de apartamentitos. Otras, con gafas de empollona y nariz respingona, o la que dibujaba una cruz en la frente con miel y rezaba una oración para que todo le saliera bien.
Los invitados y su efusividad, sobre todo en esas fechas, confundían más que ayudaban. Pero se necesitaban.
Dos horas más tarde ¡cuán diferente les era todo! Como las abejas siempre regresaban a su colmena, mandaban comer fruta a los hijos y les ponían los relojes en hora a los mariditos, pues todos los barcos necesitaban un capitán, los pequeños y los grandes.
La curiosidad en exceso le hizo perder la cautela. Más aún cuando estaba acostumbrada a observar escenas y a escuchar en casa ajena, sabedora del azar, de la involuntariedad y de la conciencia.
Estaba desarrollando de manera adictiva ese hábito, y cogiéndole gusto, quien las definía con una sola palabra. Si podía las escogía blancas, guapas y limpias. De una belleza de su edad, a la que tenía que atender. Había desarrollado un especial sentido del tacto en ese baile de marionetas, y la irrefrenable necesidad de aparentar.
Ahora bien, a veces el cazador era más interesante que la presa, y se la devolvieron… quizás por aquel antiguo querer de tantos años, y la naturaleza como lienzo, amén de los pensamientos de juventud, también esos, cuando una era todavía demasiado nueva como para dar crédito a los acontecimientos que vivía y a sus propios actos.
Y como consecuencia de aquello, algo voraz y desasosegante, y la última vez que rio su hermana Virtudes. La monja vestía hábito azul y llevaba una de esas tocas o cofias volanderas o aladas. La otra, dejó dos criaturas de pocos años. Y su madre, esposo con incipiente Alzheimer (otro que tenía que inventarse la vida, porque acababa siendo verdad). Todas, hasta que la vida las volviese a encontrar: porque la vida de los muertos consistía en la memoria de los vivos.
O amistad y desinterés que ambos habían convertido en la estructura visible de su relación. Algo tan raro como común, hipersensible y vanidoso. Una relación que tampoco declaraban mientras se entregaban a los arrebatos del amor físico con delicia y la infalibilidad del instinto pecaminoso, sin ataduras ni promesas. Frotamientos ásperos para sacarse los pensamientos. Tocando tierra con ansias cuando se daban el uno al otro, casi con desesperación y la retórica del silencio, no sintiendo celos y sí un orgullo raro pero muy grande. Una especie de tierra prometida que no querían contaminar con nada más, afanosos ella y él.
En otras, se escabullían lo suficiente por si llegara a hacerles falta. Más la evanescente decoración de la ciudad. Una especie de soporte vital, algo solícito a horas infames, no imprescindible para la vida diaria, muy a pesar de la lengua jugosa y aguda de alguna o el sollozar de gozo liberado y tensión rota, que en su urdimbre perseveraba desde el silencio y la quietud, obediencial.
Hasta tenían un acervo de vocabulario propio. Habían aprendido a ser escépticos el uno con el otro, así como a manejar la curiosidad, tan humana como incontrolable. Sufrían de amor carnal, y amor puro y casto. Eran un paréntesis suspendido en el tiempo.
A la hembra cuya vida nunca viviría la quería, y no solo en ese instante en el que la carne era más manifiesta que nunca. Podía llegarle a ser la más frenética y en última instancia desoladora con su clara voluntad de cincelarlo, y ese aire de familia que la ataba.
Él, suspicaz impenitente, llevaba consigo una determinación en sus ojos que no había visto antes ninguna otra, ni la del moño italiano con el característico toque contemporáneo de descuido y su sortilegio. O la que sacaba los brazos enflaquecidos de debajo de las sábanas con un vago sentimiento de religiosidad creando un paisaje de permanencia cultural, ella y su voz temblona, balbuciente y débil.
A ambos les dolían los ojos por la luz derramada de ese cuadro, en la semilla del mismo núcleo. Igual que un niño autista, doblemente perdidos. El cuadro del rojo amanecer y el mar de estrellas. Sus otros reflejos del miedo, pues todos deberían tener a alguien en sus vidas, muy a pesar del tener gustos simples y que la gente buena tuviera algo que no se compraba.
Más los pobres habían de ir adonde les llevara el hambre, les doliese la piel y no recordasen, por más que se hubieran conocido en un museo.
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