Los pecados de una chica casi decente eran esos, que a veces jugaba contra sí misma. Una vez se quiso sujetar los párpados con celofán. Otra, se coloreó la lengua y hubieron de atarle las manos para que no siguiera más adentro. Pero la primera vez que tan importante fue el delito como quien lo cometía, no tuvo otra ocurrencia que volver a iniciar siempre la misma conversación: desde entonces se medicaba.
Llevaba la vida en una tarjeta desde que murió su chico. La vida le estaba hecha de momentos absurdos. “Diste un paso adelante, te dije que no”. Si lee esto, y/o escucha varias veces la frase, por favor llame al Centro Remenber My, Columbia. Tf 36524 ´Soy Mary Anne2, una paciente´. Diga eso. Y déjenla aplaudir, le calma. Cúbranla y esperen que llegue la ayuda: somos rápidos.
El inmortal, descamisado, si algo había enseñado a su gente es que había unos límites de empatía, y esa ordenanza fue nuevamente más allá de lo establecido.
-No te rindas, querido, es muy de clase media -lo saludó efusiva, moviendo sus caderas.
Como cascarrabias se lo perdonaría todo, pero Griffin estaba trabajando por su causa y prefirió no dejarla hacer.
-Soy viejo para cambiar. Haga todo lo que quiera McCarthy -la llamó por el apellido, quieto, con una mano en la cabeza y la otra sujetando el pomo de la puerta, a medio abrir para no quedarse encerrado a solas con ella, ni abierta del todo para evitar que otros pudieran ver la escena en toda su extensión. Que por mucho que pasase el tiempo no terminaba de llegar nadie, y hasta sin moverse se tropezó.
-Todas somos un poco Lady, mi señor Griffin. La adicción al chocolate no existe, ¿o sí?
Provocarlo lo puso en plan mayordomo.
-No hay nada más sencillo que evitar a las personas que no te gustan -giró la mirada.
Ella no.
-Cada mujer camina hacia el altar con la mitad de la historia escondida -se miró y cogió sus virtudes.
Principios a los que se encomendó el galés, rezando noble, y por supuesto enrarecido, que para él no había fiesta alguna.
-Una mujer de mi edad puede encarar la realidad mucho mejor que la mayoría de los hombres.
Ese hombre no quiso darse cuenta de nada.
-Soy una mujer -indicó Mary-. Puedo ser tan contraria como quiera -repitió.
Descompuesto, al fin dejó de ser el único extraño, o estaría en un continuo estado de colapso. Abrió, y hasta le llevaron un periódico.
(Extracto del libro en curso Mary McCarthy; pueden ver más obras en www.pebeltor.com
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Está linda la mar, allá, retirada.
Tú mi refugio, fundiéndote, fundiéndome,
que lo estoy dejando ya.
Lejos,
lejos de ese aire
y fraguado en la espesura,
con la vida ilesa.
Y no por ello dejo de rogar,
caminando sin pasar, preciosa, mirando.
Incluso de espaldas, que también me lo maldigo.
Por eso tu rostro, guardado;
tuyo, mío. Empujando.
Olías a ese olor, pero más,
por cuando la pena del perderlo todo.
Tú mi refugio, ciudad y solana;
tú mi ahogo y festival.
Qué linda la mar, con su eco:
ni todas las fuerzas.
Y lo no esperado.
Con viento y mala mar estaría,
pues sí, ayudando, pero no.
Y sería ya, que no ayer,
más un ramo de vivos colores.
Al viento he rogado;
yo y mi voz, y detenido el tiempo.
Por ti y tu suficiencia: mucha.
Más solo sigo recordando,
prisionero, como ausente.
Lejos, cerca,
lejos de tu aire, nosotros.
Y azotado por el frío viento,
hacia el silencio, oliéndote,
más la lluvia y tu pelo.
Emperador además de rey,
que no solo tiempos y espesura
al deseo del tenerlo todo,
resignado y ocultado.
En el fondo invasor,
a diez centímetros, más el silencio
Qué linda la mar, con su memoria;
cerrada, abierta.
La joven, como muchas de su edad, seguía viendo los cuerpos desnudos con los ojos cerrados, sola. Su abuela no sabía nada. Su madre menos aún.
Las amigas, empeñadas en no ser unas horteras, caerían en su mismo error, si es que todavía no habían llegado a ese momento. Esa vez no estaban juntas. La conciencia de la cría era de lo poco que le acompañaba.
Los pantalones, de no haber estado rasgados se los hubiera roto ella a base de jirones. Era tendencia, enseñar y no enseñar, para que otros les pusieran caras de envidia o de tarados. Como directriz, esa se la admitieron sus padres. A base de sacar buenas notas le permitieron ciertos deslices con el look, con tal de no lidiar con enfados de más ni con dejarla aislada de esa sociedad rara y exótica, como todas hacia las adolescencias.
Solo que el particular humor no era casual. El sujetador negro se lo había llevado él, el mismo que le insistió, primero elegante, susurrándole y de qué forma; después, ya no tan excelso y encantador, más bien meloso de más. Un boxeador polaco hubiera tenido más tacto con ella.
Pensó en llamar al 112, por si desde el teléfono de emergencias, en lugar de que le felicitasen o regañasen por haber perdido la virginidad, le hablaban de otras cosas, fueran cuales fueran. El seguro de salud privado de los dientes no daba ese servicio, ya había consultado las condiciones.
Las deportivas eran de lo poco que la hacía mujer. Ni descalza ni con tacones aminoraba la tensión. Una de las cosas más asombrosas fue sentarse hacia la paz social de un banco de un parque cualquiera, donde desde pobres blancos hasta las capas más altas y negros de muchas o pequeñas comunidades calmaban las propagandas andando, atravesándolo o limpiándolo. La muerte de la inocencia, no obstante, era sostenible. Se había prometido a sí misma que cuando creciera y fuera una mujer trataría de hacer cosas tan buenas y nobles como las que había hecho su madre.
Solo le faltaba evolucionar. O estar en lugares tan lejanos como Alaska y Kenia. Los rumores sobre una posible autoría, tal vez, ya le estarían rentando, tristemente, con los “calladita estás más guapa”, típico de los que se replanteaban todo a base de arrebatos.
Con los párpados vencidos, hasta se lanzó toda clase de improperios, siendo al mismo tiempo una niña en la calle, consciente de los perros rabiosos, las casas espeluznantes y teniendo esa bella visión de cómo funcionaba la justicia, no atreviéndose.
Pero, sobre todo, la segunda o tercera vida era la variable de ese diario, décadas después, al fundirse sin ni poder sobresaltarse en toda su existencia, leyendo a una niña que observaba todo a su alrededor como una mujer adulta reflexionando sobre su infancia. Un ama de llaves negra sí hubiera sido lo suficientemente valiente sabiendo escuchar, incluso hablándole a los perros, más en tres generaciones la distancia más larga seguía siendo la falta de interés y los prejuicios. ¡Y todo por coquetear!, pero no; no, ni mucho menos: por las palabras en silencio y el día que empezó todo.
Insensatos, así los veían algunos, a todos esos niños saltando en los charcos llenándose de agua y barro. Otros, apenas los distinguían, centrados en los tonos desiguales de las casas contraponiendo la jovialidad (pesimistas a más no poder) con la envidia como sonrisa.
Y luego queremos ser todos iguales. Cabrones.
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