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22
Ene

Todos los nombres propios

Hay golpes en la vida, tan fuertes… que emponzoñan el alma. Caídas hondas, de volverse los ojos y esperar sobre el hombro una palmada.

En Prosperidad sucedía, sucede, eso, no en vano era un espacio de soledades compartidas. En tal lugar no hacía falta pedir cita ni alegar legitimidad alguna, todos eran bienvenidos. De primeras, con tensión nerviosa y con dolor… hasta con un charco de culpa. Momentos complicados.  

Allí, las venas pasaban a ser fermentos, las sombras se deshojaban, igualándose… y a fuerza de estar se aprendía a pasar los días. Cierto es que había labios que lloraban arias olvidadas, nombres. Otros reían la luz de la vuelta. Más nadie sobraba ni faltaba: heroínas, víctimas, culpables, los visiblemente preocupados.

El último de un accidente de tren a lo largo de un cuello que se ahogaba, cuyo ajuar fue constelado por una aurora. Pronta partida, inesperada en el lirismo del invierno. Ese y otros muchos se hicieron de noche por cuando las miradas intentaban ayudarles con una jauría de remordimientos. Azul, azules, urdidos en el hierro, hierros, amortajando las pupilas que trenzaban aullidos.

Si bien, Prosperidad era descanso, soledades compartidas en un mismo espacio donde todos los nombres propios cabían, los momentos, cada paso, cada impulso, cada… saliendo en sus lutos rigurosos ondulándose entre nosotros.

DEP

Nunca me verás prohibiéndote nada, pero desde tu libertad me mostrarás lo que significo para ti.

Ese era el deseo más común en Prosperidad,

y en los días y en los trabajos (paso previo, obligado).

 

17
Ene

El Mediterráneo…

…donde nunca se veía el mar.

15
Ene

La vida caótica, predecible

En la vida las cosas no estaban ordenadas, ni tenían sentido ni escondían una metáfora. Los males del mundo estaban repartidos, una suma mal resuelta.

La magia de conectar y la suerte de coincidir, en parte eran los niños. Los niños, el único amor del que no se habían arrepentido de vivir. Muebles hablando, animales cantando, girando… afuera la fealdad del mundo. El valor huyendo de cualquier precio. Su hijo era así.

Ellos, un pueblo sumido en el silencio artificial. Les tocaba entregar a ese último hijo, era el siguiente. Así se las manejaban en los genocidios.

La Francotiradora de su Tía

 

8
Ene

Le gustaba morderse el pelo

Le gustaba morderse el pelo, era otra manera de darle sentido al ruido de los días y los trabajos, se sentía ella y nadie más, harta de que los dólares ni fueran blancos ni negros, sino verdes, como muchas de las personas con las que estaba obligada a tratar diariamente.  

Siempre había sido extremadamente pragmática la que sonreía no solo con los ojos, cabezota, muy suspicaz y desconfiada con los hombres desde que empezó a flotar en el líquido amniótico de su querida madre. Sí, era distante y podía ser difícil de manejar.

Más el sonido de un libro que jamás había sido abierto le atraía, eso y entretenerse doblando la ropa, en ello encontraba el silencio y el ruido conteniendo su estupefacción, su cordura, su conciencia y la inspiración de cada uno de los impulsos decentes de su vida.

El día que llovió hacia arriba

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7
Ene

Cuando seas mía…

…te llevaré donde quieras. 

5
Ene

Un animal de cada especie

Lo poco agrada, lo mucho cansa.

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