Para poder ver la newsletter pinche en el siguiente enlace: Newsletter Septiembre 2022
Dos días más y ya se vería, si la barba se dejase pudieran haberle salido unas arrugas en las comisuras de los labios. Los ojos se le habían engrandecido y su piel, antes muy blanca, tenía otro tono bien distinto. ¡Hasta las gafas!
Al notarse lloraba en silencio, lloraba cogiendo las cosas, lloró toda la noche y lloraba al peinarse.
Nadie le podía consolar: era septiembre, su primer día de colegio una vez más. Y de tanto oírlo no solo se había hecho mayor, sino que llamaron a la policía. La primera su madre, que no lo reconoció, no tardando en presentarse la vecina. Una que no se cortó y envilecida por lo que oía y veía del hombretón avisó al colegio para que no le dejaran entrar, de tanto que decía que tenía que irse al mismo.
La amalgama de gentes y de lugares distintos no tardó en producirse. El niño no estaba, era un hombre. Con el que ni por señas se entendían. En el hospital la cosa no fue a mejor. El doctor poco pudo hacer, aparentemente todo estaba bien; sí el cura, que le esbozó a la madre del supuesto hijo, que no lo era “lo bautizaremos, no te preocupes”. Por entonces, un camarero creyó conocerlo, y no. Madre e hijo, harta de lloros y gritos, prefirieron el silencio del otro. Al tiempo ¡hasta comprobaron si tenía pasaporte!
El caso es que todo estaba escrito de antemano. Carolina, la hija de la vecina bien que lo sabía. Fue ella quien lo hechizó; la que en realidad no estaba poniendo mucho empeño en trasladarle a Francia. El segundo punto de cuatro. Incluso llegaría a tener esposa y regentar una librería. Todo, por no ir el primer día al colegio, que a Carolina no le gustaba el uniforme y se las sabía todas.
Nadie les advirtió que extrañar y extrañar era el coste que tenían por contra los buenos momentos. Era la vida real, la del irse en un suspiro; la que no tenía otra ruta de salida que el dolor del amor y lo vivido. La de la habitación vacía y la caricia de la nada. Y el fingir que no se veían.
Qué vulgar era el amor, a veces… Y cuánto callaban los educados, olvidando haberse conocido, y que una vez y muchas estuvieron en la cama sin rogar y sin insistir, sin molestarse; en su blanco inmaculado. Ennegrecidos, no podían controlar las acciones de nadie, la lealtad salía del corazón de cada cual. Solo alguien extraordinario podía cambiar el paso, y que la casualidad durase para siempre.
Mi ramo de rosas para ti…
Tal vez los sentidos sienten sin miedo,
tal vez aún rodamos descosiéndonos la boca,
tal vez todavía el tiempo no abrigue lo suficiente.
Ten paciencia, que todo tendrá buen fin… dicen, otros.
No tengo más ambiciones, las conociste todas: a la deriva,
inquietas, ejemplares, de las malas, mudables y constantes.
Con valor y entereza nos siguen, ellas no purgan las penas.
Y a la par está la cama, siempre, que no se pasa de moda,
como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Porque el mundo no se explica solo, el mundo;
un mundo que escucha y escuchamos…
Cuélgate de quien te quiera, sí;
ambiguas horas quedan,
más lo tengo claro.
Cuidémonos;
Y yo,
que había jurado,
espero maletas y lluvias,
ahora que sin saber, he sabido.
Qué poco rato dura la vida, ni el beso;
no soy yo, ni tú, ni nadie… peor para el sol.
Y a comer sopa boba y perderse en las noches,
que los sueños sean mentiras de verdad: mentiras.
Otra forma cobarde de decirnos que no y que sí, que nada,
otra forma de negar lo que se esconde, de mentir con la verdad.
Nunca tuve mayor religión, ni ojos por ninguna otra o razón de espejos.
Escribo las soledades porque me sobran, porque se caen y porque fueron. Sí.
Qué pequeña es la luz cuando no está todo en un solo lugar, sonido y buen tacto.
Y la letra seguirá buscando un amor a medida, que sea amor, y que valga la pena.
Prefiero la guerra, ésa; y entender lo que pasa, viviendo y entendiendo, siendo,
y que pase lo que tenga que pasar, porque ser valiente no tiene que ser caro.
Ni malo, y nunca cobré a nadie, ni pagué a conciencia; siempre vestido.
Las tonterías de la gente para la gente, el amor para el amor.
Porque el hueco está, quedó, un hueco… Te fuiste, tú.
Saliste del vivir aquí para allá, cambiaste. Tú.
Y había espacio, y de todo. Bueno…
También malo, y reventaste.
No me esperaste llegar.
Te fuiste. Tú.
Besos.
Habiendo tenido fijado el día de la boda, su boda, la aplazó sine die. Lavinia estaba en guerra, ella y otras muchas personas. Seis meses llevaban ya, y lo que quedaba. Luchaba por la posesión de su propia existencia. Luchaba por Ucrania como podía luchar por Rusia, su tierra madre, Polonia u otra.
Quien iba a ser su marido había fallecido en el frente días antes, regañado hasta la saciedad, vilipendiado y admirado a la par por no ser militar de carrera y aun así haber formado en la milicia. Lejos, cada día se escribieron. Por una de esas aplicaciones, nada de papel y tinta, que las guerras modernas se atenían a otras razones y enseres, por pobres que fueran y llenas de santos y vírgenes que estuvieran.
La única voz que habían oído y respirado hasta la fecha eran las suyas, de padre y madre, salvo para estudiar y hacer las tareas. Un padre que parecía que ignoraba, poco elocuente, de los que apenas llevaban el salario y en lo demás callaban salvo lo justo y necesario, juzgando solo al mundo culpable e insolente, incapaz de devolver felicidad alguna ni persiguiendo una quimera; habiendo preferido hijos varones y fuertes. Un tipo desherrado y cojo. Cumplidor, pasando el tiempo encerrado en una habitación, simulando estar enfermo cada vez que las veía crecer, perdiéndolas sin mayor remedio y oyendo por la radio los rangos y esos desprecios de los unos contra los otros… muy modernos todos pero muy antiguos… Uno que cayó de un primer piso al abrigo del sucumbir, olvidándose de todos los males, falleciendo en sus imposibles.
Todos eran víctima de los caprichosos dignatarios, vivos o muertos, convencidos de no poder amar en medio de tanta guerra y aires difíciles. Lavinia incluida, que pasó otro domingo sin baile, mortalmente sola por viva, destruyendo… Peor aún al despertarse de ese inclasificable sueño y saber que la guerra continuaba y que quien nunca le había querido le iba a pedir la mano, amiguísimo de su hermana, y muy querido por su madre, la criticona, que no podía dejar de hacer de madre buscándoles un destino. Un novio que jamás convenció a su padre, que sí, se había suicidado días antes. Un padre pobre, que no feo. Un padre que siempre quiso lo mejor para sus princesas. Sus rayos de sol. Y lo que no podía ser, amén de las guerras. Se tiró como una diva del cine; él y su monólogo interior, queriéndose llevar todo lo malo, humanizando sus sentimientos.
Había pasado casi un mes desde que ella se marchó. Semanas antes ya se había llevado su lencería y algunos otros enseres, dejando apenas el calzado de estar por casa y algunos productos de higiene personal. Ya no quedaba nada material que fuera exclusivo de ella en esa vivienda. Salió con todo y sin nada.
Él se arrepentía, pero como adulto debía respetarla. Fue ella quien lo dejó. Ella necesitó irse, y él no corrió tras ella. Pero seguían juntos, al menos él así lo creía. Y creía que ella también lo sentía, porque estaban hechos de amor y de pensamiento.
Por más que cada cual intentó retomar sus días sin el otro, ni por casualidad se olvidaban. Resultaba sumamente difícil escapar de alguien con quien se quería estar. Juntos, se hacían sentir mejor persona, por días malos que tuvieron. Días, de esos, en los que él se agobió (por ella y por todo) y de los que a ella todo le supo a poco.
Atrás quedaron las palmeras de chocolate, los viajecitos al café del parador, las probaturas de bizcochos y los pecados a la luz de la luna, amén de otros haberes.
Por suerte ninguno había cambiado de vida ni había rebuscado entre sus recuerdos, luego había opción para seguir dándose sentido y pertenencia. Para desconectar, para unirse, para relajarse y ayudarse, o esconderse, que eso también supieron hacerlo y bien que lo necesitaban.
Uno y otro, habían probado a sobrellevar la tempestad en vísperas de los días de viernes, y de cualquiera otro día, y por mucho caminar siempre volvían al mismo punto de partida: ¿por qué no estar juntos?
Resultaba irónico que en esa casa se hubiera quedado el cuadro del embarcadero, la foto de él, los cojines del cabecero de la cama, y la funda del sillón. Enseres de esos dos años que se dieron que lo resumían todo en un hogar que no supieron cuidar. Presunto inocente, ni se atrevió a moverlos. A su modo le daba las gracias por estar a su lado, que también los odiaba. Pero había madurado. Esperaba tenerla cada día más cerca, y no tan lejos. De tener otra oportunidad, se dejaría cuidar de mejor modo. En parte lo necesitaba, y creía que ella también.
A su modo la había estado sintiendo, y tras haber pasado los primeros días con una sensación de falsa libertad o más bien liberación personal, seguramente le hubieran surgido brotes de rabia y hubiera echado mano de las típicas frases apelando a que ella se había entregado del todo y apenas había recibido nada, para, días más tardes, estar en esa fase donde aceptar el perdón propio y ajeno, no sin echar mano de los típicos dichos sobre la felicidad y la paz y aquello del ser feliz, como si se estuviera por encima del resto de los mortales o se fuera Teresa de Calcuta.
Quizás, todos esos pensamientos formaban parte de un proceso interior de aceptación, porque a su manera la mujercita había enlazado una relación con otra, y eso de algún modo había de digerirlo. También le habrían influido sus restantes obligaciones, como madre, y cómo no, las amistades, que, apoyándola, la hubieran inclinado a esa aceptación tan dichosa y vehemente, creyendo fortalecerla.
Pero la vida, que no engañaba a nadie, los había unido y separado.
Unido porque en honor a la verdad podían estar hechos el uno para el otro, a poco que quisieran y se dieran. Y separado, porque necesitaban darse cuenta de ello, teniendo ya una edad y vivencias. Ahora bien, las mujeres eran mejores timadoras que los hombres. Y ese no se fiaba. Ni podía arriesgarse. La respetaba tanto, por querer lo mejor para ella, que no se atrevería a incomodarla. Para sí, seguía muy presente que la misma se marchó de su casa dejándolo sin nadie, solo, como si con ello la misma hubiera obtenido una dulce salida a una amarga situación, liberándose. Así pues, no era orgullo ni cabezonería, era respeto, por lo que no movería un dedo para recuperarla. Había de ser ella la que por propia voluntad tocase la puerta y se dejase notar. La que diera otro paso al frente, como la primera vez, en ese mundo de adultos tontos.
Agostarse sería preocupante. Aparecerían los verdaderos miedos, y uno y otra sí que recogerían velas, protegiéndose irremisiblemente. Y cualquier cosa podría suceder, pero no entre ellos. Dejarían atrás el amor, los placeres y esa vida inacabada. Volverían los vértigos, los mareos, los cabreos. Las muchas preocupaciones… que en verdad nunca se fueron, pero que en tiempos, sí supieron domesticar… cuando fueron uno, sintiéndose. Porque eso le faltó a sus días: tiempo. Darse un poco de tiempo, entenderse mejor. El calor influyó poco, fue la presión del tener que hacerlo todo. Y de qué modo.
Las nubes grises, pasajeras y enardecidas, que cada tarde aparecían y desaparecían así lo atestiguaban. Era el poder de la naturaleza, que no engañaba, solo mostraba lo que había. Soledad. Soledad de estar solo, soledad de querer y no poder, soledad de amor.
El cuadro del embarcadero era eso. Un quiero y no puedo. Una luz sobre la que destacadas sombras se hacían nítidas. Todo un miramiento a ciertos pobres diablos. Ellos. Seres de ojos humedecidos que cogían aire con fuerza, de mirada joven y mezcla de asombro y atención, abandonados a cualquier esperanza, la suya, no dejándose llevar por las carencias que dominaban su existencia.
Lo mismo necesitaban eso: decirse que no. Oírlo de viva voz de la otra persona. Y entonces sí, quererse mejor, de otro modo. Oírlo, aunque fuera en tono cortante y mosqueado, pero oírlo. Y replegarse con aprehensión, refugiándose con recelosa determinación, asintiendo con la cabeza… Lo otro, dejar ese agosto en una mueca de disgusto y mascullar la vida juntos también podrían, y dejar a un lado la melancolía moderna, la ambigüedad moral y la obscenidad secreta del quererse.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.