Doña Petronila fue su madre, y también la madre de su madre. Ella no, era más joven, si bien, comprimía un chillido de mal género cuando escuchaba ciertas músicas. Y no por antigua.
Le horrorizaba la idea de que la consideraran anticuada, y sin perder un ápice de su dignidad, ni dándole mayor gravedad, insinuaba con la voz y el gesto el horror de música en general, tal que sacudiéndose el polvo de las manos y el sudor de su frente.
No le gustaba. No le terminaba de entrar esa música. Peor; peor que peor… y lo que temía es que otros se enterasen, porque a priori a todo el mundo le gustaba esa mierda de música de su tiempo. Todas, sin excepción.
Su madre llegó a tener otros motivos para no engordar: unos amores románticos rabiosos. Ella había heredado su canto llano y sus canciones a la luna. Y a poco se encerraba en el cuarto… tenía horror a las corrientes de aire, no obstante, a eso que el reloj de la catedral daba las siete y media, no había más desafíos y en conjunto reinaba la mayor.
El padre ventilaba la cuestión a palos, y acudía al juez si le ofendían… Lástima de sí mismo. Parecía saber mucho más de la muerte que de la vida.
Doña Anuncia, hermana de Petra, con prudencia disimulaba tales asperezas, que algo más que comida se llevaba a la boca con y sin jovial concordia.
Siglo XIX de pobre solemnidad, y casi que también el Siglo XX,
y XXI de tristeza resignada… fatal expresión muda.
Al fin su hijo era un sacerdote y ella era una cristiana. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba aquella señora. Doña Ana, no obstante, prefirió darse un baño.
Al día siguiente, cuando fuesen a hacerle la alcoba, estaría la cama levantada, tiesa, fresca, sin un pliegue. Las butacas en su sitio, así como el orden de los libros.
Ese fingimiento era en ella segunda naturaleza. Su hijo era como todos, como todos los hombres, siempre fuera. Y ella de limpieza exquisita, de sobriedad y de la severidad misma.
El parentesco era cosa del parentesco, y ya iban tres. Otros dos y su padre. Uno que no servía para ver morir a una persona querida, que pecó de hablador cuando fue hombre de excelente sentido y no escasa perspicacia.
Y volviendo la cabeza hacia el interior oscuro y silencioso de la casa escuchaba también el choque de dos monedas, un ruido en nada confuso, maravilloso y de rutina. De un crío al que le habían dado esa idea y voluntad para con el abuelo. Desde la calle no debía de oírse nada. A la misma hora, de cada uno de esos días, pasaba en un repente su figura sin malicia alguna. La tienda vacía, los anaqueles desiertos, el fondo de color de chocolate…
Tras sonreírle y dejarse estar, el anciano que una vez fue joven pero nunca tonto, cerraba los ojos y la mirada se iba de nuevo hacia ese balcón y los recuerdos del pasado, de vez en cuando oyendo el ruido de algún golpe más o menos seco: personas decentes viviendo hasta que llegasen al cementerio. Solo que encogía los hombros y prefería sus demonios.
A poco que podía regresaba a la casa en la que se había criado y hecho mayor… y se daba una vuelta por allí, mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la otra y poco más, en definitiva, su vida.
No obstante, la naturaleza muerta parecía esperar que los días y los trabajos, cuales extraños, disolvieran su cuerpo inerte, inútil, para volver a tenerse por siempre jamás.
En años, para cuando se le fuesen pegando las ideas de un buen hombre, el niño lo entendería.
Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo, o cien. Sí, la tristeza era universal. Todo el mundo era podredumbre; el ser humano lo más podrido de todo.
La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche. Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro, lo llevaba consigo. Todos aquellos escrúpulos no se podían ensayar. Sea como fuere, ella no debía vivir. Ni sus pupilas brillantes que nacían de la soledad y la pobreza, con los dedos finos y largos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y bien cortadas. Y si bajaba los ojos más.
La imprudencia, la torpeza, le habían hecho enamorarse. Tanto de ella como de su voluptuosidad íntima. Y nadie más hablaba, o eso le parecía. Desde que se despertaba la tenía en su mente. Y era como un consuelo, como respirar aire puro. Había un destino, había un propósito. Sentirse, volver a la luz. Salir de ese caos doloroso y de la evidencia de la vida.
Las mentiras piadosas fueron inútiles. Ella se las creyó o no las consideró. Embustera, idiota, infame… enamorada, que también. Recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos, y se había olvidado de sí misma, retumbándole el patio cuando la casa era honrada, con prudencia disimulando tales asperezas.
Ella también quería verle muerto. Aunque le era tan dulce ver el cielo azul junto a él, y pasear, dejar estar las horas… Llevaban así dos meses, mezclando la ropa blanca con la de color. Ambos pálidos y temblando de frío y de miedo si no se veían o pensaban verse, y combatientes cuando se miraban, ocultándose y dándose extrañamente en jovial concordia apartándose del cabildo.
Eso no era cobardía. El triste negocio les unió. Una tarde en la que el señor del pueblo pereció. Que se daba aires de saber muchas cosas. Quien quedó dormido en un sopor de fiebre. El que suponía a su mujer enterada de lo mismo que preguntaba. Otro que se pasó un mundo echando la vista atrás, para acabar muriendo dos veces lo menos, tenaz e irritado.
Sí, la tristeza era universal. Todo el mundo era podredumbre; el ser humano lo más podrido de todo. Que las miradas eran envalentonadas, y eso que con los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.