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1
May

No hicieron falta palabras

Cuando todo el mundo estaba ocupado intentando ser alguien, sucedió. Costaba interpretar por qué la gente hacía lo que hacía al verlos así, socializando como antes.

Algunos, incluso por jóvenes ya eran viejos hacía diez años, si bien, en apenas unas horas se humanizaron de nuevo.

Los datos eran tozudos, innegables. Antes o después, lo diferente asustaba.

Pero sí, la gente reaccionó en parte. Los episodios agresivos ya no hacían ninguna gracia. La gente que vestía de una manera que llamaba la atención pero sin exagerar, fue aceptada, es más, pasó desapercibida. Se escucharon las voces de los niños jugando en los parques, en las calles. Las mujeres supieron hacer de todo eso un cine social, amable, sin tremendismos, que rezumase verdad.

Los pobres, no obstante, siguieron siendo invisibles. Y eso que las ciudades no fueron lo bastante grandes y la gente aprovechó para mirar las estrellas del cielo, como si jamás hubieran estado ahí.

Realmente, no hicieron falta palabras para entender el momento… Faltó saber ¿por qué las rosas ya no olían como antes? 

26
Abr

Por favor, gracias y perdón

PEBELTOR

24
Abr

Mientras dormías

 

La literatura no solo estaba hecha de palabras.

Solo faltaba que le amaran para ser bueno.

PEBELTOR

19
Abr

A ella le gustaba salir de casa…

…pero volver más. 

17
Abr

Y la culpa no fue del sexo casual

Había cambiado la cartografía de las estructuras de poder. Y como que el tiempo lo hubiese sustraído todo. La ciudad estaba renegada, huidiza. De repente nada era lo mismo.

Los lujos asequibles, no obstante, persistían. Era de lo poco que aún perduraba de aquel renacer radical y de la exposición mediática que lo arrolló todo. Las mujeres, abnegadas y generosas, perdonaron para un bienestar común. Por eso mismo se vivía, por ellas. Gracias a ellas y a sus pintalabios. Ellas eran la cordialidad en un mundo de matones.

Cinco años esquivando el murmullo implacable de la soledad no bastaron. Todo estaba con las vergüenzas al aire. Y la culpa no fue del sexo casual.   

10
Abr

La hora de comer

Se quedó escondida en su dormitorio hasta pasada la hora de comer.

Había vivido toda su vida en una casa con servicio. Desde la más tierna infancia hasta su matrimonio con el de ojos saltones e hinchados. Hacia el segundo embarazo dejó los cigarrillos y el servicio, yéndose al campo abruptamente.

Pasaron las semanas, y al final todo parecía olvidado. La señora había recuperado la costumbre de sentarse en un taburete hacia la noche, junto a la mecedora.

Jamás echó en falta las estampas religiosas de la nevera, ni los taxis o saludar con la cabeza alardeando de collar.

No obstante, como si posara en un cuadro costumbrista, había días que mejor no seguir haciéndole caso a las vocecillas de su cabeza o no tendría absolutamente a nadie a quien mecer.   

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