Una semana más,
y no siento frío en toda la noche.
Nunca temeré el mal año.
Qué grande te veo,
qué grande me miras,
cada semana, también.
¡Pero ahí vamos!;
con estos cambios,
que tanto afectan.
Tan necesarios como que avanzan
y destierran;
tan necesarios como que doman
y representan.
Quiero tener un recuerdo,
errante entre los dioses
en tan geografía de la locura:
he aprendido a no intentar convencer a nadie.
Fu mi último contacto conocido,
del que en nada puedo presumir.
El único problema: es que tengo conciencia…
Y esas cositas,
de la extraña lealtad,
del ser héroe de tu propio destino
del invierno que vendrá.
Más simplemente adorno
en un andar solitario entre la gente,
y nada más que extrañar… nada más, sí;
todo ser humano es un puzle de necesidades.
Sí, en mis manos tengo el secreto de esos ojos, todos,
que no cicatrices de charol u otros tiempos de esplendor,
adiestrado ya, extraño, en manipulación psicológica:
comodidad o facilidad, grande, claro ejemplo,
tan necesario, una semana más; sí.
Frente a los cambios.
Esas señoras quisquillosas, cuya paz y tranquilidad reinaban en algunos, llevaban años cuidando a jóvenes, de unos y otros, sin insinuantes escotes.
Uno de ellos, un día, dio un golpe en la mesa, convertido en un genio:
-¡Esto no puede ser! Este antro ya no me gusta. Me largo. Oléis raro, a ese jabón de lagarto- medio gritó enloquecido.
Ella, la más mayor, miró embriagada, a sabiendas que las paredes eran de papel. Pero no actuó como los demás. La otra se fue a echar las manos buscándose unas monedas, guardándose el hormigueo en el estómago… hasta que suscitó cierta inquietud en esas pequeñas diferencias, siendo susurrada con delicadeza por el murmullo dantesco de la otra, perro viejo.
-No, esta vez no. Nos vamos encarcelando en nuestra propia prisión. Que difame si quiere– aportó ya con voz de clarinete esa mujer mayor.
-Eres otra puta decepción- le convidó él, dando voz a su testimonio.
Por razones obvias las piernas les temblaban a las ancianas.
Sin embargo, él, que se sentía en su derecho, bufando hallaba su dinamismo procurándole unos ojos vidriosos a la más famélica, quien a punto estuvo de seguir canalizando ese estrés con la limosna de los pobres y las suertes, fiel como un perro: siempre el mismo día. Los viernes.
-¡No hermana!, antídoto- le espetó con una risa complaciente, y menos enjuta que su alter ego. -Empezaremos de cero- le añadió a ese extraño con la profundidad de lo simple.
-Y quién cuida al cuidador. ¿Quién lo sostiene?, ¿quién?- insistió ella, marginada, como sin voz.
-Hable por favor. ¿El cuidador?- adujo.
-Perdió todo un año de trabajo levantándome. Si no hubiese sido por él… Ufff. Es que… ¿Y ahora?, ¿extrañarán?- expresó sin decir más.
-¿Eso es todo?- adujo de nuevo el agente no convenciéndole el razonamiento.
Es un hecho, quedan setenta y dos segundos para que se produzca un terremoto, ya han dado el aviso. ¿Entonces?
Eso de las películas de irse al baño y refugiarse en la bañera no se contempla, tampoco lo de pellizcarse.
Trabajar bien para vivir mejor. ¿Cuál es el sentido de la frase?
La respuesta será publicada en unos días. Y no vale añadir opciones tipo:
Ni las enumeraciones extremadamente moralistas, como:
Menos aún adoctrinar serio y roncoso con:
Era muy buen hijo, y muy buen cliente también. ¿Marido? Su nuevo sitio aquí, ya veremos. Pufff. No entiendo muy bien su vergüenza y mis extrañezas… y debemos ir pensando un nombre.
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