Pedro Belmonte Tortosa

21
Mar

China y su entorno

Lo que fue ya no está, pero brilla contigo es el mejor resumen de la cruel y dura obra: China y su entorno. 

No sé si he justo o demasiado estricto, soñador o embaucador, si bien, si queremos historia hay que hablar de todo. Igual, si me llaman tonto no me parece lo menos adecuado, más que nada por ese estilo de narración tan complicado que me ha obligado a usar esta obra y su destino. Y no, no soy historiador, dicho sea, con toda la seriedad intelectual, pase lo que pase:

-¡Qué sino Roma y el sur del Rubicón!

Primero hice El libro de los hunos, quizás, probablemente el más atrayente y dificultoso de hallar (hay que leer hacia la tercera y última parte del libro para saber de esos pueblos perdidos y hallados); después concebí Las ciudades bazar, explorando otras zonas del mundo donde no todos llegan, sitios dentro y fuera de los entornos; y finalmente, escribí Nadie mejor para una canción lenta, que es la obra que lo engloba todo, haciendo redonda la historia de toda esa China y su entorno.

Todo ese sojuzgamiento de las Américas, dentro de la humildad que siento y a la que estoy obligado como escritor, la empaticé leyendo Las palmeras salvajes, obra de W. Faulkner, y también una parte de la integrada 4321 de Paul Auster. Esas obras tenían y tienen trampas extras, como la que he pergeñado. Incluso preguntas personales, de amigos y enemigos. Y luego pasa lo que pasa, que la realidad a uno le pone nervioso y se sufre en la exigencia, en la crítica y en todas esas finales, porque el libro ha sido todo un caos, justificando ese teatro de mi otra vida (lo que nadie se atreve a responder): la familia, el trabajo que paga las facturas, las amistades, y ellas (un todo y nada).

Otra frase que podría resumir esta obra la leí en algún sitio, frunciendo el ceño, pero no recuerdo dónde: Los perros no hablaban, pero oían muy bien.

Lo que sí les aseguro es que no he estado alquilando hamacas en la playa, ni echado en ellas, con todo mi respeto, igualmente. Me ha costado mucho, muchísimo, echar esta suerte. Más el día en el que el baile se acabó, llegó… ¿no? ¿Qué castigo me pondrían? ¿Debería dedicarme a otra cosa?

 

19
Mar

Engranajes desde la distancia

A su mediana edad, por un casual, se dio cuenta de que eso estaba ahí. Nunca antes había usado la misma: cuando el terrible error de meter la mano en la boca del perro. Ahora, la sintomatología era bien distinta. Flojedad de piernas, dolor de lumbago, comer por dos veces, merendar por otras tantas y las matemáticas de las pérdidas al ver hacia la noche el estado de los mercados bursátiles o lo poco que importaba que lloviese, hiciera sol o nevase cuando nada y todo se quería, porque los telediarios decían lo mismo que el día anterior pero aumentado en cifras en una rara homogeneidad.

La religión y la magia iban de la mano, no podían detener a ese bicho. El bicho que dejó todo en tiempos de silencio y de darles vueltas a la vida: esa otra intocable herencia. Pero sí, los espejos estaban en silencio, ya no sabían dar imagen alguna para que los días fueran menos raros, todos iguales. Uno, una, se miraba y la mayor parte del tiempo se veía a sí mismo/a: ni guapo, feo o con o sin actitud. Era como si una caja de cartón se mirase en el espejo. Solo había cartón y comparecencia. Ni retrasos, porque no se llegaba tarde a ningún sitio. Todo era el mismo acontecimiento: una espera compleja. Los estudiantes eran eso, estudiantes: tenían más clases que nunca. Hasta deberes de música para quienes no se habían matriculado en esa optativa. Los progenitores, por decreto, no admitían interpelaciones -pasadas las mil-. Decían las malas lenguas que un adolescente dejó de ser adolescente y pasó a ser persona en tal encierro (jamás se pudo probar, no existía documento al respecto).

El mundo se había vuelto extraño, los repartidores eran de veras los dueños de las calles. Ni ecologías ni leches. Fueran como fueran. Como si querían conducir comiendo patatas fritas y a toda pastilla; estaban autorizados. La policía hablaba, no multaba. Y hasta se admitían manuscritos literarios en las editoriales: se habían leído todo lo habido y por haber, o bebido. La gente necesitaba a infelices o aventuras tuvieran o no un final feliz. Un libro era algo agradecido. Ya nadie se preocupaba por los secretos más extraños de los millonarios, o por cuchicheos sin épica. Eso fue lo que simple y llanamente confundió a los gobiernos: todos. Cuando liberaron a ese bicho creyeron que toda persona pasaría a verse como una foto de sí misma. Y no. Entonces, ¿por qué caían las bolsas?, ¿o por qué el sexo pasaba a ser algo habitual pasados los cuarenta y cinco? Una economía quebrada por la deuda, en la que no hacían falta los abrigos.

No parecía el mejor largo camino a casa. Ahora bien, Roma acogía la mayor exposición de Rafael de la historia y tenía más visitantes que nunca, con la población guardándose del contagio en sus casas. Eso tampoco lo habían previsto los gobiernos. Jamás creyeron ni en sus mejores análisis que la gente fuera a ser tan solidaria. La comisión que estudió la idoneidad de contaminar o no, apenas contempló otro escenario. Lo más, previeron nueve meses complicados. Empezó en Tokio, pero allí la virulencia no fue tal. El bicho llegó en su punto álgido hacia la vieja Europa, a ciento y pocos días de los Juegos Olímpicos. Eso sí que sucedió según el protocolo. Ahí no hubo nada que cambiar. Otras cosas sí. La red de peluqueros a domicilio quedaba la margen, ni ellos mismo se lo creían. En su puta vida habían tenido tanto trabajo. O los perros. Ya no quedaban, sus propios dueños los habían exterminado. Cada gobierno debió intervenir los suyos. Gran sensibilidad tuvieron aquellos que cedieron a la causa a sus mejores amigos antes de que los transportistas y los farmacéuticos los reclutasen a fin de mantener el orden público. En el corazón del bosque tuvieron arrestos, algunos dueños, de arrinconarse con los mismos, si bien, definitivamente los farmacéuticos se aliaron con la Superioridad e impidieron que aquello progresara. No estaban en la Edad Media ni en los bosques de Sherwood. La lucha ideológica entre la derecha y la izquierda ya no tenía sentido. La inconsciencia de la gente era otra. Tampoco es que alguien esperase la llegada de los americanos, con nuevos productos, estilos de vida y lenguajes.

Siete tiros y colgado boca abajo hallaron a algunos. El respeto a los demás renacía en uno mismo. La nueva novia de cincuenta y tres años de uno lo lloró a puerta cerrada. Apenas un par de líneas fueron suficientes para que esa despedida fuera la más apesadumbrada. La gente lo leía absolutamente todo. Hasta el punto de que también fueron ellos quienes interrumpieron sus carreras profesionales. El encierro lo normalizaba todo. Los del Reino Unido se creían franceses y nadie sabía nada. El sellado de las fronteras siempre se vio necesario. No así el desabastecimiento de papel higiénico a nivel interestelar. Los supermercados hubieron de poner límites muy concretos en productos para evitar el acaparamiento abusivo de los clientes. El desbordamiento era colosal. En toda la vía láctea no había mayor protección que lavarse las manos profusamente veintisiete veces al día de media, como poco.

Hasta a los más románticos se les había olvidado tal fantasía con tanta sociedad de la información y presencia en las redes. Asco se le tenía a los gérmenes. Y cariño. Sí, pero no uno cualquiera. Demasiado poco había sucedido. Lo peor estaba por llegar. Y no era precisamente por emular las condiciones laborales  de países como Singapur, Hong Kong o las Coreas, que ya estaban unidas. Una licenciada en Económicas y Políticas por la Universidad de Essex lo adivinó sin ni saberlo. Los tiempos del odio no era lo más detestable. La gente quiso usar las bañeras de sus casas y no tenían tapones (los habían perdido, tirado), o lo que era peor, las habían sustituido en los años previos por mamparas y platos de ducha de mierda. Todos esos años dejándolas inservibles, o anuladas, con tanta vida de corrido de sus propietarios o inquilinos para acabar mirándolas y poco más.

Luego, ¿cómo proceder con todo ese cargamento de vino, cervezas y hasta leche semidesnatada? Los licores se los estaban echando por todas partes para desinfectarse generosamente, sobre todo con esa ´la mayor caída de la Bolsa´, algo plausible. Psiquiatras y psicólogos, que no estaban obligados a permanecer en sus casas, confinados, se fueron a tiempo. En todo el mundo interior y exterior. Otros, que como los farmacéuticos sabían de las reglas del juego. Al menos temporalmente. Con tanto distanciamiento social la gente echaba de menos un baño, con o sin agua, pero un baño, de la mejor manera posible.

Quienes habían vivido previamente alguna guerra fueron de los pocos que alumbraron esa posibilidad. Allí estaban, preparados para esos tres meses de parón. «Si el periodo agónico no es breve, debe realizarse una transferencia a un ambiente no intensivo». Eso recomendaban los especialistas: esos psiquiatras. Quienes lo intentaban con sus familias y ellos mismos. Los gobiernos tampoco habían previsto eso. Los gabinetes de crisis nunca pronosticaron que fueran tan importantes las bañeras. Grandes, medianas, pequeñas, con escalón, redondas, cuadrangulares, tipo SPA, etc. Sus sustitutos naturales eran los fregaderos. Muchísimo tiempo pasaron algunos en los mismos. Sobre todo donde había alguna ventana cerca, aunque fuera con vistas a un patio interior. La naturaleza de los asuntos lo requería. Era un sobrecogimiento global. En Marte, Plutón, Júpiter, La Tierra. Bien es cierto que no era metodológicamente razonable.

Y el Rey, antes o después se pareció a su padre: institucional y humanamente. Quizás fue su comparecencia más difícil, por ese todo. El Jefe del Estado y su familia, con la gratitud personificada en esa primera línea de defensa: las roomba y otras tantas máquinas aspiradoras medio autónomas. Por fin nadie les estorbó, uniéndose en torno a un mismo objetivo. Con serenidad, con confianza y también con decisión y energía, adaptándose a las indicaciones de las autoridades y expertos: «cuidado con el agua caliente; poca o mucha, quema». 

Era fácil decirlo, y también se sabía que no era nada fácil volver a la normalidad. Más temprano que tarde bajarían la guardia y saldría de esa palangana improvisada, recuperando la vida de convivencia en las calles, puestos de trabajo y comercios: otros pulsos, vitalidades, fuerzas. Una sociedad en pie frente a cualquier adversidad, paradójicamente arrumbada a ese pequeño espacio, por común y distinto. Los farmacéuticos siempre lo supieron. Aunque también hubo excepciones. Algunos profesionales apenas pudieron bañarse en una copa de vino. De lo que no habían dicho les pareció bien, a todos -borrachos o no-; y de lo que dijeron los gobiernos, siempre les gustó: unidad y conciencia. En el 2085 aún las farmacias seguían usando el celofán transparente para ponerse a hacer esos puzzles con la excusa de las recetas. Una especie de distopía que lustro tras lustro la hacían realidad, ordenándolas, con cada crisis pandémica. En ese sentido eran los únicos que no se aburrían singularmente. Otro tipo de madurez. Las reediciones de cromos nunca llegaron a esas pinceladas de realismo porque confundían y se perdían el sentido de la realidad. No bastaba solamente con la esperanza de pegar una etiqueta áquí o allá´, había que hacerlo difícil. Cinco años eran muy largos. La gente tenía que entretenerse leyendo códigos de barras en un esfuerzo de solidaridad y entrega, sobre todo con los más vulnerables. 

Era tan grande el enemigo, que los modelos ideológicos alternativos tampoco calcularon sustancialmente que todos los universitarios querían entrar a las facultades de farmacia, ya tuvieran una, dos o tres carreras a sus espaldas. Había tal convergencia de sensibilidades, que recapitular todo eso daba acompañamiento y simbolizaba y empatizaba con la causa de ese hilo común denominador de las preocupaciones de los ciudadanos: pasar el rato. No se podía pedir mucho menos, hubiese o no monarquías parlamentarias. En otros tantos países y planetas sucedía lo mismo. Esa preocupación. Ese sentir. Ese hilo conductor de los ciudadanos y de la política. 

El descontento titánico sobre ese particular empezó un 2020. Y otras tantas cosas. 

 

12
Mar

La importancia de verse (tonto)

Ahora que hay que ser obedientes y atender a lo que nos recomiendan -los especialistas- de cara a los virus,

no estaría de más leer un poquito y cuidar lo que se tiene, porque al final uno termina creyéndose lo que hace.

Y después, que todo pasa por piedras que haya en el camino -incluso sin ninguna razón en particular-, todavía más.

(Un tonto es el que hace tonterías)

PEBELTOR

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5
Mar

Capital del mundo -deseos humanos-

Hay un gran desconocimiento, difícilmente igualable. Nos centramos en conocer espacios naturales distintos y pasamos por alto esas otras cosas, que sin conformar el patrimonio natural tan extenso y rico, desde luego que obviamos de no conocer otras interpretaciones.

…un cuadro de sentimientos a quemarropa que ni en los exilios privados de libertad se pueden contener, u otras éticas. Sí, su sonrisa amable y etérea como si Dios viviera en ella son cosas que no se disuelven con las primeras trifulcas… A lo mejor es una mujer en busca de su palabra.

Inicio y final del capítulo El carácter primitivo, del libro de relatos Deseos Humanos

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27
Feb

La cara del revés

Le contó esa pena infinidad de veces, sobre todo cuando salían a cazar grafitis. Les ayudaba a sentirse mejor. Les hacía pensar que su hermana no había desperdiciado su vida al arrojarse, destinada a una cámara en ristre permanentemente, siendo alimentada y sondada con el menor ruido posible, salvo por ese respirador artificial y el facto del miedo.           

El general más mediático dirigía la defensa y los rescates, también la habitación de la hija del presidente. Tenían una comisaría instalada en el Centro y todo lo que comportaba. La música y ellos componían los ánimos descompuestos, amén del arte que aliviaba los trabajos y los males.

Extracto del capítulo Flores de abundancia, de la novela La frágil moral

-solo con una buena actitud no llegarás a ninguna parte-

(Disponible en Amazon: a buen juez, mejor testigo)

20
Feb

Uno deja que vuelva el tiempo que haga falta

Era de ese tipo de personas que se adelantaban a lo malo. Que sufría. Que sabía lo segundo mejor que le había sucedido en la vida. Andaba muy cerca de cumplir su sueño, y, sin embargo, saturado de trabajos varios, todo le era ese túnel. Como que enamorado, decir atontado era decir poco. Sentía el fuego, frío, de la ausencia. Una incandescencia de olvido y presencias. Un olvido que no era tal. Un dolor que sí era dolor, que lo maniataba y lo hacía pequeño y desordenada en sus ideas. Es más, no dejaba que sus sueños le persiguieran. Que sus trabajos fueran trabajos.  

No obstante, no perdía detalle. Podía llevar varias cosas al mismo tiempo, y en todas esculpía esa figura humana, y otras. Hasta oía un ruido y se asomaba. Veía una puerta que no abría y se acercaba. En un minuto le daba tiempo a observar un siglo y medio, pero siempre con gesto disimulado: creía. Y quieto, raramente quieto, como cuando uno crece y se hace mayor.

Tarde se percató que a sus mejillas le subía un rubor gustoso y dolorido, que la expresión de su rostro podía dar miedo y pena, que su cabello se aturdía, y que sus motivaciones se le escapaban. Que reír reía poco. Pero se percató. Hubo gente que hubiera roto todos los relojes con tal de detener ese estallido que sentía. Temblores y terremotos que sufría para sí. Otra cosa es que lo pudieran escuchar y tocar. Él era alguien que siempre soñó con un hogar medianamente cálido y empedrado, donde cabía una cama, la chimenea y poco más; que crecía y se hacía mayor, a quien nadie de pequeño le cogió la mano, y que no buscó más que una brecha en la rutina. Además, tenía una sordera aguda y eso que su oído era fino. Cada vez que se trataba de algo referido al amor, ya fuera de pareja o de familia (con quienes apenas trataba), los tímpanos se le achicaban y no entendía, flaqueándole todo, porque hasta perdía el equilibrio y el resto de los sentidos.

Al amparo de nuevos aires o los mismos siempre intentaba superarlo, pero nadie más que él lo sabía. Tarde, siempre tarde. Ni los médicos más jóvenes e ingenuos, con ganas de hacer méritos se atrevieron a diagnosticárselo. Por supuesto, los eruditos maestros menos aún. Lo que le recetaban eran pastillas para la alergia. Una simple locura que le restaba el brillo de la mirada, no más, y lo entorpecía. Todo, de manera igualitaria con las épocas, como si ese siglo y medio fuera o fuese una permanente primavera a la que llorar… pero esa es otra historia.

Ese hombre, aquellos tantos días de soledad, no tuvo otra ocurrencia que irse a un túnel, a la espalda de la entrada de un parque. Se le pasaban los años. Y se llevó un trozo de bambú. Cariñosamente lo empezó a regar, por aquello de la cultura ventajista del estar entretenido y hacer algo diferente, por pequeño que fuera. Tal vez fuera esa la influencia de los malos modos y la generalizada agresividad de las redes sociales o tantos fraudes, extorsiones y sospechas varias. Pero sí, regar ese trozo fue la devoción de un hombre común, por distinto. Quien tenía unos ojos tan grandes como las heridas de sus manos, que se hacía sin saber. Ojos para ver, y para rozar las caricias invisibles de las gentes. Observar, lo observaba todo, y lo traducía a su lenguaje. Al tiempo le confesó que lo único que veía eran discusiones. Pero fue al tiempo. Inmerso en su desgobierno. Y, aunque fuera en sus pesadillas, aquel bambú lo regaba, día y noche, buscando ese latido que al menos le hablara en su lenguaje. El caso es que había perdido su destreza. Ya ni las plantas le respondían. Tiempo atrás hasta las esculturas o las pinturas. Una cosa sinigual… Pero un día, en la calma de ese caótico lugar de una sola luz, dos entradas y una honda vulnerabilidad, desde luego que se le torció el gesto y entrecortó la respiración. Supo que había llegado allí donde nadie era capaz. No él, su bambú. Había trepado unos treinta metros para abrirse hueco, como que, desgañitándose hacia el apremio de todo ese hormigón, reventándolo secamente e hilándose. Había perdido lo poco que le ilusionaba: verle crecer. De tanto quererlo ni supo de su germinación y destallo, contrariamente. Mirar y mirar una y otra vez al suelo, para no caerse y llevarle agua, le impidió ver cualquier otra cosa que no fuera el pequeñito alcorque que le hizo a la planta. 

Rabioso se agarró las manos y estaban frías, el tallo endurecido de la propia planta lo repelía. Como que le gritaba. Además, toda esa soledad interrumpida reivindicó a un animal dormido. Quizás un murciélago. Y cayó sin darse cuenta, golpeándose. Parecía un boceto, como que, careciendo de vista, entornados los ojos. Una larga mesa de madera tendría más vida, acción y color. Aun con esas, el color del delirio todavía estaba latiendo. Recordó entonces un gesto recurrente. No era un mechón, quizás un beso raro en los lóbulos de las orejas. Una ausencia aplastada en sus entrañas, que le salía de dentro y de fuera. Barrido por el suelo, aún confundía el verde con el azul, o el azul con el verde. Y sintió llover. Un anhelo reconfortante y laberíntico. Suspirando levemente. Posiblemente una invención, fruto de esa autodefensa por no poder mirar a todos los rincones, nerviosamente. Y su abuela, y su madre, y otras tantas voces cruzadas más lo embobalicado que estuvo aquella vez que sintió el amor de una guapa mujer, la que no le dejaba tocar su pelo y le ponía los ojos ámbar, teniéndolo hechizado con esa solemnidad del no haber mayor causa para llorar que el no poder llorar, cuya frase una vez se tatuó al uso tras ese regalo especial, rezumando adolescencia: mejor que nada mejore.

Con cierto asombro, lejos de imaginarios, uno que pasó y se detuvo, cívicamente, lo primero que hizo fue protegerse, antes de buscar la señal de su teléfono. Aquel hombre tendido murmuraba algo, echando espuma por la boca. Lo cierto es que no se sabe cómo se entendieron y le acercó un cuaderno, para que así se pudiera calmar y marchar del todo: pues se quedó solo. Temiéndose lo peor, con la soga de la felicidad atirantándole, pues le dolía todo, especialmente el cuello y la espalda, malhumorado a veces, e inexpresivo en otras, solo con la media vista, obstinado y en algo entusiasta, pudo redactar: uno deja que vuelva el tiempo que haga falta. Abogando por tantos imposibles, y el bambú a lo suyo, grande, norteño, ni mirando al margen del cuaderno de notas con su sombra llameante de ese mal respirar. Era la danza de la realidad, cuales juicios de valor. Ni siquiera cerrando los ojos adrede, ser millonario le fue más complejo que volver a tener todo aquello que perdió, pero cómo decir lo que no se podía decir. Por suerte, los coches aún no eran autónomos y no sabían de esas fronteras del conocimiento del esquivar a un herido. «Dar gracias por lo bueno, por vivir en el primer mundo, por tener salud» compungió una conductora, concatenando más si cabe la presencia de la ambulancia que se atisbaba, fruto de aquel primer barón rampante que lo socorrió, alguien que superó haber nacido en la cuna equivocada, sabedor que todos los sueños se terminan al despertar.

Fuera del túnel: nadie era más odiado que quien decía la verdad, salvo cuando el decálogo de la lluvia ponía cada gota en su sitio. Una que lo definió una vez con una sola palabra, algo sintió, y sola se le fueron las manos al pelo, cabellos canos por rubios, y lóbulos en los que perderse las memorias, adornados de verdes y azules ennegrecidos, que ya sí, en su crepúsculo vital, se descalzaba nada más llegar a su pisito para ponerse las zapatillas, tirando de aquel guión que tanto desdeñó, y clave de triste final, como todos enamoramientos, ni borrachos perdidos. De una de esas macetas salió aquel curioso tronco. Bambú minino que se encontró en el arrabal de un contenedor de basura, dejado por la hija de aquella primera limpiadora, con quien tanto cuchicheaba la que siempre volvió locos a todos, dueña y señora. Un mal querer que le hizo sentarse en una de tantas sillas, de esas casi transparentes en mitad del vahído por tocarse el pelo, dejando de tocar el piano e intentando olerle, cosa que no hubo manera. La prestancia, el porte y la sobriedad aún la conservaba, perfecta; también con ese lado amenazante que no hija de perra, de alguien que podía hacer cualquier cosa: querer y odiar. A su edad ya no intentaba casarse con nadie, o sostener inquietas convivencias. Solo eso, tocar el piano, meditabunda. Tenía unas manos que prácticamente hablaban: fuego y palabra. Y ojos aviesos de tanto dormir sola, maquillados unos días sí y otros también, con tal de no dar explicaciones, como si todas las noches y sus días le fueran indiferentes, muy lejos de cuando el cine todavía era mudo. Mirando a sus persianas con una tristeza dignísima; de nostalgia, de esa única distracción. Otra forma de sonoridad, yemas sobre yemas, escorada. Todo un guiño haciéndose grande. «Quiere ser la más guapa vista por ti. Quiero que me mimes como a una niña pequeña», recordó. Y el estigma del «¿Cuántas veces una mujer puede ser violada aun por aquellos que deberían defenderla?». Igual existían los héroes. Añorar, la banda sonora ideal para la tristeza, un sonido que tocaba el alma: de dos pensamientos en uno mirándose con veneración y esa suerte de incredulidad de la sangre de las promesas. 

Más allá del mutismo imperó la envidia a falta del puro desgarro y el puro erotismo de la expresividad de las gatas negras. Hasta llovió hacia arriba. Lo que no se podía fingir era la felicidad. 

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