El carácter propiamente italiano vertebraba desde la raíz más profunda. El señor Meucci también. Otro que había releído la novela de toda una vida (El doctor Zhivago). Veía el futuro con tanta claridad como si lo hubiera detenido, y se hacía a los funerales a destiempo. La belleza extrema de esas capitulaciones dejaba sin aliento. Porque Pompeya era mucha Pompeya. Ni Roma había podido con ella. Bebían mucho y tenían relaciones sexuales, pero se les hacía caso a los de esa región. Estudios comparados les daban la razón: “Tienen menos probabilidades de estar solos, deprimidos y tener ataques de pánico; apenas hay asma, obesidad, presión arterial alta, úlceras gástricas, dolores de cabeza por migraña. Usan menos medicina”.
Fragmento del libro La importancia de verse
–en curso- (PEBELTOR)
Peter sabía que poniendo una caracola en la oreja oiría el sonido del mar, un silencio que guardaba en su interior a modo de murmullo fluctuante como las olas que siempre iban y venían. Un aire que vibraba, que no sonaba a perturbación, sí a un intervalo muy definido de frecuencias audibles: resonancias semicerradas, de aquellos recuerdos.
Y todo en esa cárcel sin barrotes, incluyendo el aire que le fluía, cual oclusión de las conchas marinas y caracolas ribeteadas de sal, arena y ocres que habría recogido y pisado de niño con mares en calma y océanos no tanto.
Olas, viento y caracolas no escuchó Peter esa noche. Ni su latir o el insuflar de sus pulmones. Esa noche todo le era una idea mitológica, una mentira popular y un cuento ancestral. Tenía su propia caja de resonancia, que no era precisamente la luna rosada de abril, tan grande y hermosa como le vendieron. La forma irregular de las caracolas la halló por entre las sábanas y el nórdico. Relleno que meses atrás cambió buscando poder oírse la sangre a través de sus venas y las de esa mujer, señorita que tenía su propia naturaleza. Lo que sí vio fueron caras, como que en las nubes o en los autos, y en las calles. Conchas y caracolas de mar con diferentes tamaños y colores, pero caras. Así le fue la belleza natural y sus caprichosas formas y tonos: la ciencia cotidiana que lo rodeaba. Un padre que se fue, animales que transitaban aun cuando los había enterrado disfrutado y sufrido décadas antes, plantas que crecían sin par y hasta esa amiga que no lo era.
Con ella se quiso velar la luna, intentándolo. Las arrugas pasaron a molestarle, el relleno a incomodarle y la almohada a estorbarle. Y no estaba, ni se la esperaba. Peter sabía que estaba solo en lontananza de ese hálito de sueño tan suyo a pesar de que le fueron sucediendo las horas en la madrugada, hasta que llegó el amanecer. Con naranjas difuminados y grises persistentes. También gentes. Desde bien temprano la gente se había echado a la calle, ya no aguantaban más el confinamiento. El parquecito al que daba la ventana de su casa reunía a personas con y sin mascarillas, guantes o merenderas para afrontar todo ese día. Los unos eran trabajadores, otros transeúntes. Personas que se habían hartado de estar en casa y aprovechaban esas horas que no eran horas para andar y saludarse, a poco, pero haciéndolo. Los coches de policía no les advertían, aún era pronto para las patrullas, pues la imagen no era imagen, ellos también eran vecinos y dolor. Dolor del estar muy solo, del necesitar compañía y del verse sitiado sin ni haber hecho nada malo. Los abrazos de la radio no a todos les contentaba, o el sexo animal con el que algunos se construían espantapájaros dándole la bienvenida al día enlazando horas y horas.
Más Peter no pudo ni con esas perfeccionar la quietud. La vida no le había revelado mayor belleza que la salud. Por no tener no tenía ni enfermedad con la poder salir de su casa e ingresarse o andar a la farmacia a por pastillas o algún termómetro de esos tan codiciados. Para mayor honra, era esencial y no lo era. Trabajar trabajaba cada día de esos. Un sobrio condimento que le empezaba a sobrar, tan extraño como que solamente le servía para alimentarse, tal que le hubieran enseñado a amarlo y luego le pusieran a prueba día sí día también con tonterías. En fin, que vio el futuro con tanta claridad como si lo hubiera detenido.
Fue entonces cuando ese pedazo de bestia tuvo motivos para estar contento. No amar le pareció casi un homicidio, y no tenía fuerzas para inferir golpe a nadie. Los gimnasios estaban cerrados y no se podía salir a correr y desfogarse. Poesía era solamente lo común, lo mortal: eso que no podía tener. Tal fue su deber en la desgracia que habiendo estado constantemente sometido a recuerdos en esa noche tan corta y larga que supo que el don del amor venía a ser lo mismo que cualquier otro don. Que podía ser tan grande como quisiera. Que si no se complicaba la vida de un modo tan descubierto no tendría nada que contar más allá y entonces sí que moriría de aburrimiento.
Alas no tenía para volar; y las nubes le quedaban altas. Los pajarillos ya habían cantado todo, estaban dentro de sí mismos, aseándose en su electricidad animal en pos del porvenir del resto del día. Luego su corazón estaba girado y gratuito, como el de todos los museos que no recibían a nadie y lo tenían todo. Aguacate, chía, kiwis, trigo, harina, levadura, lentejas, quinoa, manzanas y demás leería en la lista de la compra, la lista de los llamados superalimentos podía serle interminable y crecer por momentos. Todos los días podría llenar y vaciar la despensa en ese mundo occidentalizado, y no por ello tenía milagro o era más interesante. La economía de la salud también era esa, aparte de las bolsas de los ahorros, como que saber del tiempo que hacía en Papúa Nueva Guinea, como si le importase a él y al resto de la notable audiencia interestelar. Que eso era el planeta: un permanente escenario a punto de empezar a filmar, con los de la salud cardiovascular a punto de reventar y en otro lado los del sistema inmunitario, poco menos. Nadie hablaba en realidad de polifenoles u otros menesteres. Se aplaudía y se hacía ruido cuando se decía o parecía, que también los había quienes asomados al balcón daban ganas de mandarlos a lugares nunca conocidos.
Ahora bien, ¿qué tenía esa mujer con la que se sentía solo y más solo que solo? ¿Acaso era el lado femenino del mal?, ¿tuvo un pasado de guardiana nazi? No fue una noche de besos ni un despertar de película. Sí una mezcla de divino sexo y sucia religión, de miseria y cochambre, de pretender ser nómada y no tener mayor espacio infinito que la propia cama. Echó de menos hasta echarla de menos por tenerla en otra ciudad y no poder verla. Sin embargo, no parecía un personaje desesperado de esos capaz de coger los cuchillos de la cocina en plan catanas, descamisarse y llamar a la policía para que lo detuvieran y grabaran dándose a conocer en plena avenida, o de los de la tendencia pija de ponerse a pinchar éxitos de los 90 en plan influencers. Su estilo solo era descuidado porque le pilló a traspiés el cierre de las peluquerías, como a todos los españoles (algunas se habían hecho tachuelas en vez de jirones y desteñidos de tanto que estaban estudiando con sus hijos). Tampoco es que fuera de esos de anudarse el jersey al hombro o cruzárselo por el frente con pantalones de cuadros a media pierna asomando el doble cuello estirado. Su complemento es que no dejaba de pensar y ver a esa perla que no tenía, reinventarse y poder ser de nuevo un niño, aunque fuera de pequeño tamaño. En definitiva, tener luminosidad en la cara.
Se había sugerido, o las conchas y caracolas (que podían ser muy putas), olvidarse de esa perla, o en su defecto tratarla como a una abuela, interesándose por la salud y dejándole la tutela y cuidado a otros congéneres. Idea que no le fue muy perenne en la noche y esa parte del día, que ya era. Ese tipo no era de zapatos de puntera, cuando se ponía mocasines sabía lo que se ponía y para qué, no necesitaba fingir, capaz de llevar boina, rebeca, zapatos Oxford o cuello de bobo. Aun así, tenía muchas dudas, si no la quería dejar pasar y tampoco la tenía ¿cómo es que sufría y se iba descacharrando? ¿Tanto daño le estaba haciendo la comida de supervivencia que se practicaba? No pedía la favorita del harén de ese prostíbulo modernista en el que se había convertido toda ciudad capital de provincias. Menos aún a la que limpiaba las gárgolas de los castillos, con todo respeto a las mismas, que por viejas ya no le ponían. Se veía inmerso en regentar su propio burdel, donde solo había una. Alguien que fumaba, alguien que podía darse al tráfico de armas y alguien que solo podría buscar venganza por ese último año.
Un año que le había dejado en poco más de metro y medio y una edad mayor de la que tenía, cuando medía más y vivía menos, todo, por el corrosivo y aderezado malhumor de los días y los trabajos, así como esa acuciante necesidad que uno y otro obviaron, extremadamente crueles y gilipollas. La velocidad de un disparo no les hubiera venido mal, así, al menos, recordarían que hubo un entonces. Sí, con sangre de liebre, pero un entonces, por bohemios y despachados que estuvieran o hubieran estado. Casarse no pidió ninguno; juergas no habían tenido; los relojes siguieron dando todas las horas. ¿Entonces? ¿A qué se debía esa espiral de pasiones?, la avaricia de la fortuna y la moneda del sexo le resonaba a él mucho, pero es que nunca las había llegado a tener; sí, ansiaba todo eso, más por virgen y pobre que por otra cosa. Era en sí la melancolía de un hombre pájaro, de esos que se despertaban, salían, y ya iban con todo hecho para hacerlo, sin saber vivir ni disfrutar de más, porque no dejaban de ser pajarillos en su naturaleza humana. No obstante, los viejos seductores siempre mentían, y uno de esos del parquecito, de los que hablando pareciera que gritaba auspiciado por el incesante silencio de la urbe tuvo unas palabras ciertamente inolvidables:
-¿Y si todo volviera a empezar?
El desfile de esos malditos que le hacían grupo en toda esa distancia social dejó sus herencias colaterales. No fue algo baladí lo que dijo el anciano. Los tipos duros nunca leyeron poesía. Si bien, esa frase y pregunta la podría haber dicho un octogenario y una modelo de lencería. Brasileña para más inri.
-Muy bien, ¡maravilloso! -pensó uno, cagándose en su puta vida. Otra vez que le tocaría enterrar a su mujer.
Extraños encuentros de esos los hubo, que todos eran personas. Nadie era del engaño de la alta sociedad neoyorkina. Hasta uno que podía ser mendigo dudó. Ya todos los países eran pobres, no solo los mal llamados de Sudamérica, India y las Áfricas. Es que ni le dejarían salir del país con tantas mismas fronteras.
-¿Es un proyecto que tiene un propósito? -preguntó el celador del centro de salud, uno que llevaba décadas trabajando en ese sitio y que esos días surgió como tantos otros de la invisibilidad y era preguntado e invitado a los corros mañaneros con agrado- ¿y tiene otros proyectos en la manga? -añadió.
Como si tuviera dieciocho mil seguidores en las redes se lo pensó el anciano antes de responder, en su mayoría podría haber tenido mujeres de todas las edades.
-¿No tengas miedo a arriesgar?, ¿quién te dice que no puedes? -le picó su vecino del alma.
-Fue hace poco que percibí que ya no tengo 33, ni 43 ni 53 -no siguió por vergüenza, medio bromeando consigo mismo.
Era apenas el comienzo de una vida consagrada a la moda para algunas que acudían puntuales a las consultas y menesteres, con mascarillas de diseño, en ese camino de casa al trabajo y viceversa, que los turnos eran dobles y varios. Pero sobre todo a las que se veía, siempre, eran a ellas. Algunas confundidas no solo por los abriles de la primavera sino también por la puta manía del salir de casa sin apenas desayunar más que un vaso de agua caliente con limón. Una, hasta pudo haberse casado dos veces y tener sendos hijos de lo que se miró en el espejo retrovisor del interior del su coche y en el mismo exterior, habiendo aparcado con ese interés, al albor de los días, unas veces tan al milímetro que no había por dónde salir y otras en las que podrían caber cinco nietos y cinco nietas de cualquiera del espacio que necesitaban. Pero que decir tenía la mujercita, que la vida de jubilada no combinaba con ella, era de esas de la era Peter Pan, moviéndose con agilidad tras haber vuelto a hacer deporte o empezado al cumplir la medianía, aunque gracias a Dios en esos días no tenía que hacer gimnasia en mallas a las tantas de la tarde-noche como tantas otras, cuando iban todos los tíos al gimnasio, puesto que tenían clases online solo para ellas (también las tres día de pilates a la semana que tan bien les hacían a sus almas) con el mascarón de proa de sus entrenadores personales como sello catedralicio.
En el catálogo de todos esos sexagenarios como poco que la miraron, a ella y a otras tantas, además de esas memorias solemnes con las que comentar luego en la farmacia, otro ejercicio de inteligencia humana ir varias veces al día, el pequeño anciano que se preguntó si volvería un año atrás lo menos ya estaba con otras mofas, poniendo a parir al gobierno de turno por los resultados económicos o alucinando por la cantidad de perros y que ninguno cagara a esas horas, cosa que antaño sucedía sí o sí, y es que los canes no tenían ya ni pis para mear, prefiriendo ser saltamontes verdes que mascotas. Sus amigos dieron por descontado que ese viejo no duraría más de dos años. Alguno aprovechó hasta para estrecharle la mano, cosa que no se podía hacer. Siete se quedaron a buen recaudo por mor de sus nietas, hijas y esposas, que ganas tenían de darse un abrazo o cagarse en su puta madre, cuales lagartijeras comentándolo todo y nada.
Los nuevos tiempos eran esos, volver a salir a la calle sin que te dejaran, como de niños traviesos, con la excusa de ir a por el pan a la vuelta, si acaso. Pero la vida mentirosa de los adultos no se quedó ahí. Peter, de camino al trabajo tuvo la idea de pasarse por el piso de esa perla con la que había estado soñando, por mucho que parte de su condición de hombre -hecho y derecho- le impidiera ignorar lo que le rodeaba. En el primer semáforo le resonó todavía la frase del celador: “No creo que esta crisis nos haga mejores personas”. Hacia el segundo el comentario de uno que comentó que su nieta le hacía trenzas en la barba. Y la mejor ruptura y falsedad de los sentires y cansancios ajenos la tuvo cuando de frente se halló con todo bajado:
-¡Quién fuera pobre y no tuviera ni deseos! -se dijo, parapetado en el tercer semáforo, uno en rojo, espiándole el muñequito verde del ceder el paso y el tictac, que también había adelgazado con la pandemia de las narices, o quizás hubiera sido fruto del temperamento artístico de algunos de esos chavales ociosos que lo iban a aprobar todo pasando de curso.
La primera y única mujer que no había visto llorar nunca tenía todo echado. De ese edificio de innumerables pisos, solo ella, toda ella, tenía arriostradas las persianas hasta el mismísimo suelo con los ventanales cerrados de par en par, como si no hubiera más vida dentro que la oscuridad.
“Una niñata con fortuna”, pensó de mal modo, extrañándola. “Los hijos se alejan de sus padres, y eso está bien”, fue otra cuestión que se le pasó por la cabeza a Peter, necesitado de huir. Hasta la propia altivez de ella, en la última conversación conocida, le dolió más que nunca. El caso es que no pudo ni quiso ser despiadado. En cuanto que pudo giró, aparcó y se fue a su trabajo. No era la obra de Dios lo que estaba en juego sino la propia existencia, por eso, a su término, volvió a su casa y se quitó los guantes, se zafó de la mascarilla y se pertrechó con la razón incorpórea de la caracola más a mano, esperando, como todos, algo excepcional que les llegase a sus oídos, pues se la cambiaba de uno a otro, como queriéndole sacar todo el jugo.
Afuera, en los actos públicos, que todo lo era, todavía algunos hablaban sobre la responsabilidad de las mujeres; mientras que en los noticiarios seguían haciendo bueno a Churchill, ese al que le gustaban tanto las estadísticas, porque torturadas confesaban lo que hiciera falta.
Con conchas marinas también probó; y con el paquete de avena que se había acostumbrado a echarle a muchas de las comidas. ¡Cualquier cosa que le pudiera dar consistencia, volumen o cuerpo! Seguía solo y no quería. Se pinchó en el dedo adrede y vio cómo la sangre cayó, brotándole por entre la piel y sus huellas. Sangre más roja que los labios. Y no contento se cortó un mechón de pelo, pelo negro como el ébano que no era, más así lo sintió o quiso. No teniendo más disfraces, hitos ni ocurrencias volvió a la caracola, por si se apiadaba la misma. “Si todo volviera a empezar”, pensó, teniéndola en uno de sus oídos, ya más quieta que antes: “la de aventuras que tendría”. Ese y no otro fue su juego de la lógica.
La euforia ininterrumpida le llegó al día siguiente cuando se escabulló del confinamiento, saltándoselo, y se puso a charlar con aquella gente del parquecito desde bien temprano. En pocas horas o en pocos días transformaron el viejo orden: la gente necesitaba alteraciones para olvidar la zozobra de las últimas semanas. Más en esa patria privada donde moraba la identidad y la dignidad de cada cual, y que en todas las revoluciones se llevan siempre de encuentro, quien más razón tenía era el jodido celador, con esa inconsistencia tranquila del haberlo visto todo en esos días y otros tantos, en una perpetua vacilación e indefinición permanente de los restantes:
-Iros a vuestra puta casa; de veras. Ya habéis tomado el aire, resguardaros ya -todo con un estoicismo de saber algo más.
Por alusiones trémulas, mediante significativos silencios disolvieron el grupo, con la incertidumbre sobre su suerte. De haber tenido puesto un uniforme de policía seguramente no le hubieran hecho caso ninguno, enfrentándose, incluso. Sin embargo, ese temple empobrecido y enérgico de su carácter asistencial convenció.
Quien sí se quedó en la perpetua vacilación fue precisamente el sanitario, sobre todo porque le tocaba acarrear con la amarga tortura del tener que trasladar a alguien, alguien que ni la fe rectilínea se atrevía a purgar los pecados. “¿Y si todo volviera a empezar?”, se preguntó de manera muy lateral; un hombre común, sin cualidades excepcionales, básicamente decente. Se le morían sus actores: los que le decían que tenían cita con el doctor cuando no la tenían; los que le hablaban de la actualidad social y el acontecer político como que haciéndole en sus colas el momento más ameno por si les podía adelantar los frascos de las muestras o llamar a la enfermera/o de turno; los que aparcaban indebidamente en la zona reservada al personal sanitario y casi que le escupían por llamarles la atención y obligarles a estacionar de nuevo, fuera; o todas esas madres que con un espíritu inquisitorial exacerbado le chillaban cuando esperaban que alguien atendiera a sus hijos; por no decir de la espiritualidad humana y soberbia que debía de aguantar (tanto él como el resto de personal de servicios y auxiliares de mierda) de todo el resto del escalafón sanitario. El cigarro, poco a poco fue su serenidad, y eso que no debía, así como ver a los pájaros acicalarse, otros que hacían que el mundo tuviera sensatez pasase lo que pasase, fuesen o no escuchados, increpados o inadvertidos en esa ambición totalizadora.
A pesar de ello, ensimismados y brutalistas, los restantes de ese grupo, ya en sus casas o en la panadería prosiguieron con sus guerras napoleónicas. Unos con la recreación épica de las cifras de muertos, contagiados y curados, y otros tantos con algo más de envergadura y audacia. Peter, calladamente, escribió lo que sentía con la caracola a su lado, por si le oía, mezclando sufrimiento, goce, generosidad y crueldad, con leves alusiones a los pájaros en la cabeza: «Lo mismo me equivoqué de piso, de calle, de ciudad, de tiempo, de profesión«, empezó su redacción.
Quizás fuera porque en esos sitios se olía a persona mayor las veces que los dispensadores no echaban todas las fragancias, que eran muchas, los edificios sabían a arce y también a cedro. Las asistentas de Rose no eran solo carne para esas horas que no eran horas. En una bandeja les servían, pacientes y generosas, gruesos caramelos color púrpura hechos a mano, y un sinfín de olores que degustar. Esa era su afición, además de las novelas de serie negra. Eran de melocotón o de macedonia de frutas, sin nada de azúcar ni nada de mantequillas ni especias de metales oxidados. Eran cuasi naturales. No empalagaban. Restaban las vocecitas esas de las cabezas que impedían expresarse, acongojadas. Más bien, fragancias infantiles, o de uso diario. Ya era complicado ir al médico como luego encontrar los perfumes con tanto frío, en los Estados Unidos de América y sus distintas muertes. Porque Montreal, estaba y no estaba. Era más fácil domesticar un río que permitirse pasar a un sitio de esos y que no se te pusiera la lengua larga y seca, malamente áspera, o, todo lo contrario, húmeda, tontorrona y largar de más sobre si Canadá, era canadiense o estadounidense. Algunos como que volaban y descendían. La construcción de los relatos tenía una tónica común: Una amiga, o bien Un amigo, y luego las referencias obligadas a pedir historicidades sin receta mezclando la prosa con tiempos y lugares irreconocibles en un mundo dotado, al propio tiempo, de una veracidad honda y una dignidad ejemplar por el atrevimiento en los sofocos y esa exposición al sojuzgamiento de Norteamérica.
Para los policías que pasaban a saludarlas les daban los de frambuesa. Todos los días alguno debía pasar por la agencia, antes de cerrar la redacción. Alice les decía siempre muchas cosas. Rose lo típico: hay mucho que hacer. No había muebles, solo rincones encarecidamente revestidos de papeles. Un formato muy propio, hecho a medida para los lineales. De haber una riada, mejor chapotear en el agua sucia que ponerse a recoger, pues se precisarían semanas y semanas para tirarlo todo a la mierda. Una triste gracia. De noche, las lámparas de mesilla daban más miedo. Al igual que en las habitaciones de hospital de bien, buscaban esa cercanía de las salitas de estar. Las abuelas entraban con los labios apretados cuando querían denunciar algo: tenían contratado un servicio social (La noche del diálogo). Y la gente bien que lo sabía. Hablar por hablar podía llegar a ser más sanguinolento, virulento y adictivo que el peor de los fármacos.
-No es asunto nuestro pedir cuentas a nadie- creyeron siempre desde la dirección -pero mienten, o los controlamos o acabaremos inertes, sin tiempo, en un cubo de basura- vislumbraron lejanamente años a, por ricas y pobres, vehementes y pautadas, con un oído infalible, y tiempo. Mucho tiempo.
En la Montreal más europeísta, a diferencia del estado de Maryland, había tiempo para todo lo miserable, fraudulento y fantasmagórico, quizás, por su imagen de buena ciudad y esa singularidad de tan a medio camino.
Hablar en las farmacias tenía su precio. Moralidades, infancias, confesiones. Todo se grababa en ese trasunto mecánico de seres reales. Humanidad y universalidad. El gobierno canadiense tomaba sus medidas de salvaguarda. A partir de ahí, había tantas estrellas en primavera como gentes dispuestas a hablar mucho antes que llegar a casa. De no ser por los inmaculados medicamentos las gentes no podrían apartar las vistas del suelo, serían gelatinas en una suerte de descomposición e imágenes aisladas. Los seres humanos, y sus cuatro, cinco o seis litros de sangre (que algunos de Montreal la tenían), habían de aferrarse a todos los sueños. Para etiquetar los diálogos y todas esas atenciones primarias, de inicio intervenían los detectives. Muchos, como excusa, tenían casas apartadas en los grandes lagos; algunos, hasta hidroaviones. A veces de imposible o muy difícil localización, porque se perdían adrede dado lo incierto de su oficio, mirando cada vez con más escepticismo los presuntos objetivos y a sus convecinos. Se pagaba bien, al cuerpo policial. Con los años, esa pensión de jubilación más las horas a sueldo, permitía vivir de lujo, apartándose del mundanal ruido.
En camas de 1,50 se metían sin hacer daño. También estaban espiados, tanto o más que los chicos de dieciséis años y menos. Se sabía hasta del olor de las sábanas de los que compartían experiencias y vitalidades. No había reglas mediocres, todo era una pavorosa regla: la imponderable decencia. Rigideces y atrevimientos que mullían todas las huellas habidas y por haber. Los únicos que se libraban de algo eran los nadadores. El olor a cloro costaba sacarla, y las piscinas resbalaban en todas las estaciones. Pagaban, los detectives, a los chicos de buenas notas para saber de los equipos de natación. Y no los creían peligrosos, peores eran las de las melenas preciosas. En los lavabos mascullaban entre dientes.
Fragmento del libro China y su entorno
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¿Se escribe más o menos en un estado de alarma?, ¿cobran mayor sentido las historias? ¿Supera de veras la realidad a la ficción?, ¿es un servicio mínimo o esencial, escribir? ¿Cambiará la percepción del mundo conocido el Covid-19?
Por orden. Como escritor, decir que me cogió el estado de alarma con un libro recién empezado. Se llama La importancia de verse. Y estoy en ello, procurando aislarme de tantas noticias, que vienen a ser todas la misma. Y como tal, uno, al escribir da rienda suelta a una o varias historias, confinado o no. Ese libro iba a ser una novela romántica, situado en los arrabales de la Pompeya italiana. Solo romántica. Ahora bien, el arlequín de ese bicho otorga más vergüenzas, por lo que tan pronto busco el celo de los protagonistas como que les sumo todas esas preguntas y ese mundo de los contratistas hospitalarios o la desidia y mala gestión de la Administración Pública. En esa Italia todo es posible, de hecho, hasta se han invertido los tópicos, porque son más obedientes las gentes del sur que las del norte, disciplinados en sus casas y oficios. Pero no, no se escribe más ni mejor: los días siguen teniendo veinticuatro horas, y todo esto pasará.
Tampoco es que cambie la percepción del mundo. En el mundo sigue habiendo personas con discapacidad, gilipollas y a quienes la emoción les puede. Un escritor, en sí mismo es alguien aislado y conectado. Que observa y que pone voces. Se suele ser alguien sin cualidades excepcionales, básicamente decente y de instintos sanos al que le puede gustar pasear, comer, reír o estar en forma, por ejemplo. Y que carece de aptitud y vocación para la grandeza. De ahí que toda su fuerza transformadora y destructiva la canalice en las letras, aplastando sin misericordia a los políticos o a quienes haga falta, modelando con brutalidad e imponiendo una moral a sus personajes. Una moral sin una psicología en concreto, y con todas. Lo que viene a ser una estupidez de dimensiones patológicas, que es lo que tenemos con la pandemia actual.
¿Nos merecemos estar encarcelados por un microbio? Un microbio que enriquece la vida y endiosa a las buenas parejas… Pues algo tendrá de goce, de generosidad y de crueldad cuando todavía la gente no sale a la calle armada con un palo o con reliquias de santos dando rienda suelta a sus alegorías. ¿Y lo de descubrir al vecino?, ¿o que las pistas de hielo pasen a ser morgues? Pues no sé, cada cosa a su tiempo.
Pero sí, con o sin alarma y de principio a fin, escribir es desafiar la condición propia. Mover primero en el tablero que nos da la vida. Nadie hace la historia, la historia que no se ve, tanto como que no se ve crecer la hierba; y crece. Obviarlo sería un aparente conformismo.
Se escribe por el amor desgarrado, por justicia social, por no ser simplista, etc. No hace falta una significación ética o darse a la fe rectilínea. Los textos son como los microbios, cada cual con su excitación y urgencia, con su carga de dosis letal. Otros apocalipsis en la ilimitada geografía de la tierra y las mentes, que como todo se debe a la imaginación, al sufrimiento y a los caracteres rebeldes, enérgicos o medio templados buscando maneras de vivir.
Y lo mejor: ¿supera la realidad a la ficción?… No tanto como usted cree. Y usted, ¿no se la ha jugado nunca a sus principios? Básicamente es eso lo que está sucediendo con el Covid-19. Pareciera que ahora los principios no son fundamentales, más al día siguiente, cuando todos volvamos a vernos volverán las prisas, los daños de siempre y los pulsos de las ciudades. ¿Viviremos cantando entonces?, ¿tendremos un grado de felicidad más elevado?… NO. No habrá una solución pausada, racional, pero sí que ayudará haber sido -todos- niños pequeños simpáticos o habernos besado en silencio.
¿Cambiarán las prioridades, al menos? Me reafirmo en mi idea de que somos sentimientos, solo eso. Luego, no. Quizás enderezaremos un poco la cabeza, tendremos la mirada clara, pestañearemos más veces o sintamos punzadas de dolor en las retinas al mojarnos la lluvia.
Lo bueno. Que para algunos los labios tendrán un ardor desconocido. Es más, el hombre tiene una pésima memoria para las cosas que arañan. Nicoletta en sí misma seguirá siendo un misterio. Se conocieron hace décadas, Fabrizio y Nicoletta, que es en la propia infancia y juventud cuando se forman los recuerdos. Apenas en la alarma se habrán saludado un par de veces.
Fabrizio, en cualquier caso, seguirá llevando un pañuelo de tela blanco en el bolsillo izquierdo, para en el otro, quizás dejar espacio a un cariño ingenuo. Aunque lo mismo lo sacrificaría por el bienestar económico: que será la otra guerra, acomodados al fin en un mismo piano emocional.
Consecuentemente, lo esencial, lo mínimo: el amor.
Para poder ver la newsletter pinche en el siguiente enlace: Newsletter Marzo 2020
Nadie es más esclavo que quien falsamente cree ser libre. Así es la obra: Mary McCarthy, donde no se sabe si perdonar sería la palabra adecuada, pues las historias no cambian las ideas.
Las horas que necesita la locura de la ciudad de Manchester y la complicidad a través del tiempo hacen que algún que otro personaje nunca haya tenido dieciocho años porque estaba trabajando; y no tiene reparo alguno en confesar que lloró mucho. Con ternura, pero con crudeza; y una joven con una sensibilidad especial que nos brinda ese enlace truncado que nos permite reponernos de las heridas causadas a través de la reflexión y la melancolía conforme avanza el texto, sutil y perturbadora. Otra manera de apreciar todos esos días quietos de los seres viajeros.
Mary está en Manchester, justo en la trastienda de una apreciadísima biblioteca, y donde se explica el por qué los hombres blancos enfurecidos consiguen lo que quieren. Sí, es una sociedad llena de contrastes: modernista en los albores y tradicional en el cuño del dinero y el poder, como siempre fue y será. Narrar las peripecias de humildes y grandilocuentes abnegados aporta frescor y belleza, aunque apenas tengan espacio para vivir.
No en vano, es un clásico inspirado en muchas generaciones de mujeres luchadoras, y hombres. Con humildad, insurrección y estrategia, sale a flote el conflicto del Reino Unido por ser precisamente eso, un reino. Escocia, las Irlandas, Gales e Inglaterra abren esa rara ventana al mundo de la corona interior y los viejos pupitres.
Además, se cuenta la leyenda de la biblioteca John Rylands. Una especie de credo empañado por el poderío de alguien que se hizo rico con los telares de algodón y los que en su mitad vagan por estar completos.
Pero es Mary McCarthy la que pasa de princesa y ordenanza de esa biblioteca radiante a criada en casa de príncipe. Una emoción que se produce, como todo, en el Reino Unido: enmascarado. O no tendría jamás la oportunidad de acercarse a ellos.
Otra frase que podría resumir esta obra, sentimientos podría albergar el gato Garlan o la propia Marilyn (su alter ego), alguien que no sabría llorar y algo por lo que vivir, vendría a ser: Cuando los inviernos eran inviernos.
En definitiva, se supera el poder y la depredación en esa ciudad de Manchester, viajando, en el cercenado y peligroso, que también placentero, mundo de Mary: la que nadie saca a bailar más que por un compromiso. El señor Griffin, un galés, irlandés, escocés o quizás hasta francés de pura cepa, pudiera hacer que todo cambie, tanto como que puede convertirse en una pesadilla para la mismísima Reina Isabel II.
¿Nos robaron la juventud con todos esos cuentos para niños y niñas felices?, ¿cuál es el oficio de vivir bien? ¿Pagarse cada uno sus balas?
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