Había algo de entrañable en el patetismo tragicómico de toda esa vulnerabilidad de las políticas y las epidemias, plasmándose el resentimiento y la miseria moral, se acostase o no uno con la misma mujer todos los días para hacerse con el monopolio de las emociones. Sí, ese brillo artificial del pasado exhibía su verdadero rostro, muy especialmente en la normalidad de Pompeya y esas tierras napolitanas. Sin dejar a un lado la archiconocida pandemia del coronavirus.
El mayor reto nunca fue humanizar a un dios, o eso del quedarse en casa cuando se tenía casa. Menos aún la breve crónica de la paulatina desaparición donde la muerte era el principio.
Pegarle fuego a las cosas siempre fue costumbre de algunos. No solo por el olor que desprende el propio fuego incendiándolo todo cuando se descontrola, que hacia Pompeya fue y seguía siendo una opción. Pero no todos los fuegos eran iguales. El Vesubio tuvo su propio hierro y suficiente material piroclástico y rocas como para hacer muros de lava de veintiséis metros y enterrarlo todo, en una flama de nubes y gases ardientes e irrespirables, a base de su furia colosal y telúrica.
Más, aparte de la lava, la desolación y la muerte, en la región napolitana de Campania habitaban gentes que sabían sobrevivir por muchas trabas administrativas que hubiera, o pandemias que se declarasen. Y no, no eran indígenas, ni personajes, solo ciudadanos del mundo. China, Rusia y otros tantos Estados no le iban a la zaga. No solo la sociedad de Roma fue esclavista. Del mundo clásico rescataron el culto al cuerpo y la necesidad del dinero y el poder, así como la dificultad de conservarlo.
Ni Fabrizio ni Nicoletta eran delincuentes, quizás, se les podría culpar de que de entre toda esa población, fueron de los que menos leyeron al Doctor Zhivago, obra de referencia en esas urbes por el trato al amor, a la historia y a la muerte, pero sobre todo ese amor que se colaba hasta los nervios. Se quisieron querer, y pudiera ser que lo hicieron, en un tiempo; más no creyeron con desmesura en sí mismos, posiblemente. Además, estaban las familias (clanes), esas que humedecían los gaznates sedientos y que custodiaban la moral, que no solo los brebajes o los intercambios comerciales (una de sus especialidades), muy especialmente el reciclaje y todas las basuras, evitándoles crispaciones y llevándose su buena comisión los políticos. La otra parte de ese mando único.
Sobre la alarma generada por el coronavirus (COVID-19), se podría sintetizar en el uso de las mascarillas por norma y la enormidad de fallecidos. Ahondar en ello implicaría entrar en la podredumbre y en el exceso de información. La novela es una obra que evoca la razón del amor: sentirse, estar. Y para tal afecto se precisa, entre otros, verse. Quizás la convivencia de Fabrizio y de Nicoletta fue de idiotas: estando de acuerdo en el desacuerdo de amarse. Y con todo y con eso no dejaron de quererse. Pues la medicina no lo abarcaba todo, aunque se fuera farmacéutica o funcionario de carrera y se viviera entre sectarismos, mentiras, los robos (incluida el arte) y la ofuscación para con el sistema, fuera el que fuera.
Como financiera, ella era buena. Y le gustaba eso del dinero del campo: las subvenciones y la gestión de los números agropecuarios, como tantos otros. Él, más humilde que no desaliñado, según el día, se echó una amiguita. Se sentía solo. Son los inconvenientes del no estar presente. También para evadirse y seguir en ese redil de las comisiones, dentro o fuera. Una puta negra, de esas del dinero en efectivo. No sustituía a su familia, pero casi. Había miles de esas.
Negocios como el reciclaje, el suministro de equipos de protección individual o cualesquiera que pudieran conllevar comisión alguna eran frecuentados por esas gentes, racionales e irracionales. Perros, en definitiva. Aunque no por ello exentos de momentos hermosamente conmovedores, o de prosas directas, sobrias y depuradas, trabajadas en la sencillez del minimalismo del existir y el clímax del presente miserable y un pasado que, aun claramente glorificado, fue mucho mejor.
De esos acentuados contrastes trata La importancia de verse. De la Pompeya actual, donde hablar de cáncer era hablar de ajustes de cuentas. Y donde el jefe no siempre tenía la razón, pero seguía siendo el jefe.
–Los tipos que te disparan a ti suelen dispararme a mí. Esa es toda la ventaja que vas a tener. Debes darte prisa -llegó a escuchar Fabrizio.
Tenían el mejor de los mundos posibles. No era casual que lo que peor les sentase fuese la autocompasión o la pérdida de las cosechas.
Nicoletta cuando se perfumaba se daba un toque transgresor, aunando rebeldía y dinamismo. Lo hacía poco. Eso de ser moderna y rebelde ponía a tono hasta al morir de los sabios en esas tierras. Llegó un punto en el que la mera proximidad con ella se traducía casi en un dolor físico. Dejar tras de sí esos toques florales orientales, fundiendo bouquets de violeta, osmanto japonés, jazmines, rosas y el ámbar y la vainilla arrebataba. Necesitaba mediar consigo misma, en una cultura poco habituada al liderazgo femenino, al menos, de cara a la opinión pública. Su hacer lo compartía con las grandes empresarias china, como Yang Huiyan, Pansy Ho y Wu Yahun. La reforma y la reapertura de toda una sociedad requerían de esa permanente contención o se quedarían circunspectos algunos en las familias. Las chinas, en su mayoría, por capitalización de sus acciones y formación, no necesitaban a priori casarse con altos funcionarios chinos, si bien, era una práctica habitual a pesar de los méritos monetarios tan dispares. Las conexiones con el crimen organizado se penaban severamente si salían a la luz pública. No había que fiarse del que se fiaba de todos.
Hacia Pompeya se presentía algo más, quizás porque junto al volcán todo era sumamente taimado y latente, cuales entrañas de una madre. En todo ese tiempo se respetaba más que en el norte u otros países lo que iba sucediendo, como si hondamente, años antes, aquellos que por alguna razón habitaban tal lugar, se hubieran hecho una idea previa de la caricatura en la que podía acabar el mundo conocido. Por seriedad, los clientes habituales de los bares que se saltaban la orden de cierre racionaban los cafés. Los gimnasios habían sido cerrados sin necesidades de ambages o asentimientos a la ley. La gente se tapaba la boca para hablar, como si fueran futbolistas o deportistas de élite siendo grabados. Y toser, ya se tosía hacia la doblez del antebrazo, por el codo. Un efecto de audacia que los más jóvenes fueron imitando en horas en las que pocos se movieron ágilmente.
Todo cargo público regalado había que trabajárselo desde la infancia. Había felatrices, como aquellas prostitutas especializadas en las felaciones que se distinguían por el color rojo intenso de sus labios, o los que nacieron dioses y cuyo semen se esparcía a los asistentes. Las generalidades eran muchas más que las excepciones. La necrofilia estaba gravemente censurada en Pompeya, pues transmitía una visión censurada de la historia; sí se permitía la pederastia hasta que se alcanzaba la edad de casamiento. En aquella Italia, la gente no se arrejuntaba, sino que formalmente se emparejaba. Lo raro es que ni el señor Meucci ni la empresaria lo estuvieran. Tenían algo de castos, no así los aristócratas, quienes ejercían el papel de activos o de pasivos indistintamente según les conviniese, sintiendo predilección por las esposas de los senadores y cargos públicos dando rienda suelta a sus deseos sin molestar a las mujeres de otros hombres. Todo un mal necesario.
Usted y sus hijos tienen la oportunidad de leer a Shakespeare, Kipling, Keynes, Calderón de la Barca, Rimbaud, Paracelso y PEBELTOR en un mismo libro, hecho para todas las edades.
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