Pedro Belmonte Tortosa

15
Ago

Láminas de agua dura

Amor es comer con hambre y beber con sed, le dijo él a ella. ¡Sois unos putos locos en tu país!, tuvo como respuesta.

Y la tiró. Para al poco quedarse todo en calma, incluso el aleteo de las pestañas, cual lámina de agua dura.

La niña negra del autobús llegaría a no mucho tardar y se daría cuenta de que no eran solo cosas, lo que le decía su madre en las noches de luz sin sombra.

Por todo lo que no había llorado delante de ella, ese agua lo sumó todo: modales, instintos y centenares de libros marcados con los que templar el sufrimiento y la mirada deshabitada por cuando los labios ya no abrazasen.

PEBELTOR

 

13
Ago

Los barquitos de papel

-Yo dejaría el whisky para después -esbozó con aplomo-, igual le hará falta, ¿no? -fue incapaz de obviar el brillo burlón de esos ojos.

-Cuéntame, anda, ¿cómo van las cosas? De veras que me alegro de verte ¡eh!, y con tan buen aspecto -le tuteó en su conveniencia el gerifalte.

-Un café solo y una copa de coñac -pidió ese diplomático para su jefe, sin descomponer su gesto. Todo para el del chaleco beige y camisa azul de manga larga, siempre de manga larga.

-¿Tú la conoces?, a la del vestido cóctel blanco. ¿Está todo preparado? -preguntó el mandamás.

-No, pero conozco a una mujer que la odia -afirmó obediente el profesional, al tiempo que calculaba qué parte de la verdad podría contarle a su jefe.

-Por eso te quiero tanto mi buen amigo -se jactó el del chaleco a punto de iniciar otra vida, y los mismos días.

En teoría, su lugarteniente no debería haber conocido el contenido específico de las cajas. Ahora bien, jamás fue tan cierto.

El hombre que volvió para vivir allí se había convertido no ya en un ciudadano del mundo, políglota, cosmopolita y experimentado, sino también en un torpe protegido difícil de relacionar. Es más, al escoger las gafas, no se sabe por qué, descartó todas las monturas que le pudieran ocultar, desdiciendo a su séquito, frunciéndoles los labios en una involuntaria mueca de desagrado, como si se avergonzara de tener que ocultarse. 

Quienes no tenían ideología, con los semblantes serenos y los leves movimientos de cabeza acometían una confesión en apariencia delicada, acostumbrados a los murmullos, los silencios y las simplezas de las simpatías, oficiando como dignos funcionarios sin que ninguno de ellos llegase a experimentar la menor inquietud, ni por los mismísimos pechos y las abotonaduras bien apretadas de algunas.

En la dirección indicada, la ley y el dinero ayudaban a perfeccionarlo todo.

Por lo demás, las esquinas seguían haciendo esquina y sufriendo ese papel de perpetua sospecha, y los malos jugadores de ajedrez seguían sin saber cómo mover a los peones en las aperturas.

6
Ago

Aunque todavía haya quien no lo crea

En aquel momento en el que le estiró el brazo derecho sujetándola y llevándosela, ella no se acordó de lo que había dicho ni hecho horas antes. Sintió que aquel triunfo era suyo y que nadie podría quitárselo jamás, accediendo como si con ello fuese a morir joven lo más tarde posible.

Por su cara, asemejada a un cuadro expresionista más que a una cara de puro goce, más de uno adivinaría que era una de tantas del harén. El capitancillo ese, que no solía ceñirse a más verdad que la suya, difícilmente las recordaría el resto de su vida fuera del orden y mando. El más joven de la última hornada que había llegado a esa tesitura por ser hijo de alguien, tan exultante como su abuelo, compartiendo discretamente sus éxitos. Otro, que únicamente se dedicaba a pensar cómo teñirse su cielo diario con esos abriles. 

A ella, cuando se le pasasen los efectos de las drogas, todos sus antepasados volverían a mirarla desde el cielo en unos de esos ratos en los que los generales aprovechaban solo para dormir y ella/s para limpiar y ventilar sin molestar a nadie, hartas de rezar en la cama bien abiertas, bajo la tutela de la madame. ¡Qué menos que seguir siendo mujeres! Ni llorar podían por sí solas, las menos con la primavera metidas en una caja de música.

El boxeador dormía en el gimnasio. 

1
Ago

Raíles hacia la mar

Quien menos se estremecía era el hombre de tantísimos años, que solía dirigir su mirada suplicante a la alta mar como capitán que fue, no como ellas, silenciadas y vacías con el reflejo oxidado de los raíles.

En apariencia habían tomado todas las medidas oportunas, no como aquel día de gesto perezoso para Olivia, acostumbrada a no oír el rumor del mar tan temprano, quizás, lo más, el plácido resoplar de su perro, con quien despertaba a veces a los pies de su cama. Todo un bóxer de pelo ocre convertido en el mejor almohadón y edredón, de hocico similar al de los lugareños.

De buena gana le hubiera dado unas palmaditas al can, torciéndole el mismo la cabeza como si no hubiera mejor cosa que hacer. Un perro al que le encantaba subir y bajar las escaleras, aunque ya apenas pudiera.

No obstante, por todas partes se extendía un ligero olor a hierro oxidado. Incluso Cecilia lo olía, que con su alergia apenas tenía a bien ese gusto del olfato. El perro, a su lado, era alguien de grandes dimensiones. Y eso que de cerca parecía más joven.

Esa parte de la costa no quedaba muy lejos de la carretera, solo que había de atravesarse un sonoro manto de árboles con los graznidos de todo ese prodigio de la naturaleza y la estricta interpretación de la ley de quien se creía más que un guardabosques. Hasta al propio perro se le aceleraba la respiración de pasar por allí. El imponente edificio que quedaba hacia el margen derecho era lo de menos. Para cuando se pasaba junto a la verja del mismo ya se les habían estropeado los peinados a ellas y a ellos, y doblado las orejas a Sénior, ilustrando a la perfección la llegada al ancho mar y esas vías que asentían otro tipo de contemplaciones.

Raramente orgullosas habían cogido el relevo, y tan extraño encanto. Cada uno de agosto, hubiera o no de apretar los dientes, alguien del pueblo desaparecía. O más bien se daba a una nueva vida. Nadie se libraba. Todos entraban al sorteo de la semana de antes, inclusive la alcaldesa y sus zapatos de charol. El cura, como si no lo conocieran, murmuraba como todo marido. Es más, los pensamientos sobre infidelidades salían a la palestra casi que torpemente. En la asamblea no había ensimismamientos algunos, sí miradas de tristeza, cervezas por doquier, biberones y algunas chucherías.

El inspector y comisario jefe de policía jamás pudo imaginar que, con su tripa lisa, y la total amabilidad para con sus vecinos, saliera; silbando su hermano la canción favorita de la noche. Marco, que era como se hacía llamar el peor elemento de ese pueblo gallego, tenía por costumbre pasarse la totalidad de la reunión con el jodido tintineo de la campanilla. Era el peor y mejor juez de paz, y el centro de la vida social de la comarca. Su mujer, la posadera, debido a su reúma y a que tenía buena mano con ella en la cama le consentía todo.

Cierto es que aquella noche última pareció más preocupado por dónde tirar la colilla que de montar sus numeritos y hasta cubrirse la cabeza con sendas bolsas de plástico simulando el ahogamiento. A pesar de todo no existía aversión entre los conciudadanos. A decir verdad, hasta la fecha todos estaban satisfechos, menos Olivia y su hermana. Bajo aquellos uniformes de auxiliares de geriatría prefirieron no decir nada. El caso es que por rápido que se metieron no pudieron ni encontrar al viejo ordenanza con el que tanto charloteaban los días de frío. Se metió tan rápido y con tan poco en la vagoneta y empujaron con tanto ímpetu que dejó de habitar el pueblo y de sacar los cubos de basura de la residencia a su hora, retorciéndose el bigote mientras los de la limpieza asentían como tenderos fumándose un pitillo cada cual en el balcón de la planta. Alguien, que simplemente considerado estúpido, se ofreció a ayudar a las hermanas en su primer año.

Cada familia ostentaba el cargo de tener que echar a la mar al elegido por dos años seguidos, y ellas, que perdieron a su padre a temprana edad, no quisieron defraudar a su madre, que ya perdió a un hijo. El único varón, que hubo de huir bien lejos por negarse a seguir con la tradición y ofrenda, costándole un muñón a la panadera, que acabó en poco más que monja atropellada. Aquella valiosísima mujer que con desgana pisó el obrador día sí día también intentando ser alguien sin conseguirlo solo saludaba con familiaridad al alcalde, un hermano suyo, y por ser alcalde y edil, que no familia. Al mismo le pidió que le arrancasen un ojo de los dos grises que tenía con tal de evitar que sus hijas pudieran correr esa u otras suertes. Sin embargo, en la localidad de Aherrero no había cabida a la palabra excepción. Tampoco daba la impresión de que estuvieran muy contentos con el interés suscitado por los vecinos de otros pueblos cercanos y esa horda de turistas, británicos, sobre todo. Les apartaban la vista y, a la peluquera, no la dejaban que les tomase cita. Hasta les sentaba mal que fotografiasen el hórreo más típico de cuantos se habían construido en la zona, o la casa marinera por antonomasia.

Daniel, que era el que finalmente tapaba a los fallecidos, era alguien precavido. Leía el parte meteorológico cuando remontaban la vagoneta las autoridades, así como que radiaba la hora al segundo. Tras esos quince minutos de inmersión obligada, estaba convencido de que el muerto, fuera el que fuera, no podía haber tenido mejor suerte. Practicaba una leve referencia y, como doctor, certificaba el exitus letalis. Una vez, los hermosos ojos violáceos de una casi le juegan una mala pasada. Durante unos instantes no pudo pensar en mucho más. Su propia hija.

Prácticamente, todo en ese pueblo necesitaba una reforma.

 

30
Jul

Futuro imperfecto

Aquella tarde, en vez de preguntarse ¿por qué los camiones no habían podido entrar a la ciudad?, se organizaron los dos solitos una fiesta con globos y una tarta. Afuera, anhelantes criaturas miraron hacia lo prohibido de las calles y sus senderos -conformando una jungla mucho peor que cuando los de catorce años se ponían a cuchichear- siempre desde las ventanas y algunos balcones, quienes podían permitírselo.

El pan blanco empezó a escasear, ahora bien, esos adultos jóvenes, jamás permitirían que les robasen sus sueños, sintiéndose más atractivos, dándose al placer y el deber de aceptar la realidad que les tocaba vivir.

Aquel tranvía para amargar la vida de todos cuantos existían podía más que el sol. Sabía de todas las partidas de nacimiento; ya ni distinguía por sexos, edades o razas. Lo coronaba todo, asesinando a personas inocentes por el simple hecho de haber nacido. Tan imperturbable que no significaba nada más que un silencio tan compacto como delator. Ni preocupándose por el dinero.

Hacia la noche, esos dos risueños se besaron como si no hubiera mejor regalo en el mundo. Era todo lo que tenían que hacer, como si estuvieran en otro mundo, con veinte años menos y sin hipotecas. No se llamaron por ningún nombre, solo se miraron y rieron, besándose también. En cambio, los hombres sensatos, inteligentes y razonables no recelaron de mirar hacia afuera, asintiendo con la cabeza antes de que los fuesen llamando a filas, con el tono de voz instantáneamente herido, pensando en ponerlo todo perdido de sangre.

Nunca se arrepintieron los dos tortolitos de haber cerrado los ojos a casi todo durante esas horas. Otros, con el último bocado a las escasísimas rebanadas -por parte de sus hijos- pudieron a su modo con la voluntad y el fastidio, pensando por dónde empezar a pegar tiros, más sin despegar los labios. Cierto es que hubo quienes aceleraron el ritmo de su corazón con una borrachera de recuerdos, que muertos ya no podrían beber. Y conmovedoras despedidas, sin decirse nada y todo, medio sonriendo por última vez. Un viejo tren de juguete le adelantó a un peque por su cumpleaños una madre. La respuesta de una familia fue comprar un pasaje de primera en un transatlántico.  

Solo hubo dos días más en el año. Quienquiera que fuese el primero en morir tuvo suerte. Cerró los ojos, levantó la barbilla y, si hubiera sido un poco más bajo, alguien le hubiera besado no solo en los muñones. El aire que se deslizó entre su cuerpo y el siguiente ya fue doliendo como las peores heridas abiertas, de tal modo que el bicho pretendiera interpretar cada uno de los gestos, de las palabras y de todos esos disparos de los reclutas fruto del desconcierto generalizado.

 

23
Jul

El rompido

A partir de ahí, la suerte, antaño esquiva, se alió descaradamente con él. Cuando se quitó la bata húmeda y sucia, empapada de manchas de sangre de muchas personas distintas, había perdido ya todas las cuentas; menos una.

Estaba tan cansado que no llegó a percibir su propio agotamiento, pero no tenía sueño. De boca carnosa y nariz mediana, tras todo el día yendo y viniendo, su aspecto no pareció distinto del que ofreció en la madrugada de cualquier otro jueves. Ni siquiera tuvo tiempo de quitarse los zapatos.

Cogió sus ahorros y, tras haber enterrado a su mujer junto a su abuelo, en un yacimiento de mineral, justo en frente de la casa levantada al borde de la mina que los arruinó, caminó los pocos kilómetros al pueblo más cercano y telefoneó. Su último movimiento de esa partida de ajedrez antes de dar el jaque mate. Tenía un año menos pero siempre fue mucho más espabilado que el resto de los cuatro hermanos.

Solo que un aire venenoso, impregnado por vapores que no le dio tiempo a degustar, lo dejaron amarillo en la espesa penumbra del dormitorio. La arrogante señorita no tardó en encender la luz y empezar a verlo todo más claro. Poco antes de quitarse las gafas observó cómo se le doblaban las patillas a su querido, imprimiendo una lentitud, que ni las mejores baldas de la librería pudieron imaginar jamás. Esa vez no se escondió en el refugio, ni se hizo la encontradiza en el descansillo. Al cura fue a buscarlo su hermana; con la que no tenía más que eso en común y, a pesar de las diferencias políticas, religiosas y morales, militando en posiciones antagónicas, cultivaron una afinidad recóndita, casi secreta, cuya naturaleza tal vez incluso desconocían en comisaría, donde ambas ejercían asintiendo con la cabeza a quienes les pedían cafés y tentempiés.

Junto a la cómoda quedó para siempre la carta con los resultados de la analítica. La policía únicamente se detuvo en la que dejaron en el recibidor, como si toda la tensión se hubiese ido acumulando desde que empezaron los bombardeos. En los Balcanes, aún se sentían todas las vísceras, intentando recuperar su lugar original tras la tercera guerra, cuarta o quinta, según qué versión tocase. Ni los taxistas se podían permitir mirar discretamente por encima del hombro.

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