Pedro Belmonte Tortosa

6
Jul

Tiempo actual, mismo tiempo pasado

La identidad y la intimidad se le mezclaban. Era la razón de lo vulgar. Habían pasado catorce años y estaba casi que en el mismo lugar, a la misma hora, siendo aquel. El que se casó y el que se descasó al poco. Aprendiendo lo uno y lo otro. ¿Para qué?, ¿por qué?, ¿con quién? Había hecho cosas. Muchas. Y no había hecho nada, más algo había además de mirar al cielo.   

El día menos pensado sucedió y empezó todo. Esa perpetuidad, y todas las vidas en un solo gesto. En definitiva, explorar cosas nuevas sin un mapa concreto. Vivir, y que le dejaran vivir. La incapacidad de pensar, la amoralidad, la excitación. Éxitos, que también.

Ya no sentía el duelo con estridor ni otrora agudeza desapacible. Había asimilado todo cuanto se podía asimilar. El duelo, los duelos, se hicieron todos. Los hizo todos. Y lo que siempre fueron secretos, lo siguieron siendo. Secretos de hielo hiciera frío o calor; como lo de aquella cena, del cuarto lunes, del tercer mes…

Su mundo tenía cosas grotescas y divinas, y ambas coexistieron y coexistían. Tiempo actual, mismo tiempo pasado. Un mundo no tan distinto, donde cada mañana, hacia la veleta y su norte, se situaba un cuervo o lo que fuera, pájaro o no, que le recordaba al hijo que nunca tuvieron. Alas negras y un torrente de sensaciones dispares en tal mirar. La verdadera piel, su ayer, su hoy. Ese negror de no saber adónde mirar y encontrarlo; de no tener a quién culpar, o de no bastarse.

Catorce años y los mismos aires, las mismas negruras. Su mismo quehacer: vivir, y dejarse vivir. Más cuando llegaba el cuarto lunes, del tercer mes, había intimidades deseadas y otras que no lo eran tanto…   

La vida le seguía siendo sueño en un mundo no tan singular, donde el vivir sólo era soñar y la experiencia. ¿Vida?, ¿frenesí? Hechos, ficción, sombra, ilusión. El mayor bien de entre todos los pequeños, y un delito mayor. Pues la vida, y los sueños, sueños le eran y fueron al margen de la fiera condición o la pura ambición de aquel día. Un día en el que teniendo más alma y menos libertad, palpable y cierto, trueco de quejarse, desdichas buscó. Y que siguiera callándose, por todos, su nombre con fuerza; que vida infame no era vida, y que sin duda se fue soñando, quisiera o no.

La identidad y la intimidad. La veleta. Apenas un gesto, un rumor; advertir, advertirse para vivir. La razón de la vulgar. Mirar al cielo y verlo todo en la nada, soñar lo que se era, y que sucediera todo. Murmurar, corregir, reprobar. Humo dondequiera, y fuegos varios. Entrar sigilosamente. Y los otros martes, miércoles, jueves y los que fueran o fuesen. Noches prohibidas volviendo a toda prisa, ausente. Trofeos en las paredes de la memoria y pisadas sin mayores voces cubriendo las baldosas del suelo. Sueños. Sueños. Cosas inválidas de cuando se perdían a la vista, hechos pasados. Y el vértigo de saber que faltaban cosas, y personas, por hacer. ¡Cielo santo! Más sueños, sueños, sueños. Libre albedrío o predestinación.   

29
Jun

San Pedro

 

-La urgencia no hace que se cambien métodos que funcionan por métodos que no funcionan -dijo, cambiándole la cara, normalizando su propia vida.

Con expresión de fugacidad y gentío, entrando en juego todos los sentimientos, le sobresaltó la belleza de lo cotidiano. -Recupérate, o ya no podrás volver al mercado de toda la vida, guapo -asintió cogiéndole la mano.  

Esa persona de rutina, que antaño fue previsible, revivió la lucha entre sueño y vigilia con osadía, insolencia, atrevimiento y arrogancia, más ya no veía lo que todos. La fuerza y el poder de la carne estaban en otros menesteres. La historicidad de la vida siempre fue un avance sin retrocesos. Práctico, recordó en su taimado descanso, sabio de recuerdo: -Te estás quedando sin amigos.

No había nada como ser rico o tener mucho talento, y le salió a flote, sin soltarle la mano, queriéndolo. -Yo no prometo nada excepcional. Hoy miro el rencor mucho más tarde que ayer.

No mucho después, pasó la enfermera de planta y ni ella ni nadie pudo cambiarlos, dando paso al árbol del infortunio y a su oficio. Unos en el corazón de la muerte, otros en el corazón de la vida. Estrellas y santos.

La fuerza de la voz del celador no dio ninguna otra explicación al suceso cuando le avisaron, simplemente empujó y condujo la camilla, habiendo interrumpido su frugal cena en un mantelito. Cosas de este mundo.

Resultó, sin embargo, que nadie regresó a casa esa noche.

22
Jun

Lo romántico y lo cómico

Sabía que ella, su amada, estaba enfadada porque él había decidido que no irían a la fiesta, pero, sencillamente, no era capaz. Había amargura, había resentimiento. Tal que uno hubiera desayunado dulce y el otro salado.  

Al final, había llegado el momento y se había visto obligada a buscar la verdad. Antes, ella vivía con su soledad, ahora vivía con su compañía; la suya propia. No más, en tal lealtad y futuro. No le hacían falta fotografías ni la vida pública, ya no era joven. Claro que, corrían el riesgo de quedar destrozados.

Tal vez hubiera debido hacerlo muchos años atrás. Le quería, y quería seguir queriéndole. Pero no. Optar por vivir la vida con una venda delante de los ojos rara vez resultaba honorable.

A todo esto, los niños podían llegar en cualquier momento… Sus cuerpos, sus labios, su respiración. Tenían una familia perfecta. Perfecta por completo.

Necesitaba que le dijera que todo iba a salir bien. Y con la mejor intención.

Válido para cualquier época,

y casi que postulados.

15
Jun

Olores feos, zapatos desparejados

Había gente para todo, aunque no se pudiera contentar a todo el mundo todo el rato. De esas personas inusualmente calladas, o a quienes les atormentaba la luz, hasta la más cariñosa del mundo. Por eso mismo le debía las mejores y quizás las peores horas de su vida y eso era un vínculo que no podía romperse.

En puridad, jamás llegaría a tener rango de sargento. Y en esa incongruencia fue donde el forense determinó que los olores feos tenían su encanto, no por los zapatos desparejados. Porque apenas dos o tres monosílabos pudieron sacarle, faltándoles muchos. Al fin y al cabo, la vida transcurría en los márgenes, amén del tabaco, la lana sucia y el sudor rancio, o que odiara a los niños.

La gente en los coches y caravanas de alrededor comía cosas jugosas. Nadie había previsto eso, pero sucedió. Cervezas, hojaldres, golosinas y papeles tipo kleenex se advirtieron, por entre la sorpresa e incluso el goce, llegados a lo alto de la loma o incluso el ancho valle. Los pájaros, cómo no, se comieron todas las migajas, también sentados en fila, insignes e indistintos, conservando cierta neutralidad.

El vestido de gasa con hombreras y el diminuto broche fue recogido prontamente de la escena, no así el abrigo viejo y raído, para quien alguien debió alzar la voz. Un tipo que a su muerte sabría lo que era el matrimonio, seguramente.

No obstante, el silencio fue la esperanza más devastadora. Devenía la verdad, así como el cielo estrellado y las poleas y los volquetes de la mina cercana, dejándose arrastrar el aire por las olas de sauce blanco, soslayando mejores tiempos con fruición. La cabina de teléfono, de las pocas que aún perduraban y daban servicio, comunicando, ya sin asombro, que sí las primeras veces; y siendo una voz próxima.

Junto a toda esa economía, ritmo, imágenes y lucidez: el cadáver. De uno que tuvo una vida intensa y agitada, de alguien que vivió con su familia en distintos lugares, y que tuvo infancia y juventud, también que dictó obligaciones de padre.

La historia es lo que contaba, ni que jugásemos todos con las mismas cartas. Pero ella seguía tratando de recordar quién era. A veces entrecortada, otras fluida y tranquila, las menos torciéndosele la peluca y llegando a decir groserías. Más allá de eso: otra madre difícil, a futuro. Otra Lucía.  

10
Jun

Billete de ida (booktrailer)

Para poder ver el booktrailer pinche en el siguiente enlace: Billete de ida

8
Jun

Y se pararon los relojes

La persistencia de la memoria, la omnipresencia del tiempo, el movimiento perpetuo, el dominio sobre la humanidad y la mirada tímida pero bienintencionada quedó en eso… en ser un reloj blando, duro. Desactivado. Que no quería a nadie. Tal que una persona de reloj cuando todo se había terminado. Sin nadie, sin nada. Ni besos, ni abrazos, ni lágrimas, ni caricias. Nada.

Solo ser la dulce inercia; obligado a aprender de nuevo a ser frágil en un mundo infinito. A aprender a leer sombras de otra manera. A chocar contra la censura, y la literatura de la derrota.  

Solo.

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