Pedro Belmonte Tortosa

6
Ago

Ser escritor y la pobreza que no se veía

En general, dicen que la gente que lee suele estar sola, y que actualmente el conocimiento es una mercancía. Pues en Avión, un pueblecito gallego, aldea mísera, mala en invierno, dura en verano y nunca buena del todo, había personas que durmiendo a tu lado te podían dar tranquilidad. Lo cual no restaba que detrás de los retratos de casada hubiera otras vidas… Quizás las casas se parecían a sus dueños.

Cubrir ese vacío existencial es lo que un escritor pretende, al menos quien firma la obra La Galicia Mexicana, una obra literaria en la que besar siempre pareció más íntimo que follar.

México no hace distingos. Un país en donde el dolor que te proporciona la vida hay que llevarlo con la correa corta. El México de los emigrantes gallegos. Donde el verdadero amor les era el oficio, el trabajo, su hogar. Y donde lo peor es el olvido.

A ambos lados del océano Atlántico, para cada muerte se pagaba un precio. Matar no era una acción noble, ni siquiera cuando se hacía por Dios, habiendo personas que vivían sólo para que otros tuvieran un lugar adonde volver siempre.

Emigrar, a veces permite recuperar ese concepto de vecindad que en tu propia tierra se te niega, incluso con el frío de madre.

Las cosas que decimos, las cosas que hacemos. Eso es Avión. Eso es México. Eso es escribir, la pobreza que no se ve. Tal libro no deja de ser un lugar del que marcharse, con tantos recuerdos con los que se ha llenado.

Una obra que en cada detalle cuenta una historia diferente, siendo la realidad: tozuda.

Antes vivía con la soledad de esa obra,

ahora con su compañía.

PEBELTOR 

 

 

3
Ago

La Galicia Mexicana

Fueron tantos los posibles títulos que, llegado el momento del registro, todas esas fases de vivencias y escritura se solaparon. Que si El hombre que no sabía querer, El Centro Gallego en México, El pueblo de los helicópteros, Y allí no pasó nada, u otros. Finalmente, La Galicia Mexicana refleja la pobreza que no se veía, la extrañeza que separa el amor a los hijos y la necesidad de un espacio propio, o la ausencia de algo indefinido que lleva todo emigrante.

Galicia como el séptimo cielo, tal que la ayuda que prestan los amigos y limosnas de gobiernos. Un eco pintado, y ese porvenir en que los padres se quedan confinados.

Y México como la realidad tozuda, casi de manera demoníaca, para obligarse a ser más fuerte de lo que en realidad se es; con solo el amor pareciendo inquieto.

Lugares evanescentes, de gentes con distintivos; días rotos y hombres fatales. Lugares también sólidos, que no impalpables, livianos, etéreos. De días de confrontación, mariachis y corridos. Más las mujeres cansadas de llenar sus espacios vacíos con cosas que no necesitan y personas que no les gustan. Pero mujeres, al fin y al cabo, con la facilidad de ser profundas hablando de temas ligeros, yendo a la verdad del asunto y a lo imperecedero.

Para todos, el dolor ajeno es la nacionalidad más temida. Lo peor.

Acoger esa inconmensurable belleza, y que se susurrasen nombres, hechos, sin que la música de los días limpiase el dolor, ni otros muchos logros, es lo que el autor pudiera haber conseguido unir, alimentando la desmemoria y las frustraciones, desestructurando las realidades menos contadas y las voces necesitando un altavoz. Sí, de esa Galicia de concellos y parroquias como Avión.

A veces ser una zorra es lo único que se puede ser, porque si nos enseñaran a perder ganaríamos siempre; se deduce del valor que huye de cualquier precio.

Avión fue como un cielo en nosotros mientras se dejó escribir. México el quite, palabras del día a día; la ilusión de vivir.

Un libro, un título, en donde el autor ha muerto algunas veces, pero donde algunas muertes siguen vivas. Nena Parva iba a ser otro de los títulos. Quizás ese ha sido el gran acierto o error del libro, el bazar de la caridad de las nenas parvas y todo cuanto suena a gallego, en ese galardón de infinitud que envolvemos todo lo que nos gusta, ahogándonos en nuestra propia ausencia.  

Esperando no haber sido justo en la injusticia, que los dioses nos conserven los sueños, incluso cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños. Porque de algunos episodios mejor no acordarse de nada, dado que el que mata a su familia los mata a todos.

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y primeras páginas

27
Jul

Hacerse a la mar

Se hizo a la mar. Otrora época hubiera tenido severas dudas, y no, las olas le arrastraban sin mayor motivación que dar ese salto.

Mientras tanto el mundo seguía, más ese restaba y sumaba las imposibles e inacabadas crestas arrojándose contra las mismas, esencialmente agua con la capacidad de atraer, que tan pronto subía como bajaba, que llovía, aclaraba o tronaba.

Y excepto las horas nada pasaba y nada quedaba. Horas, en las que turnarse soles. Estando los ojos ocupados mirando al vacío, dolientes, como agujeros ciegos. Nada era importante. Ni, aunque se perdiera la barca o se perdieran las nubes. Ni la rabia del olvido, o el eco de la humedad salada.

En la soledad del viento, polvo y sal, bastaba con un poco de silencio para que todo se detuviera. Hermosa soledad que le hacía encontrar el mismo sitio al despertar.

20
Jul

Cada noche hablaba con ella

Le era tan sencillo encontrar la calma en el mundo de la imaginación que cada noche hablaba con ella y se olvidaba de los momentos de desesperación, así como del torrente del tiempo. También del crepúsculo de la desaparición que lo bañaba todo con la magia de la nostalgia y ese velo evocador de verse sin tenerse.

La propia imagen le era el mayor misterio, no habiendo nada más pesado que la particular comprensión de lo vivido, por alguien, para alguien, multiplicado por mil ecos.

Ese apego seguro de la edad adulta se iba convirtiendo en mucho más que ignorancia, duda y reflexión. Hablaba con ella de todo. Como hija, como madre, como amiga y como enemiga. No bastaba con desear salud, había que querer con virtud y con esfuerzo serio. Y lo intentaba hacer.

Es más, tan pronto la llamaba como que se despedían, jamás diciéndose adiós, dueñas de sus sentimientos y pensamientos. Ahora bien, tampoco es que se hubiera mirado a un espejo. Ni se había preguntado ¿qué quería ser de mayor? Nunca la programaron para eso, ni podía hacerlo. Y sin embargo pudiera ser que Dios fuera un ratón y se escondiera nada más verla entrar.

¿Cuánta melancolía y cuánta soledad programada se escondía detrás de la aparente alegría de vivir? Casi que parecía humana la niña… y la madre.  

15
Jul

Lejos del mundanal ruido

-A veces tienes que hacer algo malo, para conseguir algo bueno -dijo Restrepo.

-Un enemigo que conoce el futuro no puede huir de él -le respondió Vélez.

La comunicación no verbal hizo entonces de las suyas. Todo un silencio cobarde, silencio de gente que sabía, y silencio intimidatorio. Voces calladas con mucho que contar, cercenándose.

Trece años más tarde, sus hijos, quienes por entonces no conocían el rencor ya eran bien distintos. Gentes que se alegraban por las cosas malas que le pasaban al vecino, no por sus méritos o por si habían logrado algo por sí mismos. Empezaban a estar en la era de la vileza, descontentos por todo, y fuentes de autoridad. Pero algo se les resistiría, lo mismito que a sus progenitores. La verdad podría ser escondida en las luces de domingo, que no destruida, por más que sus habitaciones para invitados fueran gigantescas estancias, nuevas y antiguas.

Lejos del mundanal ruido había de todo, incluso bellos edificios medio derribados que contenían el feroz crisol, sin tibiezas y sin complejos. Bellos edificios, y bellas personas al filo del mañana. E historia decapitada y desmembrada. También sargentos, de esos que investigaban. Y arbustos silvestres, gentes bronceándose, papeles revoloteando. Reconocidas calles desiertas y edificios de estuco. Sargentos que escuchaban a las familias, y que se preocupaban por ellas; sintiendo algo distinto por cada una de ellas. 

La frágil moral

PEBELTOR

13
Jul

Recuerdos de un padre

Uno no llega a saber nunca cuántas formas hay de estar desnudo. Ni a qué huelen los secretos. O lo bonito de amar a alguien. Con el día a día se van sucediendo cosas y más cosas, algunas triviales y otras no tanto, si bien, los sueños a veces son rebeldes y te dicen cosas, quieras o no.

Unas veces para ponerte en orden el día y otras, quizás al caer la luz, con balance y discernimiento, aportando palabras de amor para esas guerras inacabadas que antes o después nos toca gestionar.

Porque, cuando todo va bien, la gente aprende más bien poco; pero al final todos necesitamos que alguien nos escuche, aunque sea uno mismo, no siendo necesario recorrer grandes distancias.

Y etapas hay muchas. Quizás, demasiadas para una sola vida donde faltan los libros de montaje e instrucciones, y donde lo peor es que no suceda nada. Ahora bien, a la mayoría les suceden cosas, sí. Amistad, odio, voluntad, cariño, soledad, bienestar, libertad, educación, prestigio, autoridad, mezquindad, dependencia, credibilidad, codicia o valentía, entre otras muchas.

Sueños de esos, de aquellos, de los del fondo del olvido que uno necesita de cuando en cuando. Sobre todo, cuando ya se ha aprendido a no ponerles fechas, y a dejarlos tal y como fueron o serían, en el respeto y en la propia naturaleza humana. Sueños que son refugio, que son un muro, y que son vida. Sueños que superan los miedos, las ventiscas y los nubarrones. Sueños de los que sentimos en la piel, otros que vemos con los ojos, y otros tantos que no tienen nombre. Hasta de esos sueños de cuando se tiene un reloj estropeado y aun con esas se acierta la hora dos veces al día.

Un hombre debiera enorgullecerse de ellos, y de su trabajo, tanto como de sus amistades y personas o amores (el amor verdadero suele ser injusto). A quien deberle las mejores y quizás las peores horas, no debiendo romper ese vínculo salvo con la máxima seriedad para no caer en insignificancias ni ligerezas, respetando su melodía particular (que todos los sueños y vidas la tienen).  

Sueños y rostros de ese amor no merecido, de las fotografías que jamás se borrarán en uno mismo, y de un modo de pensar y de vivir. También de soledad: de esa dulce ausencia de miradas, llegado el caso.

Comprender que uno nunca puede huir de los recuerdos, estando rodeado de ellos, también es mentirse, porque algo queda en el debe: quizás el todo, la verdad verdadera, el amor inmerecido, lo que uno no se atrevió a decir, y demás etcéteras. Ese viaje del monstruo fiero en donde la muerte le confiere al tiempo todo su valor, dolor y respeto; cual último beso, último sitio, que parte los corazones. Lugar y recuerdos adonde regresar por siempre jamás, aunque se nieguen con la cabeza del presente y se tenga el horizonte en una línea.   

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