Pedro Belmonte Tortosa

13
Jun

Recordó cómo reían sus ojos

Era capaz de volver a sentir cómo el agua fluía sobre los dedos de los pies, o recordar cómo reían sus ojos.

No era un mal actor, cansado con su mirada de tormenta silenciosa. Estaba aturdido contra el sí del desquite. Recordarla era el otro vino de la sociedad, lágrimas.

Y cuando escribía en sus lentes anhelaba encontrar su mirada. Si estuviera, su amor sería su mayor consuelo.

Volvería a meter los detalles en la escopeta.

PEBELTOR

8
Jun

Newsletter de Junio 2024

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6
Jun

El barco que no flotaba solo

A veces la vida solo era eso, las cosas que se habían perdido.

El mar, la mar, que sabía dónde se enterraron a los muertos que no estaban en el cementerio, hacía de las suyas, como si no se le hubiera cuidado o mirado lo suficiente.

Había miedo, y se vislumbraba más. No eran jóvenes, ni tampoco viejos. Además, nunca sabían cuándo tenían que rendirse. Habían oído hablar del amor, aunque no sabían si era eso. Y del mar, la mar, también poco o muy poco.  

No habiendo nada más pequeño en el mundo que el ataúd de un niño, no habían tenido que pasar por ese trance, ni posiblemente les llegaría tal ocasión por suerte o desgracia. Es más, ya no tenían a nadie a quien decirle las cosas cuando se dormían o acurrucaban. Estaban en la perspectiva del olvido, salvo por esa voz interior que no sabían si les era de fiar.

De un modo se querían fiar el uno del otro, eran las buenas relaciones humanas las que lo hacían todo más feliz y saludable, si bien, ello también les era fanfarria y emociones sin gestionar por mucho que su mesura les dijera que si se salían de la fila de hormigas estarían más solos. Se podía pasar por algo difícil y, de repente, que la voz interior ya no fuera de fiar y le llevase por el mal camino.

Lo de irse a navegar no estuvo mal. La idea, como tal, fue un juego de inmensidad y de pequeñez. Una buena probatura. Pero el barco no flotó. Y no sucedió de forma abrupta, sino en tierra de nadie, sin fiel infantería a la que llamar dando lugar a un clamor inapelable, convirtiéndose el mar, la mar, en un ladrón de esperanzas.

No obstante, esos peces de asfalto mal que bien llegaron a la orilla. Fue entonces cuando navegado ese desierto de aguas, crestas y sales de nuevo tuvieron ante sí el único horizonte: la hormiga que les caminaba delante. Y nada, excepto la ceniza de aquello que fue una vez un tiempo y la arena asolada.

Cuales grumetes decidieron quererse. Sabían que un árbol podía crecer en Brooklyn, o jardines secretos y mentiras sobre las madres o el mismísimo tío Oswald. Un medio verano en el que ella tuvo los ojos más verdes y el pelo más rubio.

Habían aprendido porqué cantaba un pájaro enjaulado en toda esa travesía; y él, había tomado notas sobre la mística de la feminidad a la edad de la inocencia en cuanto que no pudieron hacer más que mirar cómo se hundían en la mar, el mar, los restos del día, unos tras otros, maravillosos, dolientes, duros y de quitar la respiración, nadadores secretos en esa interminable historia del navegar solos, a sangre fría viendo el color púrpura de algunas horas o las montañas mágicas que ensoñaban.

Cinco horas más y no hubieran podido. Ni ellos ni la campana del barco, que a punto estuvo de hacerse cristal en el mar, la mar. Un tiempo de silencio, tregua, hasta dar con los vientos del pueblo o las ciudades prodigio. Fueron mil y una noches, o casi, de renglones torcidos y de ensayos de abrazos o cegueras. Un manual para mujeres de la limpieza para el segundo sexo. Y un diario, todo un resplandor; asquerosos a veces. Un estudio sobre la banalidad del mal, en definitiva. 

Pero decidieron quererse. Sí, habían cometido muchas vilezas, pero en qué época no, en qué sitio no.

Esa vez con burla de sí mismos o con leve amargura, que en los telegramas y en las postales todo el mundo ahorraba palabras, al igual que en las despedidas.

2
Jun

De todas las mujeres, ella

Tenía pensamientos con los que no sabía muy bien qué hacer. Ella se marchó lejos de personas demasiado conocidas, y de recordatorios cercanos. Y él se quedó trabajando, bien es cierto que no poseía ese rasgo que hacía que un artista fuese un artista, si bien lo intentaba.

Quizás por eso que ella lo abandonó, y eso que después de su última vez le juró y perjuró, queriéndolo, que jamás volvería a irse de su lado, es más, que lo abofetearía si fuera necesario.

No obstante, se fue. Sí, se fue. Él se quedó bastante solo. Nunca creyó haber sentido eso. Una mezcla de pesadumbre, miedo, añoranza, rabia, cabreo y deseo. Y no podía fingir que no sentía lo que sentía. La buscaba con la mirada, intentaba tocarla, respetaba su lado de la cama, el lavabo, todo cuanto de ella dejó en ese hogar… boqueando, asustado, en el vientre del silencio doméstico.

Tenía esa clase de certezas que solo se presentaban una vez en la vida, justo la misma que su primer verano, el único verano juntos, por así decirlo, cuando ella preparaba las infusiones de jengibre en el cazo y mientras se enfriaban las tazas se contaban cosas el uno al otro sentados en el patio de casa como si nada, como si todo, como si nadie.  

El patio también le era extraño. Toda la casa. Todo. No era capaz de rehacerse. La nostalgia le sabía a salitre, y eso que él no se había ido a la playa a intentar desconectar de esa relación. “Tierra de principios, gente de valores” rezaba el lema de esa autonomía. A eso se aferraba él, a que ella cuando menos estuviera sintiendo lo mismo y fuera capaz de guiar esa relación fallida, no una vez más, sino la definitiva, sin esos vaivenes de primavera tardía.

Quería que le pegase, que le besase, que le amase, que le pidiese irse a vivir juntos, que tuvieran un futuro… sabía que podían hacerlo, él y la vidriosa opacidad de sus ojos, la quería tener cada día; las mujeres que se creían muy listas siempre acarreaban problemas. 

Necesitaba verla y saber que había llegado bien de su viajecito, saberse una familia propia. La verdad tal y como ella se la dijo le era muy diferente. Tenía una vida para ella. 

30
May

Peaje de libertad

Lo que era en la vida tomar malas decisiones. Le cambió la mirada. Había que pertenecer a algo, tener algo. Perdió todo lo que podía perder. Y venía de leer tanto que notaba el sabor de la tinta en los dedos. Además, se estaba haciendo viejo, pues le interesaba más el vino que la camarera.

Esa ciudad no era un lugar para que una persona afrontase una larga separación. Las personas se necesitaban. Quizás por ello se le sentó retrepada sobre la mesa del despacho y descolgó el teléfono. Tiempo después, uno de los dos cadáveres apareció en su última guardia conservando restos de lencería francesa de seda y, tampoco le cuadró mucho.

La pista de un coche como ése no tenía que ser difícil de seguir. Al día siguiente hubo mucho madrugador en los juzgados. Más así lo acordó y firmó su señoría ilustrísima dando fe.

23
May

Estaciones de paso, y ventanas al ayer y al mañana

Nos vamos volviendo adictos a la soledad, a sentir paz, a no dar explicaciones, a tener nuestro espacio, a no dejar entrar en el corazón y en la piel a cualquiera, a ser autosuficientes y a brillar solos. A todo ese miedo y amor propio, a querer. El confort moral de seguir teniendo un bando o ninguno, antes o después de la incomodidad de tener que reconocerse, en definitiva. A no depender de otros. De ahí vagar por la España despoblada, deshabitada, vacía.  

En Suellacabras a los niños jamás se les enseñó a aburrirse. Fueron pastores, cabreros. Y ese rostro del pasado pervivía, además de los gatos negros, los días cortos y las noches largas, o viceversa, que el tiempo era cambiante, caluroso más bien. Seres que sabían cuidarse, mejor o peor.

¿Por qué ese pueblo soriano y no otro? Por huir. Por no ir todos los días al gimnasio, por hacerle kilómetros al coche, para salir en vacaciones, por aquello del aburrimiento de la tele, por salir de uno mismo y no darse a la obsesión de querer a alguien cuando la misma se fue, sin ni llegar a despedirse siquiera.

Cierto es que eso mismo sucedió en Suellacabras, hiciera o no calor. Donde habiendo gentes que salían a la plaza del pueblo con sus sillas o las del bar que hubo, otros afanaban los campos, animales y tierras, transitando esos caminos y parajes más que secundarios. Sí, gentes que no se saludaban, queriéndose. Pocas, porque eran pocos, pero sentidas.

Extrañeza y cercanía. Justo lo que se sentía en tal lugar al paso de los coches, invadiendo sus intimidades. Un pueblo, para el que hubo muchos pueblos y ninguno, circulando y apenas parando, tan solo a dejar esas instantáneas de verdad y desazón, de soledad, de parquedad, dolo y rabia. Esfuerzo y aspiración. Quizás, esperanza y malestar. Necesitando algo más que un sitio propio.

Un sitio adonde volver cuando no había nada mejor que hacer. Excusa y vida. Casas viejas con casas nuevas, unas y otras entrecruzadas por barrios efímeros, la maleza del campo y el ruido de las hojas de ribera si se tenía mejor suerte. Estaciones de paso y ventanas al ayer y al mañana.

Estancias donde a la ida y a la vuelta ya hubiera una ganancia, por ser parte de uno mismo. Costosa mujer indomable, mujer perdida, que no rostro del pasado. Pocas cosas fueron tan humanas como ella y ese viaje sin la misma a Suellacabras, pensando en que las guerras del mañana se lucharían en el mañana. Y no. Todos los generales fueron a la guerra sintiendo lo mismo: miedo, amor, vulnerabilidad, cabreo, inquietud. Una soledad mayúscula e inusitada.

El libro fue una gran jaula al aire libre para el autor. Arder y no quemarse. Darse cuenta de que había dejado entrar a alguien en su vida y que, tras varios años, mejores o peores, se le había marchado. A fin de cuentas, las mejores personas siempre llegaron sin buscarlas. Y los libros le eran eso: juegos de la eternidad. Cosas, no palabras. Vida e identidad.

La vida que conllevaba días de esos, en donde los recuerdos le invadían y necesitaba salir; mientras el corazón tuviera deseo y la imaginación conservase las ilusiones. Luego escribir le fue barro en los ojos, consciente de donde estaban los límites. Respetándola como a ese mes de octubre que nunca terminaría de irse del todo ni acabaría de quedarse para siempre. Un largo octubre, con su primavera y su verano; siéndole las emociones de lo más honestas, no teniendo en quién apoyarse.  

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