Pedro Belmonte Tortosa

19
Dic

Yo antes era mejor persona

No es que fuera de una bondad extrema, ni de esos que iban abrazándose a los árboles en las ciudades de humo. Tenía lo peor de un hombre y lo peor de una mujer.

También sabía hablar de fútbol, pero sobre todo de lo que les pasaba a las personas. Recordaba y olvidaba sus nombres, cierto. Tanto como que los hombres adultos no se preocupaban por otros hombres adultos, sí las mujeres, capaces de hacer cualquier cosa con tal de no estar solas.

Que no esté ya muerto de mil maneras es una mezcla de casualidad y milagro. Vivir siendo uno mismo y no poder pedir perdón tiene esas cosas. Las personas se llevan muy bien cuando sacan provecho las unas de las otras.

Siempre le llevaba un día de ventaja al diablo, como poco.

Como cartero sigo prefiriendo la bici de siempre al taxi o a esas motos eléctricas que no hacen ruido, peor aún esas furgonetas que no son ni una cosa ni la otra, que parece que llevas algo y luego sales con una mierda de cartoncito con algo dentro, como si no cupiera en el manillar de la bici. Eso sí, mucha electrónica, mucha pijada, mucha inteligencia artificial y hay que seguir firmando con el boli o con el puto dedo, ¡panda de guarros!, ¡qué algún día voy a pillar algo!

Y lo de los hoteles. ¡Un hotel donde no te apetece robar nada no es un buen hotel¡, ¡joder!

De verdad que Correos se está yendo al carajo. En tiempos fuimos plenipotenciarios, sobrios como un juez, no fanfarrones de mierda.

12
Dic

Otro que no pudo casarse

Le sirvieron el divino café en el mostrador y, justo cuando iba a dar el primer sorbo, las lágrimas le cayeron solas. Los pies se le deslizaron hacia su interior, le resultó difícil hablar. No fue el cuenco de helado de menta con pepitas de chocolate, o las hamburguesas. Miraba sin emitir sonido alguno. Sin explicar de qué se trataba. Y al ver los dos chicos sentados a la mesa masticando sus sándwiches y bebiendo su leche les intentó parar, ahora bien, difícilmente pudo. Concluyó, que no le haría falta la pistola.

Hacia el fondo, alguien soltó una especie de carcajada, un breve gañido que ascendió del fondo de sus pulmones como una perdigonada rebotando en la pared. Otro que no supo elegir el menú, pues no mucho tiempo después su hijastro le dio unas palmaditas en el hombro y la espalda sin que se repusiera.

Y así uno tras otro, la mayoría hombres. Dar gracias a Dios de poco valía, pereciendo horrendos y penosos, gradualmente asfixiados. Hasta el peor de todos.

Una sudafricana blanca con la tez morena de una norteafricana en absoluto tenía culpa alguna. Una morena de piel oscura que no era ni bonita ni fea, sino especialmente fascinante a ojos de Monroe, y su señora (de vida insípida y convencional, salvo por eso).

A la postre, ese matrimonio empezaría a transigir de mejor modo con otros reclusos, máxime con los que no entendían su lengua, ya sin poder hacer uso de las cocinas y la mentalidad moderna. El taimado centinela que tuvo la feliz ocurrencia todavía bajaba la vista y se encogía de hombros, acordándose todos de lo que pasó gracias al plato, el tenedor y esa mesa que jamás se recogería. Otro que no pudo casarse, y al que sí le hizo falta la pistola.  

Castigo de Dios y de los hombres en la Tierra

5
Dic

Vivir en la memoria del otro

Ese era el meollo del asunto, la previsión de una época en la que ya no estuvieran juntos, un tiempo futuro en el que desaparecería todo lo que venía sucediendo y ellos se convirtieran en fantasmas que vivirían en la memoria del otro, y por eso andaban hablando de niños y de que querían tener uno.

Por primera vez en la vida él empezaba a tener un poco de miedo de sí mismo. Ella, una alegría que no había sentido en meses.

La Navidad lo jodería todo.

4, 3, 2, 1 PEBELTOR

 

29
Nov

Le gustaba pensar…

…que aún tenía un pasado.

28
Nov

Compañeros de suelo y suela

Tal vez se conocía a sí mismo, pero no conocía del todo a los demás. No obstante, creía haber entendido lo que debía hacer para progresar en ese mundo, aunque a veces se ufanase por ello.

Su mujer le dio su conformidad con un gesto de asentimiento. Una mujer que fue muy combativa. Su padre, el maestro que fue alumno, también lo miró a sabiendas que el hábil fue una vez torpe. Habían pasado ya los años invisibles para ese esposo e hijo.

Todo, en esa sociedad dicotomizada, de buenos y malos, en donde ya no quería tener tanto la razón, y sí ganar dinero y sacar adelante a su familia. Otrora época tuvo por costumbre pensar que en Europa la naturaleza estaba domesticada, y que ciertas cosas solo ocurrían en otros lugares.

Su padre, el reverendo, no había conocido a nadie tan obsesionado con una mujer. Ahora bien, ser inocente no siempre le salvaba. A la gente le asustaba morir abrasada, o que se la comieran viva. No todos podían ser Santos. Su hijo, calles más arriba no tendría apenas tiempo para pensar. Había llegado el día en el que sentarse a verle morir.

Consciente de las tremendas proezas del ser humano cuando se quedaba sin dignidad, la mujer tenía hecha una maleta, ya sin intención de eludir la verdad, habiendo tres impresos pulcramente ordenados, una persona que nunca había aprendido a hablar y que lo había oído siempre todo.

23
Nov

Contempló la inocente sonrisa…

…dibujada en su cara.

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