El martes salió a correr y a la vuelta, en el buzón, se encontró una carta repartida a mano; sin sello, sin dirección. Apenas su nombre en el anverso.
No sabía mucho sobre esa mujer, casi nada, en realidad. Cierto que le sonaba el nombre.
Qué extraño fin de semana fue aquel.
A los milagros hay que llamarlos.
PEBELTOR

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