julio 2025

4
Jul

Mujeres y hombres, amén del ruido de…

Lo que más atormenta es lo que no nos ordenan hacer.

El libro va de eso. Y acaba como acaba. Era y es España y el mundo que había y que tenemos. Madrid, provincias, el mar. A menudo, algunos taxistas solo rellenando espacios. Porque hacemos y deshacemos, sentando los principios de nuestra decencia, de nuestra ley.

¿De qué servía la palabra de un muerto? Sí, ¿de qué servía la palabra de un muerto? Debiéramos enseñar a nuestros hijos que el verdadero éxito radica ante todo en el humanismo. La esperanza pese a todo. Porque, cuando la gente desaparece se le deja de leer. Y este libro estaba abocado a llamarse El mar de la primera vez e ir por otros derroteros, no obstante, se prefirió centrarlo en lo más cercano a un héroe que podía datarse en esos tiempos.

No en vano todo son olores, miradas, secretos y complacencias para al final poner la lealtad en las primeras emociones. Que, de cualquiera, su sombra siempre sabe lo que teme. Y era el momento de hablar de esas postales, donde la guerra era herencia, con la prisa y el bullicio de un espacio obrero y urbano.

Quien fue ya no es, y como si nunca hubiera sido. Envejecer siempre fue parte de la vida. España, Madrid, no te da la mano, escribir y los barrios sí. Sin ello, que quieto resultan todos aquellos momentos. Sin la familia, sin el aluvión poblacional. Que quien escucha, su mal oye.

La gente necesita tener su propio legado, que demasiado complicado resulta ser valiente. A los milagros hay que llamarlos no es un título porque sí. La gente necesita señales para creer en su propia fuerza. Con engaños, embustes, dioses, altares, premios, negaciones o lo que se tercie.

Fotos muy presentes, jueces y mierdas de todas, en resumidas cuentas, quien, escribiendo las escenas a espaldas del paraíso, al igual que el autor, aprendió que más que al amor duraba olvidarlo. Viendo a la gente pasar, cual nómada en busca de consuelo, fumándose un puro departiendo con el que le tocase al lado en el luctuoso aniversario de su esposa, si acaso, pues la normalidad estaba entre lo que eran y lo que debían ser. Escribir también era eso: imaginarse relaciones, decisiones difíciles, muertes, adulterios, urbes de toldo verde, mares en calma, las piedrecitas de una playa o la flama de los espejos por cuando había que ganarse el pan, máxime, cuando Dios desaparecía de la ecuación, no habiendo, mucho más por lo que ser buenos

Y tocaba atreverse, estar furiosa, áspera, liberal, viva, leal, cobarde, zorrear animosa… para no hallar fuera de ese bien centro y reposo. Mujeres y hombres, amén del ruido de Madrid y sus comidas.   

La clave está en gustarte a ti misma de verdad con tus arrugas, tus manchas y tus tetas caídas, cual cincuentona con dos divorcios y dos hijas a tus espaldas. Eso también es Madrid y el dolor y la sexualidad como centro de la virtud, los trabajos y los días. Justo ese Madrid y vida en donde a todas las mujeres les gustan los hombres que hacen daño al abrazar; aceptando en la vida el amor que creemos merecer.

Lean el libro, y me cuentan si es o no ese Madrid el Estados Unidos español, ese de los taxistas, sus bandas latinas, las putas y los jueces.  

3
Jul

A los milagros hay que llamarlos

La gente se moría, pero eso era vivir. De ahí que A los milagros hay que llamarlos.

Quise escribir de eso, de esa prisa y bullicio, de esa profesión de profesiones, con sus miradas, olores, susurros y esperas. De los taxistas y sus mujeres enfrentados a su propia brújula moral por cuando no había mucho más; y quise hacerlos héroes y villanos, sobre todo héroes como si tuvieran miedos más grandes.

Los hice perderse en ese bosque de la capital de Madrid, capital de capitales, añadiéndole el mar, cuales lugares soleados para gente sombría a esos personajes con toda la vida por delante.

El tapiz resultó ser grotesco, épico, bello. Costumbrista. Al tiempo que el mundo iba despacio, en sus trece, ellas parecían perras, afanándose a su salvación en un mundo frío, estridente. Ellos, dominándolas. Descubrí cosas que nunca hubiera creído. Ni de buenos ni de malos. Cánones ocultos y hechos vitales, no habiendo nada más asombroso que el hombre y su tiempo, máxime sin familia y queriéndola, necesitándola.

Esos y no otros eran los secretos de ese bien tan escaso: la esperanza pese a todo. Sobrevivir, tener y tenerse. Mitos de la inmigración aparte, así como los juegos de la edad tardía. Habiendo un punto en el que la seguridad en uno mismo se convertía en locura.

Un libro sin campesinos ni señores. Sin aviones de papel. Apenas sin ironías. Estaban las madres, los mestizos y la propia vida. Hubiera preferido no matar a nadie, ahora bien, formaba parte de la misericordia de los días y los trabajos. No en vano esos taxistas forman parte de la vida real, tan propios de sus orígenes como que el resto les tiene odio. Porque saben de los rostros del mañana y de los corazones helados, saben de la felicidad de las mujeres, del amor y de hacerle surcos al azar. Les gusta la gente que come, que habla de comer, y que se reúne para comer y hablar.

Junto a ellos se aprende de las anatomías de todos esos instantes, suyos y de sus clientes, de los celos y de los mapas de soledades, que las hay, y muchas. En Madrid, la ciudad de la libertad total, esa que ya existió. Del lugar perfecto donde cometer un crimen en la frontera más corta del planeta, ciudad cosmopolita por antonomasia. Que, como los soldados, lloraba de noche.

Como moralina, decir que la sociedad tiene que mejorar mucho, el sistema, las personas; y son los niños quienes podrían cambiar las cosas. Los taxistas lo saben. Esos que cuando van al mar siempre lo ven por primera vez, como que pidiéndole perdón a todas las mujeres que aman.

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