Al final de la adolescencia fue cuando empezó a pegar a las mujeres. Cuando lo trasladaron a Roma y se creyó todo un dramaturgo, aprendió oficio. Conoció a una joven actriz a la que casi deja en silla de ruedas. Pero el magnetismo de la necesidad se impuso a las reticencias:
-Mi abuela me enseñó a leerlas. Se puede saber mucho de una persona por las líneas de la mano -lo usó para sus disculpas.
Si hubiera un paseo de la fama en el mundo de la moda, el señor Lowell C. Denson tendría unas cuantas estrellas. Sabía más que nadie sobre los límites del engaño. Podría vestir a una pareja de rinocerontes y hacerla desfilar sin que los asistentes se fijaran en qué tipo de animales eran esas criaturas de herbívoros. “A veces un caballero debe dejarse engañar” les decía a sus chicas. Lo hacía, porque el riesgo estaba en no saber lo que se estaba haciendo. Y por supuesto era un defensor del largo plazo. Raras veces trataba con alguien o buscaba negocios buenos y comprensibles si no era para mucho.
-Compra solo lo que estarías feliz de mantener durante diez años -fue con lo que conquistó a su esposa, entre otros largos caminos a casa. Y esa misma dinámica la mantenía con las restantes.
–Cuando la verdad no puede ayudar es mejor mentir– era otra de sus cuentas.
La noche había sido mala. Se acordó de su madre y de esas cosas que no había hecho en la vida. Por joven, ya tenía una buena lista de asuntos pendientes. Su padre no le fue más que uno entre un millón. Ni durmió en casa.
A todo esto, el padre, después de esnifar su segunda raya del día o de la noche, según desde donde se partiese, se fue a rezar. Era el único día del año en el que acudía a la iglesia.
Las luces navideñas parpadeaban en los escaparates y, los aires, estereotipados, olían a nieve. Era lo primero que había que hacer: tomar conciencia. Las farolas lucían guirnaldas. Algunos las iban recorriendo y había un montón de gente haciendo cola para probar las castañas asadas. La vida era un regalo, con o sin cierta vacilación y palmeras de chocolate. A cada lado del mantel blanco, ya en casa, ella sintió de pronto una honda lástima por él. Todo muy bonito. La débil luz del salón lo sabía, por eso no quería ser el techo, con ganas de que todo se le derrumbase encima. Le habían llevado la compra. Ese negror de la pobreza lo embarró todo, y su reflejo.
No. No hubo tregua ni en Navidad ni en Fin de Año.
Las palabras y las grandes representaciones no cumplían con las sentencias supremas. Desearse lo mejor incluía a niños bebiendo de un lodazal, lejos, cerca, humillados, olvidados y sedientos; también los felices por haber salido. Como el repartidor, a quien diez días más y nadie lo echaría en falta del centro, ni la fuerte luz de la entrada al mismo, señalándolo. Saldría y no podría entrar, por decreto y por cojones: había que buscarse la vida y tener varios horizontes.
De origen desconocido, el príncipe de los escándalos, años antes hubo de sujetarse a los restos de una barcaza para que la mar no se lo llevase consigo. Apenas lo quería recordar. Entregaba la compra y daba las gracias. Justo lo contrario que cada noche al regresar al internado, donde antes de acreditarse por tres veces para asearse y tener acceso a una cena caliente debía escribir, como mejor pudiera sobre su familia. El director no quería que se olvidasen del color de los ojos de sus padres, de quién era más alto, de sus voces y el tacto. De ahí el apodo marcado en su taquilla y gorra. Príncipe de los silencios; porque renegaba, y no se lo permitían: debía recordar todo cuanto hubiera sido, saberse las direcciones de la gran ciudad, de qué pie cojeaba cada clienta del supermercado, el día que harían el pedido, la forma de pago y lo que consumían no era del todo saludable. La soledad de su propio hijo la sentía en sí mismo el director, que se sentía tiranizado por los caprichos irracionales de tanto afán en separarse en las sociedades modernas, fidelidades conyugales o malditas bendiciones aparte. Muchas veces con dolor, y una honestidad entrañable, tanto lo que entendía de los demás como lo que comprendía por sí mismo, ese exalumno llegaba casi a agitarlo abnegadamente ciego hasta que el principito volvía a ese pequeño lugar de donde salió.
Los pecados de una chica casi decente eran esos, que a veces jugaba contra sí misma. Una vez se quiso sujetar los párpados con celofán. Otra, se coloreó la lengua y hubieron de atarle las manos para que no siguiera más adentro. Pero la primera vez que tan importante fue el delito como quien lo cometía, no tuvo otra ocurrencia que volver a iniciar siempre la misma conversación: desde entonces se medicaba.
Llevaba la vida en una tarjeta desde que murió su chico. La vida le estaba hecha de momentos absurdos. “Diste un paso adelante, te dije que no”. Si lee esto, y/o escucha varias veces la frase, por favor llame al Centro Remenber My, Columbia. Tf 36524 ´Soy Mary Anne2, una paciente´. Diga eso. Y déjenla aplaudir, le calma. Cúbranla y esperen que llegue la ayuda: somos rápidos.
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