Extraños (Blog)

25
Jun

Ropa tendida y algo más

Con qué poco, alguien puede poner en movimiento una implacable maquinaria de destinos y fortunas, tan compleja y bien engarzada como la de los astros de la bóveda celeste y, ubicarte en ese lugar donde los que son alguien se convierten en nadie, y donde los que no son nadie se convierten en alguien, que también es necesario, según los días y la ropa tendida. 

18
Jun

Dos camas para nadie

Difícilmente se podía ser más egoísta. Ella nunca le mintió a lo que le preguntó, y siempre le cuidó. Pero sí, salieron negros. Negros como el carbón. Los pequeños Antoine y Susan apenas anduvieron por el mundo unas horas, justo las que necesitó su padre para malograr sus vidas.

Lo peor no fue eso. Los servicios de mediación familiar apenas consiguieron algunas noches en un motel del pueblo y, ni la supuesta ayuda vecinal convenció a su esposa. Ella siguió compartiendo techo, día tras día, y hasta sus oraciones. No se perdió ni la mismísima antenoche del funeral en la que dieron la bendita sepultura a sus criaturas. Así las llamó siempre su padre: criaturas.

No obstante, Elianne, esa madre dolorida no solo por las entrañas, se dispuso a sacarse la leche de sus mamas cada cuatro horas, cinco, seis o las que fueran. Y siempre pensando en esos que llevó en su vientre durante los casi nueve meses, sentada en la butaca frente al cuarto de mayores que tan bien construyeron. Eran niños deseados, programados como casi todo en la vida. A su edad, o se hacía así o no se hacía. Con cuarenta y tres años largos y ningún parto previo si el conducto por el que circularía el niño durante el alumbramiento no estaba creado de antemano habría que andarse con mucho ojo, que no todo en ginecología y obstetricia pasaba por rezar a San Rafael y gestar sacando por el vientre y la placenta.

Ojo que les faltó. Y que ni en la ultimísima radiografía cuatridimensional pudo alguien observar color de piel alguno. Aparentemente cultos, ningún profesional del extensísimo equipo médico que les trató cayó a lo largo de los dos años previos y ese embarazo, en la cuenta de explicarles esa posibilidad de sus ancestros. Blanca como la leche, ella; y, pelirrojo como una zanahoria, él, la cuadratura del círculo se produjo tan notablemente que cuando en el paritorio le entregaron al esposo al primer recién nacido -que gritaba como si tuviera dos cojones- lo dejó escurrir soberanamente, para de inmediato echar mano de la otra llorona criatura y hacer lo propio. Y todo ante los ojos de Dios y de su querida esposa, esa que no era una feligresa más sino la bendita y bella mujer del predicador Thomas.

No contento con ello, arrancó por dos veces los equipos de reanimación a esas criaturas entumecidas, exacerbado e implorando a no se sabe a qué Dios o deminio, haciendo del paritorio toda una Sicilia en pleno julio. Y ella rasgada, cosida por la pelvis, el útero, el cuello uterino y la vagina y sin poder sentir su propio dolor fruto de la epidural, borbotoneándole la sangre a mansalva a pesar de los inumerables esfuerzos de la cirujana que no terminaba de cerrar del todo esa vorágine que los forceps y la indómita experiencia humana habían conseguido.

El jefe de policía, su hermano, otro artista del insulto, siempre supo que lo mejor era dejarlo suelto, que Elianne ya se encargaría. En los archivos constaban cincuenta y dos posibles asesinatos achacables a ella. Todos de criaturas de menos de un año de vida, en circunstancias parecidas y con la probable presencia de ella, blanco de todas las acusaciones de puertas afuera, llenando el cielo de almas. 

11
Jun

La soledad final

Uno quiere que le toque la lotería, que le den masajes, comer bien. Estar sano. Practicar deporte asiduamente. Salir a pasear, viajar, tener su campito. Que no haya malos rollos en los trabajos, y que sean eso, trabajos que no disgustos. Y evitar el tener que pedir favores, que siempre cuesta.

Con todo, hay quienes se dan a correr maratones, los que se suscriben a revistas, y quienes tienen más valor que cerebro. Sí, más o menos, lo que nos pasa a todos por la cabeza viene a ser lo mismo. Incluso se podría decir que sobran filósofos, psicólogos y abogados (admitirlo ya no es un castigo público y social, con esto del coronavirus). Puestos a sobrar, sobramos todos, dado que la naturaleza tiene su propio orden.

Pero hay otra cosa interesante que a todos nos sucede. Y es que, en algún momento, en algún lugar, a veces se siente un cariño especial por un hijo y no por otro, o por otro miembro de la familia. Así de especial puede ser la vida. Y, que, si las personas fuéramos como los perros, por ridículo que parezca, llega un día en el que la perra ya no conoce a sus cachorros y, ni sufre por ellos. Son duros consentimientos que no reproches. Empujones del querer. Posiblemente más propios de finales que de inicios si se toman a mal.

Por ello es importantísimo saber de la soledad final. Soledades que se producen cuando los compañeros se nos jubilan, o cuando los seres queridos se nos van de este mundo, por ejemplo. Esa otra aceptación de la realidad a uno le recuerda que un día alguien le subió a una bicicleta que le parecía enorme, de esas de carreras cuando no había otras, y que le enseñó a dar esas primeras pedaladas. Bicicleta, de la que nunca más supo y, que se guardaba en la memoria, como aquellos empujoncitos para ir soltándose y quitarse el miedo con alguien al lado para sostenerte y guiarte dejándote ir. Todo, en una calle que de poder ir a recorrerla de nuevo apenas los ojos la reconocerían y, que, sin embargo, su olor imperecedero tendría.

Con virus y sin ellos, al final somos eso: recuerdos, acciones, palabras. Con la voz más o menos templada y con y sin exabruptos, pero eso: seres que tartamudean sus experiencias cuando uno menos se lo espera o cuando la vida te pone en tu sitio. Pues la soledad del día apenas nos permite quedarnos en el recuerdo, en lo que se hizo o dejó de hacer y en lo que se dijo o dejó de decir. Una mirada, un empujoncito, aquel abrazo de hombres, el beso como mujer… y otras tantas suertes.

Ciertamente, la sensatez siempre fue el mayor signo de radicalidad en cualquier tiempo. Y luego decimos de la esclavitud, o de las faltas de juicio. De ahí las suertes, esos momentos que parece que no lo son y que la vida los clava en el cajón de los recuerdos.

4
Jun

Vivir en una pecera

Las gotas volvieron a caer sobre las piedras. Ni cafés con leche o café irlandés. Las arrugas de la vida se les marcaron. El pelo les siguió creciendo. Les dolió quererse así: con palabras y sin ellas.

El picor de la infusión más la dulce canela acrecentó la envidia al alcance de la mano como hombre que era. La misma tentadora intensidad.

Ella siguió soñando, poniéndose guapa para él cada mañana, lo viera o no. El otro tenía otro ruido definiendo los momentos, en lo pequeño, en lo inmenso.

No carecía de encanto un mundo tan terrible.

Necesitó dotarse de sus rutinas. Que se le desordenasen los días le reportó una sensación muy rara. El no saber cuándo volver a verse, ni para qué, verse de veras, le generaba hartazgo. Los pareceres y sentimientos más íntimos quedaron en un calvario silenciado.

En todo ese hilo de continuidad, él empezó a robarle todo poco a poco. Primero una tortuga, de las pequeñitas, como si nada; después, ropa, enseres personales y todo tipo de hallazgos, estando ella lo más atractiva posible, queriéndole y hasta susurrándole al oído cada vez que lo llamaba, evitando la destrucción y el olvido. Resultó imposible condensar más amor en esa convicción y hurtos. Le quitó hasta a los clásicos en busca de consejos para vivir mejor. Cicerón, Séneca, Epicteto y otros dilemas cambiaron de hogar soslayando contradicciones. El rigor oportuno de la policía no consideró esa idolatría, ese pareció honesto, trabajando duro y llamando a las cosas por su nombre.

Ahora bien, un día, tras esos largos etcéteras, ella, sin miedo ni motivo optó por volver a esa casa donde el mismo la sedujo. Y cotejó hondamente cómo ese había convertido la casa en un mundo mágico. Libros, sábanas, mantelerías, la moto, el coche, la flor adormecida del baño, ¡hasta los trapos de la cocina!; y cómo no, a la tortuga le dio más vida pues supuso que a su dama le gustaba la vida marina acompañándola no solo de peces y más peces, sino que también de flora acuática. Cierto es que consiguió ese marcado color azul que tanto le había desvelado la dama en sus affaires de cuarentena.

La ración de dolor fue muy superior a la ración de placer, más volvió a meterse en la cama con el hombre inapropiado. ¡Puto jengibre!

 

28
May

Aquel bichito al paso del mirador

Difícilmente se podría volver a encontrar otro lugar así, algo conjunto y algo único, hecho de pequeñas cosas. No estaba en Ámsterdam, Londres o Berlín. Estaba uniformado y al tiempo resultaba imposible de definir, salvo por esa brisa y aquel bichito al paso del mirador.

Para todo había una primera vez y, como seres humanos, nos dimos a la vida pública, la vida privada y la vida secreta, juntos. Ella lo propuso, retando hasta al idioma. Una de esas personas invisibles, a la que sin quitarle ni la ropa ni los zapatos se le adivinaba mucho más que los ojos.

El mirador fue estrés y lástima. Una ventana, dos personas, corrientes de aire y piedras quietas ayudando a sostener toda esa naturaleza, amén del silencio de esa eternidad y todas las ausencias. Alojarse en ese banquito, y su hermano, con la carretera de fondo serpenteando en el horizonte, de primeras fue un llamamiento a la responsabilidad. Algo puramente real, manejando las distancias y ese todo.

Jamás lo hubiera sentido como un lugar tan cerrado y abierto de no haberlo descubierto con ella, compartiendo algunas de las miradas que previamente nos habían unido y estar enfermos, porque así fuimos a ese mirador tan verde.

Para cuando sintió mis latidos ya habíamos vuelto a casa y estábamos en otro día, aunque aquel bichito, de aquel mirador, seguía estando. Era alargado, negro y con manchas rojas muy llamativas, de cabeza más gorda que el resto de su cuerpo. Ella no, simplemente por la forma de volver, que se me abrazó.

Me costó aceptar esa desnudez. “¿Dónde estabas hace veinte años?” le pregunté. Fue con prudencia. Y no muy acertado. Ella fue feliz, venía de eso. No obstante, supo no bajar la guardia y no mentirse ni mentirme. Ni me corrigió. Solo compartiendo el abrazo de su espalda y mis manos o viceversa, y casi que nos corrió la noche en el día como aquella primera vez.

Se parece a alguien que alguna vez creí conocer, como toda mujer que se precie. Los sueños son así, lo alteran todo y un hombre siempre es un hombre.   

Quiere volver a verme. Lo dijo no como un murmullo acusador o con sonrisa cadavérica y piel acuchillada. Todavía no me ve como a un dandi sanguinario. El tiempo, esa imagen móvil de la eternidad la hace joven, alta y bella. Ni una heroína de cómic tendría mejor planta.

Si algo he aprendido con los años es que a veces las personas no necesitan que alguien les ayude, a veces solo necesitan que alguien las quiera mientras ellas se ayudan. En ese ejercicio de pérdida de memoria estoy. No sé si porque luego vendrá algún que otro cuento con mecanismo de relojería que me destroce. Pero me dejaré. También necesito la tiranía del éxito o el precio del liderazgo: a mí también me apetece, y mucho, relajarme, disfrutar y seguir creciendo sin dejar de ser yo mismo.

Ya le advertí que me quedaré dormido, que son muchos años, y que no hay gestión de la felicidad sin ese salario digno, sin conciliación y sin un reparto justo de las tareas, dejándome vencer en sus entrañas. Como perros adorables haremos de eso.

Ella dista mucho de ser un detalle, tiene sus muchas cualidades (hasta pinta), pero no recarga esa incómoda sensación de paisajes que te hablan y mudan. Por eso me gustó de más el mirador, porque cada uno fuimos lo que somos. Entregados a esa raigambre de encontrarnos y de ser lo que tenemos y donde lo tenemos. Jugando a eso del qué hacer si te tocara la lotería no salieron absurdeces algunas. Y no porque yo con ocho años ya fuese viejo.

Los días de después no sabía si preferir que me lloraran los ojos por culpa del sol o que cada dos minutos hubiera de limpiarme las gafas en caso de tenerlas. Pero sí, sigo enfadado con el mundo. Este mundo en el que no tenemos límite ni para hacer ni para dar.

Y todo con la realidad incómoda de gente que rebusca en los cubos de basura para alimentarse, con otros tantos paseando banderas y lujos, no siendo de nadie. Pero sí, las historias más vendidas son montañas rusas. Creo estar dentro de una película de sobremesa con la piel intrusa de ella en mi mente. Quizás, el mundo entero necesita reiniciarse y empezar a mirar a los barrios más cercanos y dejarse de otros tantos testimonios.

Cuesta creer cómo en tan pocas horas, sé, sin que me lo haya dicho, la comida que más le gusta, si es creyente o no, a qué vota si es que vota, si lleva o no tatuajes, qué le da miedo, si es friolera o calurosa, qué parte de su cuerpo es la que menos le gusta y en qué piensa cuando no se duerme y se aferra a intentarlo, cosa que le sucede a menudo.

La naturaleza no es exactamente cómo nos la esperamos. Más con los días de calor… Tonto de mí, algo debo haber somatizado. Hace dos días leí que los Países Bajos recomendaban a los solteros buscarse una pareja sexual en medio de la pandemia. Lo mismo estoy en eso que dicen un bloqueo “inteligente” o “selectivo” y apenas seré un amigo sexual.

Sospecho haber contraído algún tipo de virus… Hasta ahora, por lo menos no me ha pedido que la lleve de vacaciones o que le compre una casa o un coche, sencillamente nos miramos y estamos… A lo mejor cuando me duerma con ella, pasa a ser un bichito de esos negros con rayas rojas y me come enterito. ¿Quién sabe? Para los de mediana edad siempre será otoño o primavera, aunque ella es joven, como toda mujercita. Pronto, su hija la alcanzará.

 

 

21
May

Y enterrar las dos mitades o cazar mariposas

Hacia la niebla de la tarde, como cada día, como cada noche, se inventaba, prometiéndose a conciencia rellenar su almohada cuando menos con su sola presencia, queriéndose en el aliento e intentando dejar de ser una adulta más, por todo lo vivido y por todo lo que le quedaba por vivir. Un vivir en dos mitades.

Hacia las cuchillas de la mañana, mezclándose con el ansia, y si por cejas tuviera pinceles, las escamas de su piel ni le eran ni pigmentos ni rumores sino espaldas y volcanes, queriéndose hasta venderse a cualquiera de lejos. Un mal maquillaje de tantos. 

Entre tanto, ni los teléfonos de bolsillo, los vestidos y sus estampados o tantas mascarillas de las modernas le reportaban más verdad que darse a cazar mariposas, con el fin, también, de contribuir a su recuperación, que no todo eran esas otras economías sociales o el ponerse la peluca de cada día para seguir fingiendo que todo era maravilloso.

A eso se dio la mayoría de la gente, a esparcir las huecas ensoñaciones, saliendo a las terrazas, andando cuando nunca antes lo habían hecho o, a acudir al trabajo con ganas. Gestos, bienvenidos, pero gestos, al fin y al cabo. Toda una lección de ciencias naturales.

Detrás de la memoria, de las esquinas, de las pisadas viejas como que se necesitaba ese frenesí, instantes y efervescencias. Las agudas intuiciones psicológicas y los extraños misticismos de los confinamientos necesitaban de esa luz de cada cual. Para unos, humo espeso; para otros, diez metros de nieve a los que lanzarse y que rumoreasen todos los demás, hubiera o no copos blanquecinos o fueran todo motas de polvo y polen; para los entendidos, las mujeres se equivocaban desordenándose con esa cierta atmósfera de Venus. Otros que no veían ni la superficie pero que no podían dejar de mirar la pretenciosidad y el esplendor a medida que el vigor físico les ensanchaba. La ciencia siempre fue así, como la naturaleza: caprichosa.

El caso es que las grietas ya no podrían seguir creciendo, ni los besos de labios invisibles. Tocaba darse sí o sí, por mascarillas que hubiera, quien no se hubiera dado antes; eso, o el cazar mariposas y seguir en dos mitades.

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