Hay responsabilidades que son despedidas, que verbalizan malestar y que acallan debates internos, además, generan un espacio de unidad y un caos organizado. Habiendo tantas coaliciones, pocas resuelven conflictos, lo más, radicalidad, extremismos y el empobrecimiento de volver siempre a lo mismo: ambiciones diarias. De esos estrechos márgenes y el termómetro de los sinfines, trata Dinero y mujeres. Un eco firme, un rumor disuelto y un escándalo pleno de egos y desmanes varios que cierran la eternidad. Un cambio de todo, ¿o no?
Decir una cosa y hacer lo contrario, ¿por qué ese mal de todas las economías? Evidentemente, es la vacuna cultural de expandir los horizontes de lo posible, y la mosca cojonera que revolotea de puertas adentro.
Vivir en la exclusión, embargado por uno mismo, equivocándose de adversario inclusive, ¿regenera, cuida, protege? ¿Hasta qué punto se puede estar condicionado? Ese urbanismo que involucra, la edición reducida del ser y estar y de morder lo anónimo es la punta de lanza, el último recurso de los tiempos de la desesperanza… un helado que se toma sin ni enterarte, cucharada a cucharada.
Hace unos días, un compañero, de los que son buena gente, me comentaba su enhorabuena -Vamos a tener el segundo- decía. Y se sucedieron momentos de trabajo y esos disfrutes personales por su parte.
Al poco, en otro hacer me quiso poner en conocimiento de algo, pero no pudo concretarme el hombre. Los dos estábamos liados y entendimos que ya habría tiempo para confesarse en el buen sentido. Sencillamente trabajamos y vivimos la vida que nos toca vivir.
Ayer, el mismo me informó en petit comité -¿Te acuerdas que te dije que te tenía noticias?- al coinicidir en otra reunión de las nuestras.
-Sí, dime- le pregunté. Figurándome algo malo, con la boca chica le dejé caer -¿le pasa algo a tu padre?
Y con lo grande que es, hasta supo disimular en cierto grado: -Pues que a los siete días de comunicar el embarazo mi mujer a la empresa la despidieron.
Conocedor, en parte, de la empresa en la que lleva ejerciendo su mujer, le apoyé compartiendo la incredulidad e indignación: -A esa empresa lo que había que hacer es cortarle de inmediato las ayudas públicas que recibe- y me paré por no ofuscarnos. De todos modos, ¿habréis reclamado?- añadí.
-Sí, estamos con una abogada laboralista, ya lleva otras tantas reclamaciones de la misma. Y sí, había que hacer algo ejemplar– subrayó.
En eso quedó la cosa, volviéndonos a ocupar de nuestras respectivas tareas; lo que sucede es que a uno se le queda un poso que duele…
Uno intenta desconectar y no puede. Están los diversos eventos festivos que gozan siempre de un panorama aceptable por la sociedad, y esas normas (como las de la igualdad) que congenian los/as gobernantas con las conmemoraciones oficiales y los paradójicos presupuestos, dando cuenta al paso de las horas de la ingente estupidez y desvarío de esto que llamamos sociedad del conocimiento a la que nos vemos sometidos… En lo que vendría a ser la indecencia, la inmoralidad, la tradición y el atraso podríamos definir esas prácticas, que por otra parte son admisibles, y conjugan con la incuestionable rentabilidad. Y no es sórdido admitirlo, es hasta respetable que cada cual ambicione su cuota de mercado, su beneficio empresarial y hasta su afán de protagonismo, otra cuestión sería, el por qué tengo que ser yo un hombre malo si denuncio esos hechos ante mis superiores, y además de jugarme el puesto de trabajo tener que ser tachado de ir contra el sistema y no ser corporativista. Incluso te dan a entender los tejemanejes de los juzgados que queda mal pensar el darse a contratar a alguien para que actúe en plan sicario y haga lo que las buenas políticas no hacen y deberían estar haciendo. No es menos cierto, que encima uno debe luchar contra la desidia y el pesimismo manteniendo equipos de trabajo que no están sustentados en una buena base normativa, con las funcionalidades que requieren los tiempos actuales y los medios precisos, pero también quejarse de eso es ser mal trabajador, conciudadano, vecino o como se quiera entender, porque si lo pones de manifiesto es que no sabes gestionar y no eres un buen adjunto… ¡Cuánta determinación falta en tanta cultura de lo asequible!, nos sobran milongas…
Lo que no sé, es dónde están los sindicatos, los buenos empresarios, así como los colegios profesionales que velan por la deontología, pareciera que tampoco se dedican a gobernar más que lo suyo, y ya llevamos con esto, y otras innumrables cuestiones, desde antes de la antigua Grecia y las muchas Romas en las que pervivimos día sí día también… !Abogados laboralistas dicen!… al final van a tener razón los que se postulan bajo la premisa de que con un billete de quinientos euros se arreglan muchas cosas: crecimiento inclusivo llamaría yo a ese parto de pobreza y productividades varias. ¡Y luego a ver quién se queja! «Usted tiene una empresa, de las que solicitan y reciben ayudas públicas -o sea, de las del dinero de todos y para todos-, y se da a gestionar insolidariamente (por lo que sea); pues cuando menos a no pedir, y los diferentes Estados a no dar», pero… uno se queda peor que una escultura de animal tapizado cuando sabe lo que sabe…
¿Hay o no motivos para creer en el poder del dinero y los desvaríos?… «Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia» (Un Quijote en nada extraño).
Orgullosos y felices de vivir que éramos, despreocupados… después es verdad que no se hizo todo lo que había que hacer. ¡Qué rabia! ¡Ves como no es tan difícil! Estalla, estalla.
En apenas quince minutos… Hoy es un día para quedarse con lo positivo, obliguémonos a hacer un esfuerzo, aunque no fluyan las ideas… Toda la vida planeando y ahora sin maletas ni apenas corazón; además el diccionario no me sirve, no quieren hablar, está todo dicho.
¡Tan duro!, ¡tan cerca! Habría tantas maneras… y sin embargo. Además, ¡qué cacho carne! Si ayer se pudiera volver a ser, y con este buen tiempo… Pufff. Cómo me apetece con ese sol; y la ciudad repleta, con gente por todas las tiendas. Volvería, sí. Tengo que hacer primero un curso de ordenación interna.
¡Y qué cosa que eso haya causado tanto impacto! Parecía casi imposible, otra vez no ahondaré tanto, un beso y no más, debo controlarme… Ufff, cómo me atraen los jóvenes… en bares, comercios, ¡qué revulsivo y cuántas carreras en las medias!, no hay cosa más bonita que me las arranquen con esas alegrías, deseos llenos de vida. ¡Ay! Éste podía haber sido uno de esos favoritos: decía tener derecho y ciencias sociales, qué gracia, hasta me puso dinero. –Una cifra, dime- me pidió como si me conociera desde hace un año. Y no es lo que se hubiese tenido que gastar, sino cuánto hubiera podido seguir mi ritmo… no era tan bueno… Vicio o virtud, ¡pero te jodes cabrón!, yo aquí con mi corona de laurel y tú con tus conflictos; ya no seré tu cortesana veneciana. Llora, llora, tanque.
¡Qué cacho carne el chiquitín! -La típica risueña y divertida- decía el joven. ¡Deja el pabellón bien alto ahora!, ¡álzale la mano a tu puta madre, extraño¡
Mucha tensión se ha vivido momentos después, nos intentaron separar. La quietud, el tiento del murmullo, no más gritos y ese poco consumo de luz… Y el resto de horas quedándose sospechosamente sin aire. De eso depende, de no querer ni pensarlo.
Ufff, se necesita cualquier cosa. Reivindicar la condición y ese mural de fondo, sin olores, con la abundancia de objetivos… Le diría –corre, eres padre- y no habría más concesiones. Si yo fuera él ya andaría por los tejados. Nuestro nombre propio no tiene ya ni principios.
Hasta lo celebro, se ha puesto en mi camino, éste es el último himno. Ser feliz, sentirse querida; seguir queriéndolo por ochenta años no lo llevo tan adentro como las melodías. ¡Ni voluntaria! Después, a lo concreto del sacerdocio: a ser un número primo. Lo tengo más vocacional que el querer a la gente. Y que otra sea su amiga del alma, pícara… querida… extraña.
Vale la pena ser tu propio enemigo cuando en esos días tan señalados, como el día del Padre, la Madre u otros, la vulnerabilidad social no puede contigo, y esos discursos, palabras, poses y demás te son alergias por más que lo intentes. Dentro de la inacción hay un sentido vital que te disuade y que te lleva a esa otra responsabilidad, la de justificar lo inaudito, incluso lo que no se siente o no desea si fuera el caso. A veces toca empujar un poco ese sentir, a veces toca ser un extraño en tu propio sentir con tal de no ser el extranjero que observa. Esas veces ya van siendo muchas, pues hay gente que no tiene esas referencias, por unos motivos u otros… pero digamos que siempre se puede, que algo queda de estos días donde la proximidad y las distancias lo son todo para unos y prácticamente nada para otros.
¡Tanta cultura general y tantos cuentos sin agua!
Vale la pena robarse una lágrima, un suspiro, una sonrisa desgastada o un aliento. Si tus intenciones son realmente serias se aprende mucho siendo carroñero. No se trata de ser adicto a tus propias mentiras o a las de otros: existe cierto tipo de soledad que ayuda a encontrarse y buscarse. Los seres evolucionados hacen eso: encuentran las diferencias y las solventan como alimañas. Ni es patrocinio de nada, ni es obligación, es ser alguien. Todo, menos ser una flor de plástico de tantas que las hay. Sea lo que sea, ¿para qué engañarnos nos vayan o no los sueños de otros con el eterno tira y afloja? Que no te obliguen a comer barro, uno siente todo cuando las expectativas son distintas por parecidos que haya; sé tú mismo, ¿qué puede salir mal?, sé tu propio enemigo y que el teatrillo que está detrás no te impida decírselo: sé extraño.
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