Dímelo tú. Son tus recuerdos. ¿Qué somos cielo?
A veces sueño que recorro la ciudad y todo empieza, ¿te suena?
Léeme bien si quieres volver a tenerme: “Cuando vuelva no me preguntes ¿dónde has estado? Sé más original. Sé aquello de noviembre. Como tú me decías, el espectáculo debe continuar, pero ahora no me tendrás como espectadora. Ya veremos. Usemos el tiempo y démonos cuenta de los ojos ciegos. La economía azul, esa que nos deja atónitos, ¡es lo que toca marqués! El tiempo va sobre el sueño, extrañando. En el hospital me pedías que no me fuera, que te soltase las muñecas y las piernas, que querías irte a casa, conmigo. Hasta me pedías tu navaja. La enfermera me pedía que te hablase, que fuera tu estímulo; decía que -le dabas mucha guerra-. ¿Y afuera qué? ¿Quiénes somos fuera del hospital, en el día a día? Tú y yo solos, sin nadie. ¿Qué somos cielo? Llevo años sin oírte decir de veras: qué bien se está aquí, en esta casa”.
– ¡Lo ves!, ¡tachán!- expresó ella, abriéndose y cerrándose intermitente.
Y nada de irrefrenables deseos.
– En la familia somos así señorcito, nos mantenemos como el primer día. En Michigan estarás bien, hay cero límites. Y tendrás un coche nuevo. Procura descansar un poco. Buenas noches- dijo muy notable.
-No puedo- dominó él, con carácter débil.
-¿Qué?- lanzó ella otro paso asociado. –Lo dicho, descansa.
-He estado fuera, caminando, pensando- observó él formando parte.
-¿Qué vamos a hacer?- preguntó ella con la mirada fija. –Mañana.
-No lo sé. Yo también tengo experiencias- expresó mesándose el cabello.
-Por primera vez no me miras el pendiente de aro- concretó ella.
-Tú y tu estilismo. ¡Tanta redondez! ¡Soy un hombre no un te quiero!, ¡déjate ya el piercing!
-¡Sí señor! ¡Es la hora chico!- dijo ella con gancho, envalentonada, metiéndose en el cuerpo a cuerpo. –Eres un donnadie. Asáltame, pareces rendirte.
Sin embargo él no se amilanó y le tomó la iniciativa, enmudeciéndola:
-Te deseo suerte, y no creo que la bata te esté grande- la pinchó estable.
-Prefiero la expectación amiguito- se agarró a capear el temporal. –Ven.
-Me gustabas más cuando te cultivabas con la revista- la ninguneó.
-A nadie le gusta parecer torpe- adujo ella.
-Sí, tú sigue viviendo el cuento de la Cenicienta. Golfa.
Pero algo flotaba en el ambiente.
-En aquellos tiempos me lanzabas un dólar. Lo alcanzabas tú mismo.
-Sí, todo un espectáculo- la demolió.
-Yo no pido un favor dos veces, es mi mejor bandera- no se puso roja.
-¿Hablas conmigo?- construyó su paz.
-¡Bocazas!- exclamó presa. –De ser tú ni existiría el menor aire.
-¡Bien!, bien. Se puede saber mucho de una persona por sus zapatos, ¿dónde los dejaste?- dijo de forma evidente.
-No lo sé tío grande, ¿qué importa? ¿Ahora te extrañas?
-Essien, el más tonto tiene una fábrica de pañales ¿no crees?, yo alucino.
-Sí, eso parece- afirmó el otro.
-Lo echo de menos- se abrió de nuevo Essien, recalculando.
-No sé- observó Keita.
–¿Cómo que no sabes?– preguntó de primeras Essien.
-No sé… me llaman indio.
-¿Indio?- preguntó.
-Sí, indio.
-Pero si tú no eres de esos sitios- se medio conmocionó.
-¡Ya!- exclamó Keita, encogiéndose de hombros.
-¿Entonces?- le quedó la duda a Essien.
-No sé- retornó el otro con ese instinto.
-¿Y?- volvió en el mismo momento Essien.
-No les digo nada.
-¡Puff!, yo alucino. Y se ponen hielo en la cabeza.
-Sí, el más tonto tiene una fábrica de pañales, ¿no crees?
–Vaya que sí– subrayó con frescura en ese momento crítico.
-¿Y?- saltó Keita con otro zarpazo.
-No sé, será porque se echa de menos. A mí una vez me llamaron bosquimano.
-¿Cuándo?- descargó Keita volviéndose a arrancar.
-No sé, no sufrí demasiado.
-Lo mismo es que no saben de dónde son- basculó sin perder el sitio.
-Sí, extrañarán– no le cambió el paso Essien.
-Pues no queda tan lejos.
-No, mira allí… todo recto- señaló Essien con la zurda.
-Bueno, todo empeora antes de mejorar- determinó viéndola salir.
-Teníamos que intentarlo todo.
-¿Y es que no lo has hecho Keita?- hormigueó.
–Hay que tener el deseo– afirmó Essien.
Y ese más sí interior se le hizo un mundo a Keita, que no quiso poner contra las cuerdas a su colega.
Aquello que creía desear me hizo reaccionar. Me dejaste a medias, extraña, como casi siempre. Y vieja, era vieja. ¡Mírame ahora! ¡Mira si tienes narices! ¿Imaginas algo mejor? Ni el oro mi vida… ¡Y te extrañaba que bebiera!
Bien, aprovecha esta segunda oportunidad, no te quedan más bazas que jugar. Ten en cuenta que me siento más bella, y no negaré que me tienta bastante seguir así… Y hoy estoy ante ti no para regocijarme por la máquina del tiempo, sino para decirte que me prepararé el té como me dé la gana gilipollas… Y que sepas que no te he quemado por respeto.
Despilfarrar a manos llenas, ¡si es que es la típica historia! Infringe las normas, ten línea directa, déjate de rodeos cariño; y vístete para los condenados… Todos. Que sean ellos los presos que quizás haya más que coincidencias… ¡Pufff!, no llegas al delito y ya me arrepiento…
Sigo en ese régimen de medio esclavitud preciosa, confeccionando la ropa para cuando volvamos a ese valor tan complejo de vestirnos con un único y sentido abrazo mi vida. No te espero pero te quiero… ya ves, sigo de aquella manera, con mis principios voluntarios. No escarmiento… Tenía sentido lo que decías, sí, claro, ¡cómo no!, pero te prometo que no pienso mal de aquella conductora. Aquel ¡cuidado! sonó tan tuyo y extraño.
-Se podía haber hecho. Dios me mantuvo con vida para traerla a ella al mundo, ¿verdad que sí?
-¡Vamos!, ¡espabila!- creí escuchar. ¡Oh Dios mío!, ¡qué pena!
-Tiene buenos pulmones- me dijeron cuando estábamos conociéndonos todos, y eso que no estaba para bromas. –Tú de eso no te acuerdas mi vida… Chisss. ¿De ella sí verdad?, ¡qué pena chiqui!
Nunca debimos mezclarlo todo, se le notó algo patoso por mucha experiencia que tuviera. Sólo se había tomado un café esa mañana, ¡tan médico como era!; me lo dijo su enfermera. No sé por qué fui allí.
¡Joder! ¡Sólo quería ayudar! -¡Quédate ahí!- le dije. –No te acerques. ¡No! No. Me falta una.
-Es hora de volver a casa- contestó muy suyo. –Estas cosas son así mí vida, juntos lo superaremos- insistió tu padre. –No había tiempo- se descargó.
-Tiempo, tiempo. Tiempo el que tú y yo tenemos mi vida.
-…Chisss…eh… loa, loa, loa mi vida. Duérmete chiquitilla. Duérmete.
…Chiquitita dime por qué… Chiquitita tarara… rara… rara… A ti no te extrañaré.
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