Pedro Belmonte Tortosa

16
Dic

La mariposa y su ave de pico

La mariposa y esa ave, de gran pico, eran quietud y cambio. Junto a otras faunas conformaban toda una ciudad de Babel, si bien, ellas dos tenían una relación especial. Se bañaban, se miraban, volaban juntas.

Gigante y pequeña, la una era la gatita con botas de la otra. Costaba creer que la colorida mariposa pudiera dominar con un simple gesto a la enorme ave. Y lo hacía. Es más, se sentía un poco responsable de la misma. La hacía pasar de una sonrisa al nudo en su garganta con su facultad luminosa, a la ingenua y optimista de largas y grandes patas.

De tener pestañas, se les rasgarían los ojos con tanto jugueteo. El poderío visual era hipnótico. Ya fuera en una charca como en el tejado de una casa de pizarra destacaban sin dar más cuenta que de sus sutilezas.

Podrían llevar más veinte años juntas porque no se necesitaban decir nada, y no, apenas dos semanas. Tiempo más que suficiente como para emocionarse y admirar su educación sentimental. El lobo y el león tenían envidia; sin embargo, el caminar de las mujeres y los hombres conllevaban una mirada perdida. El silencio era un vicio, y un hielo antiguo para esa mariposa y su ave, no así para las personas, que gritaban. Tantas horas y ni una sola voz más fuerte que otra.

Las liebres, el caracol, la mariposa azul, el águila y tantas otras en la medida que podían intentaban imitarlas. No obstante, las abejas y sus bellas flores eran las que más se les parecían, revoloteando. Los patos y la tortuga no, eran pardos y caminaban lentamente. Pero no era cuestión de ser hermosa ni de tener alas, o de remontar el vuelo más allá de las flores.

9
Dic

La monja enana

Desde que cumplió los quince años se dedicó a cuidar a niños. Empezó siendo un manojo de nervios, escuálida y casi que deforme hasta que atravesó el umbral de la madurez, dependiendo únicamente de la fuerza de sus brazos. 

Pasadas unas décadas de aquello seguía regalando los mismos muñecos de peluche y la cesta de mimbre blanco donde meterlos en ciertas fechas. Sus trabajadores aún no habían heredado esa sutilidad para con el negocio, pero no estaban precarizados. La habían llamado de muchas maneras, pero ninguna como su hábito y estatura. Tampoco es que osasen a pavonearse de la misma.

La única gente con la que hablaba era un tipo desgarbado. De cabello negro, piel blanca y ojos oscuros. Ese le hacía de enlace. Otro miserable que sabía rodearse de ese grupo de chicas que llevaban faldas más cortas, y que tomaban las perchas situadas encima de los radiadores de cada clase, impertinentes y empalagosas, además de guapas, oliendo el deseo calenturiento y sudoroso de los adolescentes, emponzoñados en su hedor e intentando manosear pechos que no acababan de madurar.  

Setecientos billetes en ciertas zonas era mucho. Sus servicios no solo daban para cuidar a niños, sino que también servían para regir discotecas o adquirir tierras en zonas rurales, montar centros cívicos de pago e improvisar ardientes señoritas para lo más vulgar. Manejaba todas las destrezas esa retorcida mujercita, hasta la digitalización.

Muy a pesar de ello, cada noche que se acostaba se hacía un ovillo sobre el frío hormigón del suelo que le hacía de cama y reflexionaba, y eso que residía en un adosado de tres habitaciones con jardín delantero y trasero.

Por todas las abruptas esquinas se rumoreaba de ella. También que el viejo se balanceaba en una mecedora de madera que chirriaba lentamente adelante y atrás sobre los tablones de pino desgastados y hundidos del porche delantero de esa casa, justo enfrente. Posiblemente al que culparían de las grabaciones, y quien podría dar pistas sobre aquel niño y el óxido naranja y brillante que cubría el guardabarros de la bicicleta, volcada y desolada.

No todo era una cuestión racial, ni hacer números o quedar a tomar el té con la reina.

2
Dic

Ir, más allá del antiguo y nuevo testamento

Nadie que no hubiera creído escapar a la maldición de su familia, se habría puesto de tan mal humor aquella mañana. Lo habían conseguido: una réplica casi que exacta.

Hasta tenían temperatura corporal, tics nerviosos y sabían llegar tarde, que no solo ser puntuales como los robots.

El mundo estaba cambiado. Había clones al detalle. No solo los típicos lunares, sino que también habían logrado auscultar en los desvencijados rincones de la memoria de cada uno y reproducirlos. Más todas las capacidades, y todas las fuerzas.

Algunas, con el maletín de oficinista y traje de chaqueta azul cobalto, aún ni se lo creían. Sí, gentes que fueron de guantes de piel y pendientes largos, más el tacón alto, no mucho maquillaje y el rastro delicioso de ese único perfume que sabía a carmín rojo intenso tenían competencia.

Ella misma había probado sus mejillas, besando a su clon; abrazándola incluso, por un momento, en busca de ese sentimiento recíproco y complejo.

Centenares de prisioneras serían las siguientes, las que llevaban un escapulario colgado del cuello con un cordón carmesí. Leales, valientes y solidarias en la batalla por la cuenta que les tenía.

Ella, disimulaba bienhumorada y optimista. El odio salvaje y la pasión feroz de ese compás tan perfecto de principio a fin debía guardárselo muy por dentro de sus iris. Tampoco es que pudiera parecer fea o desgreñada. Solo quedaban las guapas. Mamíferas, bípedas. El resto habían sido fusiladas. Un mundo de mujeres, y no todas.

No obstante, tarde o temprano debería inspirar a todo un pueblo y dar al traste con tanto jodido avance; cuando menos intentarlo. Los clones entraban en sus vidas, robaban sus corazones, pero ninguno tenía valor, coraje… eso que hacía falta para cambiar una vida por otra y acabar con los sufrimientos, por más que les hubieran enseñado a llorar, sentir en cada momento, madurar, evolucionar y ser impredecibles, o comer tarta de manzana y canela.

25
Nov

El sexo de las embarazadas

No hacía tanto que se había marchado Don Lázaro, notario por las mañanas y aprendiz de sacristán por las tardes noches cuando no le faltaba el aliento o había otros menesteres tal que ver a su sobrina, quien dormía regularmente con él, por decirlo de algún modo, en el arcoíris de sus deseos insaciables. Llevaba carteras de trabajo y asuntos sociales. Era de los pocos de la zona que sostenía que no se podía gobernar un país como una empresa, menos aún, la base militar en la que estaban. Manuela era así, de las de probar a vivir en su baja nobleza. Vivir era un detalle que a menudo olvidaban otras personas, no ella y su silla de ruedas. Los años que estuvo viviendo fuera de esa villa de los corrales, tal y como ella misma la conocía desde bien chica, no fueron mejores que los que le quedaban por vivir. Y ni el uno ni la otra tenían un discurso revanchista, simplemente, vivían.

Comienzo de la novela El sexo de las embarazadas (en curso)

Una historia radicada en la base naval estadounidense de Rota

PEBELTOR (Unión de dos mundos)

18
Nov

Nuevos pecados, de la edad moderna

La fotógrafa se había puesto un apellido estadounidense, y no sabía si el registro civil lo aceptaría para cuando fueran a inscribir a su hija. Aunque ya no tenía que ir a ningún registro para eso, haciéndolo directamente desde el mismo hospital donde daría a luz.

Ella misma se hacía sesiones de fotos relatando esa suerte del crecer, fruto de la crudeza romántica y su naturalismo profundamente observador.

También se había hecho fotos en el patio de abajo, o en un almacén de neumáticos, con y sin vestimentas eclécticas.

Hacer el esfuerzo de vestirse para ir a un restaurante era algo positivo, que ya le iba costando más. Frecuentaba alguna que otra coctelería, donde quedaba para preparar las sesiones, unas más explosivas que otras. Tomaba vermú rojo o bourbon con unas gotas de angostura, dependiendo de si debía ser más conservadora o pejiguera.

El treinta por ciento de sus ingresos provenían de las sesiones privadas; lo otro entre bodas y paisajismo. Toda esa feminidad tenía también una semblanza a base de nombres y palabras, historias que recopilaba para esa su nueva vida.

Lo de ser heredera del restaurante de su padre nunca lo quiso, la timidez y el reparo le fueron quitando lugar hasta que un primo suyo lo ocupó del todo. Jamás le gustó lo de poner la copa o servir un plato ni la psicología de la sala y la conversación con el cliente en toda esa desnudez de los demás. Se hizo mayor sin apenas conocer el local, ni a su padre. No hacía tanto se había enterado que la base de la cocina que practicaban era francesa, cuando ella creía que era alemana.

Pero la foto del mismo en la que le dio por leer sí que se la quedó. Un día de esos, raros, con una revolica que hacía volar todo por los aires y, a la par, con la cotidianeidad hecha magia, como su comida y esa parquedad expresiva encomiable.

Una singularidad que lo convirtió en uno de los mejores cuentistas, muy propio de ese rico mundo interior, reflejo de sus ilusiones o sus miedos, sencillo y mordaz. Lo seguía viendo allá donde mirase, fuera o dentro del restaurante… en el patio, en su casa. Como fuera varón no se lo perdonaría jamás. 

11
Nov

De buenos y malos, y los infieles

El predicador se contuvo. A su modo no se precipitó escandalosamente al verlos salir, con sus pieles blancas y suaves tras ese chapuzón forzado en el que ella pereció. Sí que hizo su típica mueca. Probablemente, gracias a ello sostuvo su furiosa mirada.

El olor de carne quemada inundó el aire. Muchos infieles. A otros les hendieron grapas en la espalda, obligándoles a rezar entre tanto, tambaleándose. Si hincaban las rodillas lo pasarían todavía mucho peor.

Aparte estaban los que quizás nunca más despertarían.

El predicador, no obstante, sonreía gracias a su propia vanidad. Si cualquier Dios le viera no sabría qué pensar. La historia que había creado, sin duda que le convertía en alguien mucho peor que un jodido agente inmobiliario, aunque había alguien más.

Una que sacudió la cabeza con una expresión seria. De rostro arrugado, peor que el cuero viejo de un sofá. Una que no solo contemplaba el paisaje y esa exigibilidad. La misma estaba pensando cómo reprocharle a su exnovio, quien se afanaba en rescatar el cuerpo de su hermana, temerario y suicida. Francamente, que lo mirase por encima del hombro, con lo que le esperaba al tipo ya era todo un elogio. Y eso que lo miraba -sonreír en el dolor- con toda la inocencia que podía reunir a sus diecinueve años, dado que toda mujer abandonada soñaba con un hombre capaz de hacer esas cosas, aunque ya era tarde como para sentir pequeñas punzadas de deseo por entre sus muslos.

A la apariencia de pobres harapientos pronto añadirían vómitos y líquidos nauseabundos.

A ese padre, el predicador, también le iba la vida en ello. Los golpes de su bastón contra las piedras ya empezaban a acompañar a sus pasos, ese, que de niño midió la vida a base de atardeceres; el mismo a quien su madre le frotaba como si la suciedad no le fuese a salir nunca hasta que la mató, animal, por su propio placer, dejándola con la cabeza gacha, en el suelo, sin ninguna furia y sin que pudiera apretar de más las mandíbulas. A él le gustaba contar esas cosas cuando se presentaba ante un extraño, y lo hacía con la fuerza de la voz, quejumbrosa, reflejando su vida escabrosa, profunda y ese deseo y el paso del tiempo, tanto como su vejez. Siempre, vestido con seda tejida y el pelo tal que recién cepillado.

Su hija, la que consideraba suya (siempre envidiosa de la rubia e impenitente sonriente), con los colores del mar en verano sí sabría reemplazarlo; siempre lo consideró como a un héroe.

La era del enfrentamiento había terminado. Estaban solo ellos. Y los infieles… muchos de los cuales, desnudos, culpaban a la colección de Harry Potter, para sorpresa de los negociadores de las fuerzas y cuerpos de seguridad que se les iban acercando, rodeándolos y acechándolos, sin ni poder fiarse de nadie. Después de diez horas, cualquiera se atrevía a decir nada. Ese bastón ya no era algo nuevo. Lo del camión fue bestial. ¡Putos magos locos!

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