Pedro Belmonte Tortosa

8
Abr

Sonrisa de niño grande tienes tú

Y corre el viento adelante, sí que sí,

camisas tengo, camisas llevo.

Corre tu suerte mí vida

con y sin mangas.

Ventura, advierte,

la mar advierte.

Puños.

Es hoy, es mañana.

¡Sí que sí juguetón!

No me toques ahí,

la mar advierte.

¡Corre!, ¡corre adelante!,

camisas tengo, camisas llevo.

Mezcla ganas que la mar advierte.

Sí que sí collar de perlas.

Muerde tu dolor ausente.

Es hoy, es mañana,

no hay botones bandido mío.

 

Ven, ¡llévame!

Líbrame fortuna,

¿Te hago un sombrerito,

chiquitín, chiquitín?

Sí que sí collar de perlas.

Muerde tu dolor ausente.

Pobre ilusión duendecillo,

son contornos, míos.

Sí que sí, travieso.

La mar advierte.

Sonrisa de niño grande tienes tú,

mi vida, no de chiquito.

Sí que sí, travieso.

¿Un sombrerito?

Ventura.

 Flores de plástico (PEBELTOR)

Para esos días del después de todo, 

cuando se crece y no tanto

6
Abr

El edén, la tierra y el infierno

Si un día era como todos, todos eran como los anteriores, pasada la intervención. Tal decrecimiento provocaba que fueran menos y más viejos e inservibles. A las pocas semanas de su nueva estancia, cuando ya apenas podía desnudarse y vestirse por sí solo, debía familiarizarse con cada uno de los objetos mirándolos largamente. Las ilusiones pasadas no se las podían arrancar, llorando el tiempo viejo que nunca volvería. El reloj de la pared, el pomo de la puerta, la barandilla de la escalera, una alcayata que sobresalía tras un cuadro; hechos tan especiales que de estar bien le hubieran hecho cuestionarse el haber nacido y que le entretenían lo suyo, no así las comidas. El orden tridimensional del tiempo no existía en esas residencias de oficiales, vendidas como una maravilla de la ingeniería en parajes montañosos, regalo de su victorioso imperio. La soledad, el aburrimiento y el sentimiento de inutilidad eran las tres cuestiones que mataban a los ancianos medio sanos en las residencias. Los americanos les sacaban algo de jugo a sus viejos dignatarios antes de que la venganza de la naturaleza hiciera de las suyas. Esas personalidades siempre eran un buen punto de partida para seguir vendiendo la bandera, algo que sabían hacer como nación. Aparentaban una imagen fiel con su cadencia, arrugas y color de piel. Los solían enfrentar a ese trabajo mecánico, y a no estorbar. Aprendían a morir noche y día. Bastaba con hacerles inviable su correspondencia, que también estaba trucada.

El sexo de las embarazadas

30
Mar

El Viejo y el Mar

Esa grumete, metida a almirante, estaba recordando las lecturas de El Viejo y el Mar:

-Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.

 

A quienes desean entonar, la insaciable canción del pirata

Extracto Flores de plástico (PEBELTOR)

23
Mar

El valor del tiempo

Pareciera que no, pero sí. Había un momento en la vida en donde se precisaba escaparse a ese lugar donde se cruzaba lo viejo y lo nuevo y recordar esas maneras de hablar, de comer y donde el silencio no tenía más señuelo que servir para muchas miradas diferentes y ninguna, como si se descubriera algo nuevo, dejando a un lado las cosas que decimos, las cosas que hacemos.

Ese bazar de la calidad, ese disco de silencio. El frío de la madre.

La casa, ese lugar del que marcharse con tantos recuerdos con los que se había llenado. Nada más ensordecedor; donde antes se vivía con soledad y ahora con compañía en la ruleta de los días, los años y los tiempos. Donde alguien vivía sólo para tener un lugar adonde volver siempre. Dulce y salada.  

16
Mar

Sordas miradas

-Hemos vuelto a los Sesenta: podemos hacer cualquier cosa, pero hacemos lo mismo -apostilló el coronel, obligado también a desdecir a los de su pinganillo-. Te mienten para no perderte y te pierden por mentirte

El amor era un beso inesperado en la frente, y así sucedió. Un paréntesis en la omnipotencia de la carne, los voluptuosos balanceos y los transparentes tejidos a la luz de las candilejas cargadas de sordas miradas.

PEBELTOR

A buen juez, mejor testigo

9
Mar

Desnudo libre, y la doble moral

La emoción, la encrucijada del amor y los gritos de alegría no existían. Jamás existieron, más bien. Y el caso es que había algo. Un algo especial, distinto. No ese vacío espiritual, pero algo. Quizás, mitad respeto, mitad aprecio. Necesidad de otra presencia, de sentirse, de ponerse a prueba.  

La comunicación podía ser una caricia o un traspiés.  

Ella sustentaba ese todo inclasificable. Eran gente normal, sin tonterías. Sin aspavientos. Gente que se trabajaba los días. Gente que tenía su infinito al alcance de la mano.

Se veían de vez en cuando, aun siendo un acto prácticamente sedentario, dados a la rutina y a esa prodigiosa trampa de la sensibilidad humana y la condición de lo efímero.

En la cama parecían una caja infinita de voces si ella lo procuraba, dibujos quienquiera que fuesen. Personas que llevaban la experiencia del vivir hacia la nada del olvido pasando unos ratos juntos.

Una vez, hasta fueron una hilera de dos cuerpos agonizando junto al mar.

Cada cierto tiempo dejaban huellas duraderas. Y no era tarea sencilla. La memoria del mundo estaba ahí, contenida, sin hormigueos. La frágil memoria humana en tiempos donde casi que estaba prohibido leer, refugiados en ese disfraz de vagabundos del quererse. Un querer mediado, rutinario; siéndoles una extensión de su cuerpo los días y los trabajos.

Confraternizar, emparentar, ya les había cogido viejos. O mayores. O acomodados a su vejez. Como mejor se quisiera en el olvido irrevocable de esas palabras prohibidas y actos o destellos de lo que fuera.

Quienes nunca hicieron ese esfuerzo jamás sabrían lo que pesaban tales días. Días de todo. De verse y de no querer verse (sin burla, sin odio y sin generalizar culpas). Días, al fin y al cabo. Belleza y dolor: quererse. Vivir. 

Mudanzas no hubo ni habría, mudanzas planificadas. Gestionar esa miseria del darse a todo y nada, y las ganancias extraordinarias se hacía sin hacerse. Lo más, siempre, un desnudo libre. Y que pasaran los años.

Años de todo, chocando contra su propia censura y aspiración. Y años de lo tierno y profundo, del recordar siempre, del ser frágil en un mundo finito, pero años sin ese todo a la vez en todas partes, porque arrastraban un pasado imperfecto. Años con mano firme de algodón.

Y felicidad como botín de guerra. Extraña felicidad la del desnudarse a medias en ese recipiente de los días donde se posaba el tiempo. Mísera felicidad, mala en días de invierno y dura en verano, nunca buena del todo.

Sí, ella merecía una primavera y no deberle nada a nadie. De él, poco o nada. Una persona que se había jubilado no hacía tanto, un hombre tranquilo si acaso. Hablaban de ella, lo que llamaba la atención de esa relación era ella. A la que tildaban de puta y de tantas otras cosas, como si nada, como si todo.  

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