Otros, que las veían, sabían de lo bonito. Por cómo eran capaces de tejer y por cómo miraban sin ruido, siempre con mucho trabajo detrás. Pero también formaban parte de ese mundo anónimo, con sigilo, ese que era de otra forma.

Personas que no se atrevían a mostrarse como realmente eran. Y así se enfrentaban a la vida, haciéndose las preguntas y llorando cada cual a su manera. Solos, por acompañados/as, si acaso, en la nación de los extraños. Un idioma siempre al borde de la extinción: querer, querer querer, querer quererse.

La dulce existencia y otras formas de volver a casa, de tener casa propia. De poder andar de veras desnuda por ella, confiada a la otra persona. Esa cierta idea de mundo que todos ansiaban, no sabiendo ni cómo ni cuándo, o no atreviéndose y los ojos en el silencio deseando frente al olvido.  

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