De lejos no se distinguía si esa mujer era así o en verdad disimulaba. De cerca, estaba claro que intentaba salir del apego amoroso y también desconectar del trabajo.
Era víctima de sí misma y de los adolescentes que crecían sin reglas algunas. Porque se sentía más mayor, pero menos vieja. Más fuerte, aunque en la vida siempre había algo que perderse para poder disfrutar de algo. Y ese algo apenas le permitía la fragilidad del gesto.
El lápiz de las memorias le era leer y estar ocupada mientras iba de un sitio a otro. Amaba y fustigaba a partes iguales; era su oficio. Todo, en una sociedad enferma de muchas cosas, entre otras, de frustración, ganándose la vida asesorando sobre el orden correcto de las cosas.
Ayudaba a los padres a cómo manejarse con la nada; y a los hijos les enseñaba a dialogar y a evitar el vértigo que daba el ser un incomprendido a ciertas edades. Siempre era la impaciencia por ganar lo que les hacía perder a unos y a otros, padres e hijos. Esa intervenía en problemas reales de la sociedad, trabajando la edad experimental de quienes se hacían mayores y no querían, y quienes, no siéndolo, se lo creían a toda costa.
Un trabajo bien pagado, pero mal remunerado. Casi todos los días los pasaba sola, yendo de un sitio a otro y escuchando problemas por doquier; nadie decía quejarse, si bien todos le reclamaban atención. Se había abierto un abismo de rencor e incomprensión sin precedentes. Las personas se ponían inaguantables los unos con los otros, sencillamente porque les habían educado para un mundo que ya no existía, el cual acogía más desgracias de las que salían en los periódicos, faltando los silencios como vínculo familiar. Los verdaderos silencios.
A los milagros hay que llamarlos

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