Cuando el médico le fue a explicar los usos del disparador que tenía en la mano, por aquello del dolor y que la morfina intravenosa le mitigaría en parte el sufrimiento casi de inmediato, la volvió a ver y, desde entonces, las horas que le siguieron fueron lo más parecido al paraíso.
Abría los ojos para encontrarse con un paisaje extraño y estaba ella. Dormía, sin rutina aparente, y la soñaba casi que más si cabe. Y siempre como si fuera la primera vez. Su mujer; de día y de noche.
Su hija, que le soportaba y apretaba la mano de cuando en cuando, ella y la estufa de gas por calor que hubiera, sin importar la hora que fuera, no le contradecían en la inequívoca certidumbre del estar muriéndose en vida recordando a su esposa, fallecida varios años antes.
Mejor eso que los rostros de los asesinos escondidos tras las viseras, que de eso iba el libro gordo de la hija, de la ansiedad y la paranoia de los estruendosos disparos y el silbido continuo en sus tímpanos resentidos, por oficial del ejército que era y su permiso de dos días; mirando los movimientos de la noche más las luces verdes y rojas de los aviones cuando el cielo estaba limpio. Otra que recordaba los ojos verdes más claros que jamás se habían visto, el pelo castaño liso, su marcada cintura…
Lo demás le sería subirse al autobús y los horarios impredecibles y comenzar a seguir abriéndose paso a codazos en la vida tras juntarlos por última vez, y sin reprocharles que fue adoptada, tapándose donde le hubieron de hacer el torniquete mejor que una veinteañera harta de su país.
A los milagros había que llamarlos:
y nunca lo harían

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