Conocido por su propensión a sacar los tanques a la calle, debía admitir que su hija era toda una artista, habiéndosele ocurrido usar a su propia hermana para firmar su última obra. Y la peque, encantada, solo que un buen militar no se rendía nunca.

Para el padre de esas dos niñas, mujercitas que siempre estaban en la edad de las primeras veces, nunca el silencio fue tan atronador ni tan emocionante… Cuando la vio metida en un cuadro, aquello provocó el nacimiento de un gesto póstumo, un gesto de hombre que sabía que iba a morir… o que ya estaba muerto.

Su esposa, con quien por la noche jugaba al dominó, solitos (experimentando el despertar de la incandescencia a eso de las luces led), de pie en otro cuadro que se encontraba en el salón-comedor, dejó de mirarle con expresión ausente y la gracia del vivir, sumida en un estado de cabreo mayor, a duras penas sosteniéndose del cáncamo.

Tan revolucionada que pensó en asesinarlo para cuando llegase la noche y se sentase a sus pies, del rapapolvo que le echó a la mayor, quien había sufrido lo suyo con el accidente y la ley suprema del destino, debiendo hacer de hija y madre, hasta de esposa y amiga en según qué momentos.

 

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