abril 2023

10
Abr

Ignorancia y miedo

En la Base se les intentaba inculcar a esos chicos una disciplina que ordenase sus vidas y les diera oportunidades, y al margen de las apuestas, en su mayoría lo conseguían, y eso que su mayor miedo no era no encajar, sino usar su fuerza de modo desmesurado, algo que inconscientemente hacían al librarse de su propio miedo, tiempo antes de ser reclutados. Esa era la ecuación a resolver en primer término, que la ignorancia no diese lugar al miedo, ni éste al odio para luego dar con la violencia. Realmente, necesidad de trabajar no tenían ningunos, de dinero sí, y miedos por el mundo inconmensurable y lo inacabado del mismo.

El sexo de las embarazadas (PEBELTOR)

La importancia de saber elegir,

y de mirar a los ojos de la gente

8
Abr

Sonrisa de niño grande tienes tú

Y corre el viento adelante, sí que sí,

camisas tengo, camisas llevo.

Corre tu suerte mí vida

con y sin mangas.

Ventura, advierte,

la mar advierte.

Puños.

Es hoy, es mañana.

¡Sí que sí juguetón!

No me toques ahí,

la mar advierte.

¡Corre!, ¡corre adelante!,

camisas tengo, camisas llevo.

Mezcla ganas que la mar advierte.

Sí que sí collar de perlas.

Muerde tu dolor ausente.

Es hoy, es mañana,

no hay botones bandido mío.

 

Ven, ¡llévame!

Líbrame fortuna,

¿Te hago un sombrerito,

chiquitín, chiquitín?

Sí que sí collar de perlas.

Muerde tu dolor ausente.

Pobre ilusión duendecillo,

son contornos, míos.

Sí que sí, travieso.

La mar advierte.

Sonrisa de niño grande tienes tú,

mi vida, no de chiquito.

Sí que sí, travieso.

¿Un sombrerito?

Ventura.

 Flores de plástico (PEBELTOR)

Para esos días del después de todo, 

cuando se crece y no tanto

6
Abr

El edén, la tierra y el infierno

Si un día era como todos, todos eran como los anteriores, pasada la intervención. Tal decrecimiento provocaba que fueran menos y más viejos e inservibles. A las pocas semanas de su nueva estancia, cuando ya apenas podía desnudarse y vestirse por sí solo, debía familiarizarse con cada uno de los objetos mirándolos largamente. Las ilusiones pasadas no se las podían arrancar, llorando el tiempo viejo que nunca volvería. El reloj de la pared, el pomo de la puerta, la barandilla de la escalera, una alcayata que sobresalía tras un cuadro; hechos tan especiales que de estar bien le hubieran hecho cuestionarse el haber nacido y que le entretenían lo suyo, no así las comidas. El orden tridimensional del tiempo no existía en esas residencias de oficiales, vendidas como una maravilla de la ingeniería en parajes montañosos, regalo de su victorioso imperio. La soledad, el aburrimiento y el sentimiento de inutilidad eran las tres cuestiones que mataban a los ancianos medio sanos en las residencias. Los americanos les sacaban algo de jugo a sus viejos dignatarios antes de que la venganza de la naturaleza hiciera de las suyas. Esas personalidades siempre eran un buen punto de partida para seguir vendiendo la bandera, algo que sabían hacer como nación. Aparentaban una imagen fiel con su cadencia, arrugas y color de piel. Los solían enfrentar a ese trabajo mecánico, y a no estorbar. Aprendían a morir noche y día. Bastaba con hacerles inviable su correspondencia, que también estaba trucada.

El sexo de las embarazadas

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