La primera relación es la de madre-hijo, y todas cuantas conozco nacen doliendo y se viven sufriendo. Todos los cuentos hablan de poner un pie en el paraíso cuando tratan a las madres y los hijos. Nadie los considera reclusos, falsificadores, ladrones. Bajo los vientos de Neptuno ya se dedicaban azotes, si bien con un fondo azul, fluyendo, para que no hubiera tiempos de hielo. “Queridos fanáticos”, es lo más duro que he leído al respecto, con el deseo de borrar las huellas del tiempo y del dolor con un toque mágico, siempre cariñosamente, nunca en repudio, como tapando los ojos con la palma de la mano para no contradecir.
Ni con los ojos del amor se aproximan a tratar esa clandestinidad de otro modo. La experiencia… ¿sirve de algo?
Yo no soporto los efervescentes cambios de humor, ni permanecer demasiado tiempo sin usar la magia. Pago a un mago para que nos haga llevarnos bien. Nos fluye tanto la sangre en las venas que no congeniamos. Nunca lo hicimos, ni antaño ni en los tiempos nuevos.
A su favor, que siempre fue así. La mía, que no provengo de una sociedad patriarcal, y que debo contextualizarlo todo debidamente, hasta su raro amor. El efecto, que soy un tipo de la peor calaña según me caracteriza. Por ello, además del mago tengo un hada, de refinadas maneras y bondadosas virtudes. Esa es para mí solo. Hace de contrapeso a ese aquelarre maléfico de no ser lo suficientemente candoroso con ella, ni saber purgarle los momentos malos. En su orden de madre todo me es desconcierto. Si algo sé, es que no me dio caprichos, ni que destacó por sus dotes de empatía y entretenimiento conmigo, siempre fue alguien de cercanías para afuera, habiendo otro más permisivo. Ella echa la culpa a cualquiera que esté por debajo de Dios.
Sin embargo, no veo nada negativo en todo ello. Hago de hijo. Preferí el mago y el hada antes que el bosque de secretos de la residencia de la tercera edad. Su arquitectura racionalista daba pavor. Una vez la visitamos juntos, de día. Por lo menos el mago la ha hecho rubia, un problema menos para la sociedad. Ahora canta villancicos, cuando no da dinero a los timadores. Resulta frívolo, sí, pero es la vida; la vida en general, nuestra. Todo con su nobleza y dignidad. Ella cree hacer lo mejor, y estar por encima de las circunstancias, independientemente de si son buenas o malas. No le cabe el perdón ni el indulto. Es uno quien ha de ponerse de acuerdo con ella, sus ideales y con la cara de arrugas que no le había visto antes ni con las gafas de leer. Ese torrente inexorable de su tiempo la hace así; y la piel del mentón flácida. Se mueve por inercias o por los impulsos más ramplones, viscerales, físicos y primarios. Uno siempre es infinitamente peor que ella. Se lo noto con el miserable rictus de las comisuras de sus labios. Es su verdad, su encanto, su placer y conocimiento.
Lo de que tenga sentimientos encontrados, supongo que no será por la medicación, esa que lleva tomando siempre, desde que tengo uso de razón, aunque me tilde de insensato; su mano derecha. La humanidad entera está medicada. Es parte del negocio integrado verticalmente. Los que no, son esos de la isla de los inmortales, de donde saqué al mago y la hada. Dichoso momento aquel. Hube de hacerlo cuando se negó a abrir el regalo de Navidad. Era su casa, y prometió no volver nunca, estando adentro.
Cada año, para no perder las esperanzas de un reencuentro, coloco el paquete. Sin abrir. Empujado por la curiosidad. No es por reconciliarnos, sino por ese particular sentimiento suyo: siempre ha de llevar razón, como madre. Y finjo que cierro los ojos, por si de veras vienen los Reyes Magos de Oriente.
La mayoría de las casas pequeñas son el resultado de una optimización infinita, como los cuentos, llevados a una eficiencia al extremo. Pero este no es uno de esos. Hay lujo y hay pérdidas. Además de una mirada única sobre algunos de los momentos más relevantes, tan seductores como insufribles… Cualquiera se lo dice. Y mira que echo de menos recoger las hojas con ella, ¡menos mal que está el mago en el porche!, extravagante, brillante y audaz: atento. Él sí que la aguantaba, notaba el extraño sabor a sangre de la herida de su lengua.
Y esa hada algún día llegará, con sus firmes mejillas, la nariz recta y los labios frescos: yo ya le di la bienvenida hace mucho, no tenía más remedio, uno debe aguantar y espolearse en la dificultad de ahogarse: es un dolor agradable. Un imposible, besando esas manos que tapan las caras, cual náufrago se abraza a un madero, destacando sobre el gris plata del mar encenizado y el azul intenso del cielo.
No sé si debo creerme aquello del “te cuidaré más que a mis ojos” o tomármelo como una patraña más de todos los días. El simple gesto de guiñar un ojo es en sí mismo un tremendo dilema, así como las camas bien hechas, con su dobladillo y casi que el juego de toallas a los pies, con todo recogidito.
Suena anticuado, pero no. Al igual que eso de “sus majestades”. Son maestrías, pasiones, deferencias. Algo soez, barroco y exquisito, una delicadeza formal, que de por sí supone una reflexión sobre la complejidad de las relaciones, por no decir ruinas afectivas. Ruinas porque son avances tanto como retrocesos, dependencias emocionales a fin de poder sobrevivir generándonos ilusiones los unos a los otros; y afectivas, porque representan todo aquello que uno no se puede dar a sí mismo.
Si bien, la edad como tal no me impide escribir mis deseos, mis anhelos: mi carta. Uno puede ser niño, joven o adulto y seguir por esos destellos de las ilusiones varias. Es, quizás, toda esa memoria colectiva que uno va sumando lo que hace que la carta nunca sea igual, aunque se pida lo mismo recurrentemente. Ahí, sí que influye la edad, o más bien la experiencia. Supongo, que debe ser miedo.
Fíjense cuando los mayores llevan a los peques a entregar la Carta a Santa Claus o a los Reyes Magos. Se puede adorar la expresión de sus rostros, imprudentemente, con las lágrimas súbitas de unos y esas sonrisas picaronas, de otros muchos. Hay madres que sostienen que ´no quieren que sus hijos crezcan y se hagan mayores´. Que los prefieren animalitos.
Animalitos siempre, de esos que la memoria no olvida. Del amor más puro, sucio y delicioso. Los mismos a los que pondrías en el fondo de un vaso. Un miedo infinito para los adultos, siempre. Tréboles… porque la historia lo requiere así, salen como salen y se llevan como mejor se puede, al igual que estas fechas de los buenos deseos: salud, dinero, alegría y felicidad. Y grima, dulce, pero grima, cual gran cóctel porque los días van dejando sus relatos… que también han de ir creciendo y haciéndose hueco: otro deseo, otra ilusión. Miedo, porque uno va de uno a otro apenas sin pasar por las estaciones. Ni da tiempo a pararse a pensar que todo trébol ha de enraizar para luego brotar y ser bello por especialmente frágil y duro para volver a caer hasta la nueva vida, tal que se deseasen apretujados la muerte violentando a la vida, pretenciosos y potentes, armas y flores que extrapolan todas sus heridas… como los niños que crecen y crecen desde la primera oscuridad.
Dar con un modesto trébol de cuatro hojas ya es casi un imposible. Y no me lo termino de creer. Suena a realismo mágico, historias varias de esas que escribo. Además, aunque se tuviera todo el dinero o el poder del mundo, ninguna madre podría evitar que sus hijos siguieran creciendo ¿no? ¿Qué pedir entonces?
He dudado sobre muchas cosas, muchas veces. Lo de la salud no me lo termino de creer, sigue siendo una lotería. Todos somos pobres en excedencia a ese respecto, ¿o de verdad con dinero se está más protegido de los avatares del destino? Y sé que es un sentimiento colectivo muy fuerte, también de un profundo desprecio. ¿Cuánta gente buena hay que conocemos y enferma o fallece?… Mucha, demasiada. Y no todo será por culpa de la globalización: dejemos de mentirnos
Con toda grandeza y sin remilgos. ¿Qué deseo pedir para que se cumpla?… ¿No tener miedo al miedo ese que escondemos al dar con la verdad?, ¿tirar de la central de sueños?… No sé, vengo de conocer reinos que he inventado, de probar con salmos que tientan todas las carnes habidas y por haber, de trazar medias lunas por doquier y hasta de saltar de un tranvía… para quedarme quieto, con la luz oblicua y el cuerpo contrariado…
¿Pongo el zapato?, ¿les dejo comida?, ¿entrarán los Reyes, sus Majestades?, ¿con esas memorias colectivas suyas y mías que ya se saben de años y años? ¿Trae cuenta?
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.