marzo 2018

8
Mar

Maricón

Por un momento creyó que todos los logros de su vida eran minúsculos en comparación con ese aluvión. Lo que le interesaba no era la hipocresía ni las políticas. Subió a su habitación y cerró la puerta dando un bronco portazo. Repitió por tres veces el cierre, o casi, simplemente para asegurarse… y se le abrió otro horizonte, empeñado en tirar todos los zapatos contra la puerta.

Completamente impresentable flotó como un loco en sus simpatías, solo que su existencia no iba más allá de habitar ese dormitorio y arrancarse la hebilla del cinturón, castigado y extraño, hablando solo:  

-Sois vosotros- acusaba a todo cuanto miraba y tocaba. Le salía por su boca mucho más que angustia, sangrándoles los oídos a los libros y demás enseres que le daban cobertura, descalzado hasta límites insospechados.

Abajo, los progenitores, aprensivos, invertían sus roles:

-¡Lo ves!- se desquitó ella. -Siempre igual, ¡tú hijo! Una basura.

Enfebrecido, el padre y marido no le clavó los ojos para traspasarla, articuló su enfado comiéndose las empanadillas ardientes, a lo que ella le gritó más y más.

-¡Ya está el duro! ¡el duro! ¡Me pongo mala! ¡Es culpa mía! ¿No?

Pegándose unos lengüetazos se volvió más pesimista ese hombre. La humanidad se le parecía más al infierno que a otra cosa, se le estaba quedando el esófago ínfimo y del revés.

La otra seguía obedeciendo a sus mandamientos:

-¡Joder! Tanto genio, ¡tanta inteligencia! Os mato, ¡os mato y acabo con esto!- difamó saliéndosele los ojos. -¡Ni me pides perdón! Lo defiendes ¿no?

Él no podía aprehenderla, estaba desbocada, ninguneado siéndolo todo. Más ella, dolorosa, lo espabiló vertiéndole un vaso de agua en la cara, buscando nuevamente su refugio en él más que en la cocina:

-¡Tú eres tonto! Déjalo, déjalo que elija lo que quiera… ¿y ahora qué? ¡Filósofo! ¡Una mierda! Yo no he parido un hijo para que estudie filosofía. ¡Díselo!, ¡díselo tú también que es culpa tuya! ¡Me tenéis harta! ¡Zapatero como mi padre si no quiere estudiar maricón!

 

7
Mar

Newsletter de marzo de 2018

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3
Mar

A los cansados

Una semana más,

y no siento frío en toda la noche.

Nunca temeré el mal año.

Qué grande te veo,

qué grande me miras,

cada semana, también.

¡Pero ahí vamos!;

con estos cambios,

que tanto afectan.

Tan necesarios como que avanzan

y destierran;

tan necesarios como que doman

y representan.

Quiero tener un recuerdo,

errante entre los dioses

en tan geografía de la locura:

he aprendido a no intentar convencer a nadie.

Fu mi último contacto conocido,

del que en nada puedo presumir.

El único problema: es que tengo conciencia…

Y esas cositas,

de la extraña lealtad,

del ser héroe de tu propio destino

del invierno que vendrá.

Más simplemente adorno

en un andar solitario entre la gente,

y nada más que extrañar… nada más, sí;

todo ser humano es un puzle de necesidades.

Sí, en mis manos tengo el secreto de esos ojos, todos,

que no cicatrices de charol u otros tiempos de esplendor,

adiestrado ya, extraño, en manipulación psicológica:

comodidad o facilidad, grande, claro ejemplo,

tan necesario, una semana más; sí.

Frente a los cambios.

1
Mar

Juicio, y a seguir

Esas señoras quisquillosas, cuya paz y tranquilidad reinaban en algunos, llevaban años cuidando a jóvenes, de unos y otros, sin insinuantes escotes.

Uno de ellos, un día, dio un golpe en la mesa, convertido en un genio:

-¡Esto no puede ser! Este antro ya no me gusta. Me largo. Oléis raro, a ese jabón de lagarto- medio gritó enloquecido.

Ella, la más mayor, miró embriagada, a sabiendas que las paredes eran de papel. Pero no actuó como los demás. La otra se fue a echar las manos buscándose unas monedas, guardándose el hormigueo en el estómago… hasta que suscitó cierta inquietud en esas pequeñas diferencias, siendo susurrada con delicadeza por el murmullo dantesco de la otra, perro viejo.

-No, esta vez no. Nos vamos encarcelando en nuestra propia prisión. Que difame si quiere– aportó ya con voz de clarinete esa mujer mayor.

-Eres otra puta decepción- le convidó él, dando voz a su testimonio.

Por razones obvias las piernas les temblaban a las ancianas.

Sin embargo, él, que se sentía en su derecho, bufando hallaba su dinamismo procurándole unos ojos vidriosos a la más famélica, quien a punto estuvo de seguir canalizando ese estrés con la limosna de los pobres y las suertes, fiel como un perro: siempre el mismo día. Los viernes.

-¡No hermana!, antídoto- le espetó con una risa complaciente, y menos enjuta que su alter ego. -Empezaremos de cero- le añadió a ese extraño con la profundidad de lo simple.

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