No mirar ventana abajo es un acuerdo con consecuencias. Hasta la favorita del tirano lo hace en su palacio del sentimiento. Y de no ser por ese peludo y menudo extraterrestre travieso, la dama sería negra y ella misma sería su caos. Pero como Siempre hay algo que decir, toda orden lleva a su contraorden, y el que se equivoca es el que toma las decisiones.
¿Dónde encontrar las fuentes de ejemplaridad cuando uno no es feliz? Aquello de los héroes circunstanciales o de lo de fijarse y observar, no son más que haces de luces frías, negociando en términos que no son los idóneos.
Son esos aportes de tesorería los que nos deberían de importar, y no ser domadores de fieras, cuando no se es rehén de las indulgencias.
Si soy capaz de detectar la cara preocupada y cansada de alguien, ¿cómo es que me siento pequeñito? Me fui con mi equipaje de ángel, sin saber muy bien adónde iba, y la expresión se me tornó malamente bondadosa, en medio de la nada. A eso lo llaman Desconfianza racional.
Si perteneciera a otra generación, me hubiera pasado lo mismo: todos tenemos hechos que nos marcan, pero ¿cómo se deshace uno del pasado?
Analizar con incredulidad esta misión, requiere de disimulo. A costa de intentarlo cada vez sé menos de lo que fui, si bien, no reduzco riesgos.
Los programas de rendición extraordinaria tienen un defecto: la voluntariedad. Cuando uno conoce sus propias rutinas, sabe descifrar hasta su peor pertenencia, y a pesar de ello no te impide seguir ocultándote en las mismas, salvo que desees otra recompensa. A las luces de abril tiene un poco de todo ese desvarío.
A colación de lo contundente de saber que se ha perdido, se ha sido engañado, o se ha estado uno dando necesariamente a otra actualidad,… en todo ese pacto de silencio donde uno no sabe si debe o no seguir investigando el pasado reciente, incido en saber si convendría poner tu vida en manos de otra persona.
Esperar no verse jamás puede que no sea la mejor de las soluciones, porque todos sabemos que no todas las arrugas son iguales.
La obediencia de tener que enfrentarme a todo, me ha hecho publicar la obra Buscadores de señales. Son correrías que puede que valgan la pena. Es la primera de mis obras en ser editada individualmente; como solista no es la mejor… Días atrás no concebía este vacío, y empecé a hacer muchas cosas a la vez; hoy en día, sigo ocupado desarrollando lo que empecé: reconociéndome, fijándome y observando,… pero ya no me molesta que me lean, diría que este libro cobra vida propia, evolucionando y perfeccionándose, acometiendo todo aquello que ya no le puedo aportar como autor, y en parte, protagonista. Lo dificultoso fue atreverse, todo lo demás, no deja de ser un fundamento.
Sin ponerme interesante, me atrevo a preguntarles algo que me rondaba por entonces, cuando lo escribí, en esa arqueología tan profusa de la segunda mitad: ¿Qué se ve en una espalda?, y ya puestos, añadiría, ¿Todo tiene remedio?, ¿o no? A través de ese cordón umbilical uno asocia tantas cosas…
Denunciar por dos veces no está bien, se podría convertir todo ese daño en un bombardeo de inutilidades; casi que mejor reiniciarse, para que nadie construya muros. En eso se convierte esa guerra titulada El chándal de la jubilación, en todas las mentiras que a uno le hacen grande, y en la acción más necia.
Sentir una soledad rara, es casi peor que no tener un plan de escape o pervivir en una noche sin girasoles. El donnadie menos ambicioso estaría menos desorientado, pero siempre hay un código de evacuación, y cada tiene el suyo. ¿Les gustaría vivir amnésicos, sin saber nada de todo lo anterior? Cada uno puede cambiar las reglas de su propio juego, ¿o no?
Lejos del mundanal ruido también estorba lo que se oye cuando no se quiere. Es más, diría que todo lo bonito deja de serlo. Y no es por un amor prisionero, sino porque para atrapar a un lobo, a veces hay que atarse como cebo a un árbol, y eso te deja a merced de todo. En la obra Viento sobre el mar, uno deja de balbucear, sin llegar a saber del todo quién está verdaderamente detrás, y quién está un pasito más adelante, acrecentando las desigualdades, y obteniendo de cualquier mirada atenta un sol naciente como presencia de algo hermoso.
Es todo ese perdón que se le vuelve en contra a uno, lo que más me desconcierta y me desprotege. ¿Acaso de niños deberían adiestrarnos para el contraespionaje? He querido recuperar lo que me pertenece, y ni he conseguido ser un buen ladrón de sueños en este libro, me faltaban hasta los artificios., porque esta maldita economía de mercado, soterrada y silenciosa, esclava de lo ignorante, estigmatizada, no deja de ser la teoría de la opinión contraria… de esa mano tendida, la suya, la mía.
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