Al cuarto día visitó la tumba, ¡qué hijo puta!

Se podía ver de todo. Desde una señora sentada a los pies de una mesa con las gafas de sol puestas, como el fieltro de una antigua mesa de billar salpicado de quemaduras de cigarrillo, o el desangelado mar por el aire viciado, apestoso, pleno de cerveza y algo más que sudor corporal. Perfumes de equivalencia, que también

No se atrevió a acercársele. Ya bastante vivieron juntos. Se ubicó en un pequeño espacio despejado que había junto a la barra, teniendo justo delante a una que se mecía suavemente adelante y atrás, cuando por el fondo otras tantas se sacudían la cabeza tras haberse quedado con la boca abierta.

Ella no. Siempre lo conoció muy bien, demasiado bien. Peor de lo que se esperaba.

Nunca se llega a conocer de verdad a las personas -le espetó otra, afectada, evitando mirarla a los ojos.

Ni remotamente sospechosa, pero como todas, le asintió con la cabeza teniendo una porción de pastel en la lengua.

Y todas permanecieron juntas en tal lecho, más de una con las mejillas encendidas. Que había quienes portaban a niños pequeños en brazos.

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