Lo que más atormenta es lo que no nos ordenan hacer.
El libro va de eso. Y acaba como acaba. Era y es España y el mundo que había y que tenemos. Madrid, provincias, el mar. A menudo, algunos taxistas solo rellenando espacios. Porque hacemos y deshacemos, sentando los principios de nuestra decencia, de nuestra ley.
¿De qué servía la palabra de un muerto? Sí, ¿de qué servía la palabra de un muerto? Debiéramos enseñar a nuestros hijos que el verdadero éxito radica ante todo en el humanismo. La esperanza pese a todo. Porque, cuando la gente desaparece se le deja de leer. Y este libro estaba abocado a llamarse El mar de la primera vez e ir por otros derroteros, no obstante, se prefirió centrarlo en lo más cercano a un héroe que podía datarse en esos tiempos.
No en vano todo son olores, miradas, secretos y complacencias para al final poner la lealtad en las primeras emociones. Que, de cualquiera, su sombra siempre sabe lo que teme. Y era el momento de hablar de esas postales, donde la guerra era herencia, con la prisa y el bullicio de un espacio obrero y urbano.
Quien fue ya no es, y como si nunca hubiera sido. Envejecer siempre fue parte de la vida. España, Madrid, no te da la mano, escribir y los barrios sí. Sin ello, que quieto resultan todos aquellos momentos. Sin la familia, sin el aluvión poblacional. Que quien escucha, su mal oye.
La gente necesita tener su propio legado, que demasiado complicado resulta ser valiente. A los milagros hay que llamarlos no es un título porque sí. La gente necesita señales para creer en su propia fuerza. Con engaños, embustes, dioses, altares, premios, negaciones o lo que se tercie.
Fotos muy presentes, jueces y mierdas de todas, en resumidas cuentas, quien, escribiendo las escenas a espaldas del paraíso, al igual que el autor, aprendió que más que al amor duraba olvidarlo. Viendo a la gente pasar, cual nómada en busca de consuelo, fumándose un puro departiendo con el que le tocase al lado en el luctuoso aniversario de su esposa, si acaso, pues la normalidad estaba entre lo que eran y lo que debían ser. Escribir también era eso: imaginarse relaciones, decisiones difíciles, muertes, adulterios, urbes de toldo verde, mares en calma, las piedrecitas de una playa o la flama de los espejos por cuando había que ganarse el pan, máxime, cuando Dios desaparecía de la ecuación, no habiendo, mucho más por lo que ser buenos.
Y tocaba atreverse, estar furiosa, áspera, liberal, viva, leal, cobarde, zorrear animosa… para no hallar fuera de ese bien centro y reposo. Mujeres y hombres, amén del ruido de Madrid y sus comidas.
La clave está en gustarte a ti misma de verdad con tus arrugas, tus manchas y tus tetas caídas, cual cincuentona con dos divorcios y dos hijas a tus espaldas. Eso también es Madrid y el dolor y la sexualidad como centro de la virtud, los trabajos y los días. Justo ese Madrid y vida en donde a todas las mujeres les gustan los hombres que hacen daño al abrazar; aceptando en la vida el amor que creemos merecer.
Lean el libro, y me cuentan si es o no ese Madrid el Estados Unidos español, ese de los taxistas, sus bandas latinas, las putas y los jueces.
Él cerró con fuerza los párpados y se tocó la frente; después le colocó el mechón de pelo detrás de…
Eso es el dinero, la sustancia que vuelve real al mundo. Y hay algo tremendamente corrupto y excitante en ello.…
...rendición, cerró el maletero y los despidió agitando la mano.
La vida brindaba esos momentos de felicidad a pesar de todo. Lo recordaba como un sonido que salía por la…