Érase una vez un escritor, que poseía una visión tan penetrante que le permitía ver a través de las vidas, los días y los trabajos. No se trataba de un símbolo de la biodiversidad ibérica, sino también de que la conservación efectiva era posible. Se podía trabajar, se podía escribir y se podía ser independiente. Y no por ello se carecía de alma. Como si todo, como si nada, como si nadie iba en busca de cariño e identidad. De esperanza de vida en libertad, como todo animal.
Escribía sabiendo atesorar los ojos que eran reflejo y las risas que hacían hogar. Sus obras no eran fruto de la suerte: lo que estaba dispuesto a hacer de más era lo que marcaba la diferencia, teniendo el odio mejor marketing que la bondad. En sus letras separaba las personas del argumento con la mayor serenidad posible, siendo consustancial a sus días, fragmentos que dormían como un animal sin vida esperando ser vistos y leídos.
Entre tanto perdía la inocencia y descubría la soledad, la autoridad y la vida adulta. Y como cualquier otro animal, llegaría un día en el que ya no conocería a sus cachorros, y no se llevaría mayores desengaños con tales obras. Sería entonces cuando hubiera logrado la esperanza de vida en libertad, suya y de otros.
Él cerró con fuerza los párpados y se tocó la frente; después le colocó el mechón de pelo detrás de…
Eso es el dinero, la sustancia que vuelve real al mundo. Y hay algo tremendamente corrupto y excitante en ello.…
...rendición, cerró el maletero y los despidió agitando la mano.
La vida brindaba esos momentos de felicidad a pesar de todo. Lo recordaba como un sonido que salía por la…