Nunca hemos hablado de esto, y nunca lo haremos.
Las cosas no son importantes porque existan, existimos porque alguien piensa en nosotros.
Era Madrid, demasiada gente con demasiado, y demasiados con nada. Entre la cobardía y la temeridad; el peligro brillándoles como el sol en los ojos.
Tenía una mescolanza de rasgos variopintos. Y de no ser por el oficio de taxista desayunaría solo, almorzaría solo, comería solo, merendaría solo y cenaría solo. Así, todos los días.
-Me quité la ropa y le pregunté qué le gustaría que hiciera. Dijo que dependía de mí –
De Miguel, en cambio, siempre buscaba mujeres con un mínimo de vello en las zonas genitales. Así le gustaban más. Estaba chapado a la antigua. Él no había agredido con unas tijeras de podar a ninguna por haberse dejado crecer sus zonas íntimas.
Lo único que encontraron del último policía que fue a por él fue su placa, amortajada en la neblina más impropia de su taquilla.
… decía la verdad, henchido de gusto en ella, relajado, a la espera de que nuevamente el sol asomase impasible, como cada mañana detrás de los alrededores de ese Madrid de las azoteas y las arrugas tempranas, los aparatos de radio y los instintos.
-Es complicado ser soltera cuando no eres rica. La soltería es trasformadora con privilegios.
Todos esos lugares donde quedar, alimentarse y descansar un poco del coche los mantenían a buen recaudo para ellos. Silencio y cólera, porque estaban concurridos y había que turnarse
Los traumas de la escasez sí que habían sido y eran el denominador común de todos los empleados de la sociedad Facility Services Company, lo cual no era un delito como tal.
-Los cerdos acabarán lo que no hagan los perros -se decía donde una casa de apuestas.
-La juventud está esperando siempre una llamada que nadie le va a hacer -sostenía.
-Tal vez no dicen lo que piensan, pero dicen lo que imaginan -suscribía algún que otro policía-. Quien no tiene defensa acaba por matar.
-Nos llegan cada vez más jóvenes con adicciones a los que en su casa nunca les dijeron que no a nada -declaraba el responsable de un Centro Social.
-Cuando los demás descansen, tú trabaja. Es muy importante no saber la hora en tu trabajo. Eso dice mucho de tu entrega. Es todo lo que te puedo dar.
Estoy muy contento por lo que será mi nueva vida -se le había confesado Chico, que ya no era aquel adolescente que mató al amante maltratador de su madre.
-Prefiero que estés enfadada, pero sigas conmigo, a que estés contenta y muerta.
Charlas que no eran ni victorias ni derrotas, sino parte del trabajo. Algunas cosas pudiendo parecer nada y siéndolo todo. Dos taxistas comentando, como cuerdas de violines estirándose indolentes en una noche llena de perfumes.
La esperanza pese a todo.
-Para aprender hay que escuchar, y si no sabe, más.
-A veces los caballos perdedores son los que se pagan mejor -había comentado José Ignacio a su contable sobre eso. Otro que estaba invitado a la boda-. Somos como un matrimonio pero sin más derechos.
El capitalismo ha matado al capitalismo. Ninguna nación en el mundo tiene credibilidad moral.
-Estamos todo el día pagando impuestos, se lo llevan todo -señalaba el pastelero.
-Todo parece que va de dinero pero al final todo va de comer y de tener techo -insistió vehemente defendiéndose el peruano, buscando más con menos.
Un abismo repleto de erotismo, soledad y abandono.
Hasta para quejarse tenía clase: -Un hotel donde no te apetece robar nada no es un buen hotel.
-He visto dar pésames con más alegría -escenificó María Tirado de Rosa, o intentó sacarla de sus casillas para que reaccionase con todo.
-Los astros y los hombres vuelven cíclicamente.
El gimnasio era un sitio de esos con un vestuario siempre vacío pero como si estuviera lleno por el hedor que se desprendía nada más cruzar el dintel oxidado de la puerta, concurridos los cuadriláteros y las combas de saltar, así como los luminosos soles de invierno destellando en lo alto.
-A mi edad no hay tiempo, el amor requiere de urgencia, joven. La tercera edad es más que una necesitada amistad y el encogimiento de hombros.
La inmensa letanía de la luz, la arena fina que se escurría suave entre los dedos de quienes estaban cerca del mar, el descanso y el sueño obligaban. Pequeñas soledades de domingo. Cegadora les era la ley de la aurora cuando de verter su justicia se trataba.
Una nación no es una nación si no tiene fronteras -le contestó ese- ni cementerios.
-Habrá que poner orden algún día a lo de los sin papeles. Se habla de Latinoamérica en términos heroicos que no existen.
-Madurar es odiar cada vez menos -le dijo. Aquello tuvo dos caras.
-Solo una cosa me da miedo. Que podríamos no habernos conocido. El invierno debe ser muy frío para quienes no tienen cálidos recuerdos -le agasajó su primo, muy lejos de aquel adolescente peruano, sanguinario-. Vivir tus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia -lo celebró con De Miguel.
La policía tenía fichados a los clientes, estudiadas las conjeturas, pillados a los chavales pequeños con pies grandes, a las mujeres que les hacían bocatas o comidas saludables por ganarse un dinero, las de los amoríos que no eran amoríos, e inequívocas ofensas y miradas con inquina, etc.
…fumándose un puro departiendo con el que le tocase al lado en el luctuoso aniversario de su esposa.
-No llamemos destino a esa responsabilidad que no queremos asumir -le dijeron a su padre segundos antes de que Chico recibiera el disparo-. La gente no tiene que verte tal como eres. Antes eras muchas cosas, ya no.
-No se muere dos veces si no se escapa de la muerte una vez, capitán, lo siento -consideró acertado el sargento español responderle de tal guisa, agradecido. Y ahí terminó la consulta a Mauricio.
-Tirado, para usted soy Tirado, juez, no María -le respondió cabreada-. Besarte otra vez sería mi condena. Cobarde. Llegará un día en el que me siente a ver cómo mueres.
O todo era verdad o todo era mentira.
-Puede que sea por eso. Despiertas en mí, cosas que ya creía muertas. Hay años enteros en los que no pasa nada, en cambio, otros, no hay nada que impida hacer lo que debe hacerse.
Haber tenido un lío con el juez le iba bien y le iba mal. Bien, porque la quería apartar del caso; mal, porque cuando pensaba en cómo lo pasó cuando le abandonó tras pedirle matrimonio, arrodillado aquella vez (e implorando), quería que metiese la pata hasta el fondo y le daba cuartelillo a María, que
…siempre sería María, le gustase o no a la muy puta de la familia Tirado. Incapaz de ganar la batalla y perder la guerra, o de las insulsas formalidades.
-No hay pareja para tanta mujer formada e igualitaria.
-Reparar la ropa ya no es solo de pobres -dejó caer el guardiacivil en Tata como si fuera otro compromiso de mínimos, tal que comer-. Vienen cuarentones con estudios, ¿no es así señora?
-Es absurdo que las madres nos sintamos culpables por hacer planes en pareja o con amigas -le defendían en general.
La esquemática flor de tres pétalos representaba muchas cosas, no solo la fertilidad y la virginidad, por añadidura poder, soberanía, honor y lealtad; además de pureza, de cuerpo y alma.
Para al final poner su lealtad en sus primeras emociones. Un romance que comenzó en un aeropuerto y que terminó con una nota. Mujer de la que se enamoró nada más verla a través de un cristal, un día en el que callaron las palabras.
-Venimos de fiar la validez de las relaciones a cuánto duran, y quizás eso sí esté cambiando ahora, no hace falta que dure toda la vida para que algo tenga un valor.
-Parece que llevas sonriendo en mi tumba desde hace meses, querida -le soltó de improviso.
-Tenemos un amor pendiente -le decía- pero vamos a llamarlo café que da menos miedo -la manejaba e invitaba de cuando en cuando.
Bandas latinas casi dormidas reaparecían en otros distritos, y se creaban nuevas con gentes que apenas habían obtenido si acaso la titulación de primaria y ya portaban machetes, cuchillos o bolomachetes.
-Son basura humana que debería ser exterminada -si bien, se quitaban de en medio- que tengas una buena vida y te hagas mayor.
-Si no estuvieran seríamos una potencia de ataúdes. Y el contrabando lo de menos.
-Tenga paciencia señora, una vez también fue su primera vez en hacer algo.
Frente al mar la felicidad era una idea simple. Todos eran humanos. Madres que en la orilla intentaban vaciar ese mar con sus manos, quizás esperando encontrar a alguien…
-Vivimos una guerra total en las puertas de Europa y ni un solo país ofrece una solución de paz -sostenía Sebastián Tirado, padre de María, cruzado de brazos siempre que renegaba, ya que podía y le tocaba, descansando en paz su querida esposa y mejor costurera. De aquella generación de cuando se echaban fotos en blanco y negro…
Había pasados que no debían repetirse ni como caricatura.
La esperanza pese a todo. La vida de unos limeños llegados a Madrid capital para salir de sus herencias, sobreviviendo por entre el ruido, las formas de amar y lo que les habitaba en los sueños. Gentes que se hacían su hueco por entre las bandas latinas, clanes y esos vericuetos, mientras se enfrentan a su propia brújula moral.
Llegados sin familia. Mujeres e hijos y demás, muertos en Perú. La Lima de fuego cercada. Taxistas para cuyo diario central era el trabajo, después llenarse el poco tiempo, cumpliendo, que A los milagros había que llamarlos, estando unidas la vida y la muerte indefectiblemente. Con ellos se conoce ese gremio, otra parte de Madrid; se come bien, muy bien, y se visita el mar de la primera vez como premio y misericordia, pagando el silencio (los policías pisándoles los talones).
Todo, como si tuvieran miedos más grandes. Y ellas, putas o no, gustándoles los hombres que hacían daño al abrazar. En Madrid, el Estados Unidos español. Una filosofía de vida para sobrevivir en el siglo XXI.
De esos taxistas y sus compañías y perseguidores. De Telesforo de Miguel como protagonista, primo de Chico Cruz, que le precede en la organización y la Colonia de los Taxistas, donde residen. Chico se hace llamar José Ignacio González en España. Ambos originarios de Lima (Perú). Al igual que Tata, otra peruana de pro, ya bastante mayor, viuda y sabelotodo que regenta un bar y no se sabe qué más.
Alejandra Bilbao es la novia de Chico, el jefe. Rosa la querida de Telesforo, la cual tiene dos hijas, una (Belén) se hace miembro de las Chelsea Girls. Un grupo de mujeres que lo dan todo por sus hombres. Mari Pau es la voz del radiotaxi. Para que los clientes como Lucas Diosdado, Federico, Gustavo, María San Juan, Perlines u otros sigan con sus cirugías plásticas, conferencias y empleos varios. María Tirado es la policía que más se les acerca.
Así como el capitán Mauricio, el capitán John Jones, la psicóloga Olmedo y otros psiquiatras. El capitán Medina es amigo del padre de María, y quién sabe si del Juez Blanco, mentor de Expósito (novio de María). Unos y otros de infancia complicada.
Durante el último semestre del 2024, paralelo al verano y las tomas de manifestación de los investigadores al clan, banda o lo que fuera de los taxistas.
Se empieza con las Olimpiadas de París, los bares que frecuentan y poco a poco se va descubriendo ese aluvión poblacional.
Chico y su primo Telesforo De Miguel manejando. La gente se moría, pero eso era vivir. A través de ellos se conoce a sus familias, así como a los clientes de los taxis.
El propio gremio del taxi se extracta, no menos la conflictividad de los barrios y sus distritos; afloran personas que se dedicaron a la política, otros que ejercían la medicina, mujeres que eran madres, hijas que no sabían la verdad de sus padres, jueces de lo penal con vidas propias y ajenas, novios, queridas, una perra llamada Ellie, y todo con un urbanismo ajeno a lo anodino e impersonal.
En Madrid, que era donde más se pensaba en el mar (y su perdón). Y donde había mucha presión en las personas mayores, una positividad tóxica; pareciera que teniendo la culpa por no estar bien. Solos, enfermos, o sin apenas dinero para comer.
La capital de la felicidad de las mujeres, que también. Buena o mala. Colonia de Taxistas en donde a veces se pensaba que lo peor sería que hubiese otra vida y que fuera como esa.
Demasiada gente con demasiado, y demasiados con nada. Perú no tan lejos, o las playas españolas, visitadas en ruta por ellos.
Porque la gente necesitaba señales para creer en su propia fuerza. Otros amasar poder y forjarse una leyenda. Sin desdeñar las sexualidades. Personas que sabían dónde mirar cuando nadie los miraba.
Y vecinos que pedían ayuda a gritos para seguir siendo eso. Y poder alimentarse, salir de casa, que sus hijos tuvieran una buena vida, su familia, amor.
No tener que vivir en el miedo ni lo que era peor: en un perpetuo secreto por cuando decidieron ser padres y madres. Que, había secretos inconfesables. A esos limeños se les apodaba los Chales. Eran un clan, una banda, una familia que sabían que amar desde el dolor siempre resultaba mucho más difícil.
Porque siempre fue bueno conocer los oficios. El taxi siempre fue un sector muy receloso, sabedor de los olores y las miradas, de la libertad sexual, del rumor del oleaje, de los principios de la decencia. Siempre fueron lo más cercano a un héroe a pesar de los riesgos y los prejuicios.
Un taxista conocía el lenguaje gestual, dónde se había dormido, cómo les iba la vida a los clientes. Si se era de un sitio u otro. Culpables e inocentes, jueces incluidos, de todas las edades.
Algunos espantando su mal, o intentándolo, haciendo pájaros de barro. Otros, en cambio, sabiendo que no se cazaban lobos mirando dónde debían estar, sino dónde habían estado, que había pasados que no debían repetirse ni como caricatura. Se tratan los adoptantes y adoptados.
Se escribe en prosa manejando la prisa y el bullicio de un espacio obrero y urbano, sirviendo Madrid, sus toldos verdes, los taxis y los migrantes como postales de otro patrimonio, dado que quien no tenía cabeza había de tener pies.
La juventud esperando siempre una llamada que nadie le iba a hacer. Y los hombres no pudiendo llevar dos sombreros.
En el Madrid de la prisa y el bullicio de un espacio obrero y urbano se habían instalado unos limeños escapando de su Perú, dándose al taxi y a otros negocios, siendo lo más cercanos a héroes que podían darse en esos tiempos.
Regalaban viajes al mar. El mar de la primera vez para la mayoría de sus vecinos. Así sentaban los principios de su decencia, de su ley. Cuidaban, para que les cuidaran y que nadie abriera la boca de más en ese aluvión poblacional de la Colonia de los Taxistas, y otros tantos, con un urbanismo ajeno a lo anodino e impersonal.
Llevaban la guerra como herencia. Habían perdido a sus familias. Si bien, aparentemente no tenían rencor ni nada por el estilo. Se dedicaban a trabajar a los órdenes de Chico, quien les mandaba, dentro de esa organización de barrio, que era mucho más que taxis y hacer peonadas de mudanzas, limpieza o lo que surgiese con tal de estar ocupado y ganar dinero, manteniendo a raya el dolor del pasado. La policía tomándoles manifestación día sí y al otro también.
Se habían hecho con el espacio de las bandas latinas, o similares. Tan cerca, y tan lejos, pues cada cual tenía su territorio y humanidad. Modus operandi que incluía encontrar el camino hacia su libertad sexual a pesar del riesgo y los prejuicios. Amasar relativo poder les permitía abusar de ellas, tenerlas para sí: las Chelsea Girls. Solo que también manejaban las tórridas relaciones extramatrimoniales quienes las tenían, a algunas habiéndosele rajados los labios de tanto gritar sus nombres (el dolor y la sexualidad como centro de la virtud).
En definitiva, eran migrantes que tomaban decisiones difíciles mientras se enfrentaban a su propia brújula moral. Con la gente necesitando señales para creer en su propia fuerza. Adolescentes, matrimonios en ciernes, jubilados, empleados sin hogar y de todo un poco. No era fácil estar solo.
En el mar, eso sí, quien escuchaba su mal oía, aceptando el amor que creían merecer. Para ellos, ir al mar era como pedirle perdón a las mujeres que amaban, como si se mirasen en el espejo de un recuerdo.
A veces, pensando que lo peor sería que hubiese otra vida y que fuera como esa, porque había demasiada gente con demasiado, y demasiados con nada. Sobre todo, para quienes sabían de la naturaleza del amor y de la felicidad de las mujeres, y como si tuvieran miedos más grandes.
En Madrid, donde las cosas no eran importantes porque existieran, sino que se existía porque alguien pensaba en ellos. Los Chales, un clan, banda o lo que fuera. Pues, cuando Dios desaparecía de la ecuación no había mucho más por lo que ser buenos. Y sí: A los milagros había que llamarlos. Un Madrid donde no les era difícil mantener la continuidad y los hechos que otros habían creado, jueces incluidos (de los que sabían que la gente mataba por un montón de razones).
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