Las paredes llenas de recuerdos. Recuerdos cruzados tanto como los rayos de sol ausentes y presentes. El maldito tiovivo por ahí. O el sucio pañuelo, sucio y ajado, triste y loco pañuelo, tu pañuelo preferido. Más las sillas del salón, en mesa de cuatro, junto al viejo reloj de arena que tanto nos gustaba mirar.
Otra noche para descontar cuentas y cuentos. Solo nos queda el de La ratita presumida. Ya hemos leído todos mil y una veces… tal y como os prometí Princesas.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.