Hubo un tiempo en el que la cubertería de plata era de oro. Se cuidaba juntos del valor de nuestro mundo. No había correos amenazantes, y la tristeza del rostro se podía paliar comiendo, estando, mientras se corría el peligro de convertirse en un buen hombre.
No hacían falta batines de terciopelo ni trajes de caza y postín. Por entonces también había esclavos de los que no soñaban con su libertad, sino con un esclavo propio. La política, siempre siguiendo al poder.
De gente que se había criado junta, y ese silencio tan convincente, verídico. Esa memoria, de la intimidad de las cosas, de las familias. Lo que se pierde si no se tiene conciencia del mundo y se conocen los sufrimientos.
Ahora ya muchos coches suenan distintos, pero siguen siendo coches. Y hay personas que no comen, que se alimentan. Solo que los muertos de antes y ahora valen lo mismo. Un dolor no es mejor ni mayor que otro. Cuando no se quiere escuchar, no se escucha, y cuando se quiere estar, se está. Falsedad y disimulo. Ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho: solo personas conformistas con lo que se les ofrece.
Antes y ahora todo estaba bien si parecía bien; no hay más muertos que los llevados por los vivos. Otra ley inexorable que se ha mantenido, tanto como que los coches son coches y las personas, eso.
Se había enamorado de quien no podía tener. Corría el peligro de convertirse en una buena mujer. Una puta que…
Tenía una herida muy grande. Más aún le faltaba tiempo para medir la vida por décadas que no por años.…
Quienquiera que fuese, había exhalado el último suspiro a los veinticuatro años persiguiendo el sueño de continuar teniendo siempre veinticuatro…
Perdió la noción de los días, porque al fin y al cabo poco le importaba el tiempo, teniendo en cuenta…
Una semana más tarde, la manada emprendió el camino de regreso a un hogar que no sabían dónde estaba, ni…