Entró en el ascensor y pulsó el botón de su piso. Después, dos más. Las puertas se cerraron y, despacio, casi que como en un sueño, adormilados, empezó a moverse lentamente.
Ella lo miró sin comprender, y entonces se dio cuenta de que tenía el auricular pegado en la oreja. Cumplía estrictas órdenes, o se las estaba saltando.
Jamás volvieron a ver a su hijo. Y la niña se crio pensando que era hija única.
Tiempo después, ya en la senectud de sus padres, hiló todo y le pareció maravilloso y valiente como su madre deshojó la margarita día tras día. La señora March, siempre llorando en silencio. De su padre tampoco recordaba nada, ni que algún día hubiese ido a recogerla al parvulario.
El único problema es que necesitaba más mentiras. Saber que fue su tía no era como para volver a quedar y tomarse una limonada o leche con galletas como si todo, como si nada, como si nadie.
No había hecho más que esperar, sobre todo desde que se marchó en primavera. La cuarta o quinta vez. Esperar…
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…