Atrás quedaba la clamorosa ovación. Aplausos, felicitaciones, saludos, abrazos…
Sucumbió sintiendo llorar a ambos lados de su cama a dos pobres mujeres. A una le faltaba la cabeza y los brazos, la otra fue llevada al hospital.
De aquel incendio del palacio no se salvaría nada. Nada que no tuviera que salvarse. El oficial, fuera de sí, desesperado gritando como un energúmeno a sus brigadas, al que cogía le abofeteaba rabiosamente.
Su hijo tendría que contarle lo sucedido, el mismo que esperaba impaciente las noticias de la enfermera sobre el estado de su hermana pequeña. De la mayor y la madre que le informase el doctor, o el del seguro. ¡Tantas guardias y tan poca vida! ¿Acaso había algo valioso que se pudiera ya salvar?, pensaba el sargento… en el instante mismo en el que vislumbró a una auxiliar correr desolada, su prima, otra que estaba ardiendo por dentro.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.