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Como yo no pude hacerlo por amor

Arreboles de tarde a la mañana aire, dijo siempre.

Buena es la nieve que en su tiempo viene, sostenía. Hasta un sombrero le era política, que también.

Cielo aguado, hierba en prado, expresaba para vestir y creerse a tantos y tantos personajes.

Malos ojos son cariño, comentaba sobre el efecto deseado.

Guerra avisada no mata soldados, decía de normal, intentando no sobresalir mucho.

Llegó el día de jubilarse y tenía todo el tiempo como para seguir agarrándose a eso, a esa pequeña casita de su niñez, a su habitación de al lado, la del lujo silencioso. Solo su mujer y él lo entendían. Una mujer que se le adelantó, y mucho, pero aun así le esperaba con los brazos abiertos dándole su tiempo, adivinándole el parpadeo desde lo lejos, eso sí, que no marcando su retorno.

La conoció muy de niña y hasta que se le fue… siendo muy señora. Febril la mirada de cómo la buscaba y rondaba con el alma cerrada… tenía miedo del encuentro, pero se lo prometió, de día y de noche. No sería un viajero huyendo, cuidaría de esa esperanza humilde y como que volverían a ver el atardecer juntos con lo plateado del tiempo.

El hotel habría de buscarse otro conserje que supiera hacer de botones, y conocer perfectamente las rutas, los mismos giros, el mismo destino, que nada cambiase… y que cuando la puerta se abriese, que se abriese de veras.

Lo eligieron entre más de mil, y si lo buscasen igualito no lo encontrarían. Su banco, bajo la ventana, el de los días y los trabajos, se lo regalaron sus compañeros a modo de bálsamo en la despedida y que lo retirase un poco a esa casita y su arena, su retiro, su lugar… de él y de su querida esposa, juntos.

Le hizo entrega de este su nieta, nada más y nada menos que una réplica suya mejorada. Una pequeñaja a la que le enseñaba los animales mejor que nadie, para que conociera la vida y se fuera haciendo un sitio.  

Cuando la cabra estornuda, el tiempo muda, abuelo. Cuídala como yo no pude hacerlo por amor. Si las orejas sacude el burro, agua segura.  

A los milagros hay que llamarlos

 

Pedro Belmonte Tortosa

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Pedro Belmonte Tortosa
Tags: animalesfebrilhoteljubilarsemilagrosnietaparpadeoquerida esposarefranes

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