En la vida las cosas no estaban ordenadas, ni tenían sentido ni escondían una metáfora. Los males del mundo estaban repartidos, una suma mal resuelta.
La magia de conectar y la suerte de coincidir, en parte eran los niños. Los niños, el único amor del que no se habían arrepentido de vivir. Muebles hablando, animales cantando, girando… afuera la fealdad del mundo. El valor huyendo de cualquier precio. Su hijo era así.
Ellos, un pueblo sumido en el silencio artificial. Les tocaba entregar a ese último hijo, era el siguiente. Así se las manejaban en los genocidios.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.